La Vida de los Microbios Reproducción, Tamaño y Características



La Vida de los Microbios: Reproducción, Tamaño y Características

Los seres vivos más difundidos por la faz del planeta son los microbios, pues incluso en la Antártida se han observado colonias de diferentes especies. La enojosa mosca de las casas de campo se encuentra lo mismo en China que en África. Su enorme capacidad de proliferación no parece influir demasiado en el equilibrio que existe en el mundo. Sin pensamos que un infusorio, reproduciéndose sin trabas, al cabo de unos días podría dar lugar al billón de individuos, es fácil suponer que si éstos no murieran en cantidades enormes, invadirían el mundo en menos de un año.

Sólo una matanza continua y masiva permite que el equilibrio de la naturaleza no se desplace nunca en un sentido fatal. Hay animales que se reproducen de un modo tan fantástico que podrían poner diariamente 100.000 huevos, como ciertas tenias, mientras otros, como los mamíferos superiores, necesitan el transcurso de casi un año para dar a luz un solo ejemplar. Pero también en éstos la mortalidad es menor, mientras en los primeros (recordemos los huevos de esturión que se convierten en caviar diariamente) es impresionante.

microbios

Imagen de un microorganismo

Todos los cuerpos están formados por agrupaciones de átomos. Una molécula de agua, la mínima cantidad de agua posible, es en realidad la unión de 1 átomo de oxígeno y 2 de hidrógeno. La penicilina es más compleja. Sus 41 átomos, combinados de una manera especial, son: 18 de hidrógeno, 4 de oxígeno, 2 de nitrógeno y 1 de azufre.

Cuando se llega a estudiar la composición de la materia viviente, se entra en un campo complejísimo.

He aquí los átomos que forman una molécula de un compuesto llamado lactoglobulina:

Carbono………..    1.864
Hidrógeno………. 3.012
Oxígeno………..       576
Nitrógeno……..      468
Azufre…………           21
Total……..           5.941

Ahora bien, cualquier mezcla de estos 5.000 y pico de átomos no da lactoglobulina. Para que se dé esta molécula es preciso que los 5.000 y pico de átomos se combinen según una forma o un cañamazo único. Pues bien, la química del mundo vivo es aún más compleja.

Colocando en el portaobjetos de un microscopio una gota de agua tomada de una charca, es maravilloso ver la cantidad de seres vivos que se agitan en tan diminuto espacio. Seres vivos con su nutrición, su movimiento, su reproducción y una finalidad determinada.



El primero que tuvo la suerte de poder examinar los microbios en un aparato de su propia construcción fue el holandés Leeuwenhock, quien al darse cuenta de su reducido tamaño les llamó «animálculos». La pequeñez de los microbios es proverbial, pero es difícil darse cuenta de su exacta dimensión.

Si se colocaran 110 millones de bacterias productoras del tifus una al lado de otra, no llegarían a cubrir el grueso de una cerilla, y el microbio que produce el cólera es 25.000 veces más pequeño que el agente del tifus.

Supongamos que un hombre normal empieza a crecer y rebasando a todos los edificios conocidos, llega a alcanzar unos 2.000 m de alto, como una montaña cuya cúspide estuviese cubierta de nieve. Sería un hombre gigantesco, inconcebible. Entonces una bacteria corriente tendría el tamaño de un punto tipográfico. Para que una bacteria llegara a ser visible, debería aumentar de tamaño tanto como una pequeña mosca a la que viéramos convertirse en un elefante.

Si se tiene en cuenta el peso normal de los microbios, las cifras impresionan de un modo sorprendente. Un miligramo es la milésima parte de un gramo; un peso tan pequeño que es difícil de concebir en la vida corriente.

Pues bien, 500 millones de bacterias serían necesarias para equilibrar en una balanza el peso de un miligramo.

De todos es conocido el terrible insecto llamado «termita» devorador de madera y destructor implacable de edificios. Sin embargo, la hormiga que se come la madera no puede digerirla. Para convertir la celulosa en sustancia asimilable, es preciso que un protozoo que vive en su estómago, y que en relación con el insecto es muy pequeño, digiera la pasta que la termita arranca de la madera. Es fácil imaginar el tamaño de dicho protozoo.

Hasta que el científico no ha dispuesto de un microscopio electrónico, cuyo aumento permite convertir un cabello en un mástil de 6 m de grosor, no ha sido posible ver el virus de la poliomielitis, por ejemplo.

Sin embargo, el mundo de los microbios es muy diverso porque existen entre ellos tantas diferencias de tamaño como pueden darse entre una ballena y una almeja. Una miera es una milésima de milímetro, una medida un millón de veces más pequeña que un metro.

Un micrococus mide exactamente una miera de diámetro, pero el virus productor de la polio es cien veces más pequeño aún. El sentido de «cien mil veces más pequeño que un milímetro» se pierde completamente. Sólo una comparación puede aclarar algo esta idea de tamaño infinitamente pequeño al decir, por ejemplo, que si este virus aumentara hasta convertirse en la cabeza de un alfiler, la cabeza del alfiler, proporcionalmente, sería una pieza de 100 m de anchura.

MULTIPLICACIÓN: Si el tamaño sorprende, mucho más asombra la facilidad que tienen estos seres tan diminutos para reproducirse. Un hombre, para dar paso a la generación siguiente, necesita 25 años, y desde Cristo hasta hoy podemos calcular que en el mundo han existido unas 80 generaciones.



En condiciones apropiadas hay bacterias que se multiplican cada 15 minutos. En una jornada nacen, pues, 96 generaciones.

Así una primera bacteria produce:

A los 15 minutos…..      2 trillones
A los 30 minutos…..      4     »
A los 45 minutos…..      8      »
A las 16 horas……         18     »

Para contar los microbios producidos a las 24 horas sería precisa una cifra equivalente al número de segundos que hay en un millón de años.

Hemos hablado del peso de las bacterias. Pues bien, aquella bacteria primitiva habría lanzado al mundo en 3 días tantos microbios que, colocados en una hipotética balanza, equilibrarían el peso de 5 locomotoras. ¿Cómo sería posible tal cosa si los microbios no estudiesen dotados de un apetito y de una voracidad increíbles? Algunos de ellos, sumergidos en un caldo nutritivo, devoran el doble de su peso en azúcar, en una hora.

Gracias a esta vitalidad extraordinaria se reproducen de un modo vertiginoso. Es indudable que las bacterias, los fermentos, los protozoos, etc., llenarían el mundo si no murieran con la misma o mayor rapidez con que se multiplican. La lucha por la vida en este sentido es implacable.

Numerosos venenos y microbicidas inventados por el hombre se encargan de matar miles de millones de microbios para contrarrestar una reproducción escandalosa. Los pequeñísimos seres vivos se defienden, sin embargo. Algunos de ellos se enquistan formando esporas que pueden ser tan resistentes que son capaces de sobrevivir hasta 6o horas de cocción, pasadas las cuales aún hay vida en el diminuto envoltorio. Otras han permanecido enterradas durante 14 siglos, al cabo de los cuales surgen otra vez a la vida.

Esta resistencia a morir obligó a buscar otros medios para destruir algunos microbios nocivos y nacieron los antibióticos los cuales no matan, pero impiden la proliferación. El peligro para un enfermo, no es la invasión microbiana en sí. Más terrible es el incremento, la multiplicación de atacantes, que los leucocitos y los anticuerpos no pueden eliminar. La penicilina, en el caso de muchos cocus, obra en este sentido: impide la multiplicación de los microbios y, por tanto, los atacantes son fácilmente aniquilados por las defensas del organismo.

Se ha dicho que si un día nuestra civilización y la vida humana perecieran en un gigantesco conflicto atómico, la Tierra seria un planeta habitado exclusivamente por microbios, únicos seres capaces de sobrevivir a tan grandes calamidades. Incluso en la Antártida se han encontrado microorganismos, pues los microbios se hallan en todas partes.

Bacilos de la tuberculosis atacan a los esquimales de Groenlandia, gérmenes productores de la malaria infectan los países tropicales y en nuestras ciudades, se encuentran en grandes cantidades y variedad, desde los productores de enfermedades infecciosas hasta los que ocasionan la fermentación de la cerveza, la leche, el vinagre, etc.



tipos de microbios

Las rocas que la erosión desgasta y el hielo resquebraja habían sido primitivamente atacadas por invisibles microbios los cuales segregaron los ácidos que iniciaron la primera erosión. Esas lucecitas que se divisan en el agua del mar, durante las noches sin luna, son producidas por animales fluorescentes, por microbios que transforman en energía luminosa sus procesos vitales.

Las bacterias que descomponen los cuerpos muertos e inician la putrefacción de todas las sustancias orgánicas son microbios y, lo mismo en este caso que en las fermentaciones lácticas o vínicas, siempre y en todas partes surge el microbio, el ser vivo infinitamente pequeño, autor de una obra maravillosa.

Es preciso desechar la idea de que los microbios son siempre nocivos. En algunos casos, es cierto que producen terribles enfermedades. Casi todas las infecciones son debidas a microbios, es decir, bacterias o protozoos que penetran en el organismo y si pueden vencer el contraataque del cuerpo que se defiende, llevan a la muerte con facilidad. Los científicos, ayudados por las técnicas del laboratorio y, en especial, por el microscopio, han emprendido, desde hace años, la lucha contra estos enemigos invisibles e implacables.

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Los peores y más difíciles de dominar han sido los virus llamados, hasta hace algunos años, «filtrantes», porque ningún microscopio podía localizarlos. La aparición del microscopio electrónico ha permitido fotografiar incluso al productor de la poliomielitis, cuyo diámetro de una centésima de miera (cien mil alineados ocuparían un milímetro), le hacía inaccesible a los microscopios ópticos.

Pero no todos los microbios son nocivos y no es desacertado afirmar que los benignos son más y tienen mayor utilidad y poder de la que ofrecen los malignos. En efecto, todas las fermentaciones gracias a las cuales obtenemos las levaduras, el alcohol, la cerveza, el queso, etc., son debidas a los microbios denominados fermentos, los cuales transforman el medio ambiente en que viven en otro, como producto de su actividad.

Muchas bacterias contribuyen a la putrefacción. La leche, los alimentos, la carne se vuelven agrios y se estropean debido a la acción de las citadas bacterias.

Cabe pensar qué ocurriría en el mundo animal, donde la muerte es la ley de cada día, si no existieran estas bacterias que por bosques, desiertos y sabanas, devuelven a la madre tierra las sustancias que un día fueron seres vivos. Estos desechos suelen ser tan pestilentes que sirven de aviso al hombre. Un pescado que huele mal, gracias a las bacterias de la putrefacción que se han desarrollado en él, sirve de aviso para el ama de casa que se disponía a adquirirlo.

Sin los microbios no sufriríamos la difteria ni la escarlatina ni forúnculos, ciertamente. Pero sin ellos tampoco tendríamos queso, mantequilla, pan ni pasteles. Incluso desconoceríamos el cacao y el café cuya elaboración requiere la presencia de microbios que transforman estos frutos insípidos en algo delicioso.

El hombre, finalmente, parece en camino de dominar este mundo vastísimo cuyo estudio, la Microbiología, es hoy una ciencia de gran porvenir. Dominar para provecho de la Humanidad, pues este avance ha permitido que, a mediados del siglo XX, la vida media de un obrero americano alcanzara los 70 años de edad, cuando 500 años antes el hombre se consideraba ya viejo a los 40, porque no sabía defenderse de sus más ínfimos enemigos.

Fuente Consultada:
Enciclopedia Temática Ilustrada CONSULTORA  Tomo 2

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