Historia de la Famila Sforza en Italia Francisco y Ludovico



Historia de la Famila Sforza en Italia 

De simples mercenarios a príncipes gobernantes: éste fue el espectacular camino seguido por los Sforza. Con ellos, Milán llegó a ser uno de los centros clave del gran Renacimiento italiano.

La familia Sforza  gobernó Milán desde 1450 hasta 1535. Muzio (o Giacomo) Attendolo (1369-1424) de origen campesino, que se convirtió en un condotiero con éxito y adoptó el apellido de Sforza , fundó la familia.

Participó en la defensa de Milán, Florencia y otros estados italianos y acabó al servicio de Nápoles.

Su hijo, Francisco I Sforza, sirvió a la familia Visconti de Milán y se casó con la hija del duque; consiguió el control de la ciudad y obtuvo el título ducal en 1450. Le sucedieron dos de sus hijos, Galeazzo Maria y Ludovico.

Según cuenta la leyenda, una tarde de 1384 una banda de soldados mercenarios en busca de reclutas se acercó al joven Muzio Attendolo, que se hallaba trabajando en la pequeña granja familiar.

Tomando un hacha, el muchacho declaró que la arrojaría a un roble próximo: si se clavaba allí, se marcharía con ellos. El hacha se clavó y Muzio se embarcó en una carrera militar que elevaría a su familia desde la oscuridad a la fama como una de las dinastías preeminentes de la Italia renacentista.

En vez de mantener ejércitos permanentes para librar las guerras casi perpetuas que sostenían los unos contra los otros, los estados italianos del siglo XV contrataban soldados profesionales llamados condottieri.

El sistema suponía una gama ilimitada de oportunidades de prosperar para los condottieri más audaces, y muchos de ellos llegaron a establecerse como señores independientes de un feudo o distrito, ya por conquista directa o como pago por sus servicios.

La carrera de Muzio y la de sus dos hijos, Francesco y Alessandro, fue en todo similar a la de muchos de aquellos soldados de fortuna.

Muzio sirvió por espacio de unos quince años bajo el famoso caudillo de condottieri Alberico da Barbiano, a quien impresionó tanto el enorme vigor del muchacho que le apodó «Sforza» (fuerza). Después, Muzio pasó a mandar sus propios mercenarios, contratando sus servicios independientemente con diversos señores y convirtiéndose muy pronto en un general de renombre en toda Italia.



Pero sus adquisiciones territoriales se limitaron a algunas tierras en la Romagna (entre ellas su Cotignola natal) y Nápoles; serían sus dos hijos, Francesco y Alessandro, quienes alcanzasen la dignidad de príncipes.

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Milán se convirtió bajo Francesco y Ludovico en un célebre centro cultural. Esta pintura representa a Bernardino de Treviso presentando a Ludovico su comentario sobre la Meteorológica de Aristóteles.

Roma y Milán

Al morir su padre ahogado en 1424, Francesco le sucedió en el mando y en el dominio de sus tierras, y junto con su hermano Alessandro consagró sus energías a arrebatar territorios a los Estados papales.

En 1433 se ganó el señorío de la Marca de El joven duque Gian Galeazzo leyendo a Cicerón. Confiado y sencillo, su muerte en 1495 allanó el camino para la proclamación de Ludovico como duque en su lugar.

Ancona al servicio del duque de Milán, y en 1445 financió la compra de Pesaro para Alessandro, cuyos sucesores la retuvieron hasta 1512.

Francesco gobernó concienzudamente la Marca, pero el territorio sufría los constantes ataques que promovía el papa Eugenio IV, parcialmente despojado por sus conquistas. Tras dieciséis años de precario dominio, Francesco se vio obligado a reconocer su pérdida.

Sin embargo, por entonces, sus ambiciones se orientaban ya hacia el ducado de Milán. Había servido alternativamente a favor y en contra de su duque, Filippo Maria Visconti, en las incesantes guerras entre Milán y Venecia. Durante un período de reconciliación, en 1433, se prometió en matrimonio a la hija de Visconti, Bianca Maria.

La dote propuesta incluía la sucesión de Sforza al ducado; ocho años más tarde se celebraban los desposorios.

En 1447 se extinguía la línea directa masculina de los Visconti con la muerte de Filippo Maria, pero al proclamar los ciudadanos la república milanesa, Sforza vio denegado su derecho a la sucesión.



Ahora bien, la interminable guerra con Venecia hacía indispensables sus servicios como comandante de las fuerzas milanesas, pero sus dominios en el Estado se reducían a tres ciudades.

Al no compaginar el logro de su mayor ambición con el servicio de la república, se relevó de su obediencia y puso sitio a la ciudad.

Con una doblez típica de la política del Renacimiento, Milán y Venecia hicieron las paces a espaldas de Sforza, pero el sitiador se mantuvo inquebrantable.

En febrero de 1450, los habitantes derrocaron la república e invitaron a Sforza a convertirse en su duque.

Francesco ocupaba ahora la posición más alta que jamás alcanzara condottiero alguno.

Indiscutiblemente superior a cualquiera de ellos, había heredado el talento militar de su padre, pero además poseía unas dotes como hombre de estado que éste nunca había tenido.

En política exterior reconocía que las constantes disensiones entre los Estados italianos estaban provocando una intervención por parte de las grandes potencias europeas; así pues, promovió con éxito la alianza de los cinco estados principales para mantener un equilibrio de poder en el país.

Mantenía amistad personal íntima con Cósimo de Médicis, de Florencia, y con Luis XI de Francia.

En cuanto a política interior, su gobierno, aunque despótico, acrecentó la prosperidad del ducado y el bienestar de sus ciudadanos. Construyó conducciones de agua, suprimió los abusos financieros y emprendió muchos proyectos constructivos, entre ellos un hospital y un castillo.

A pesar de sus triunfos, Francesco estaba siempre dispuesto a oír personalmente las quejas de sus súbditos.



Manos blancas

Al morir el duque en 1466 dejaba varios herederos varones. Ascanio (1455-1505) fue cardenal y diplomático de influencia en los asuntos del Papado y de Milán. Otros dos Galeazzo Maria y Ludovico «el Moro» ocuparon sucesivamente el trono del ducado.

Asegurada la paz exterior gracias a la política extranjera de Francesco, los diez años de reinado de Galeazzo Maria fueron un período de opresión para los milaneses.

El nuevo duque era totalmente distinto a su padre en carácter: vanidoso —se enorgullecía de la blancura de sus manos—, testa rudo, disoluto y extravagante.

Impuso un despotismo cruel y arbitrario, y con frecuen cia promulgaba leyes tan absurdas como la que prohibía al pueblo de Pavía «bailar después de la una de la madrugada bajo pena de muerte».

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Sin embargo, hubo dos factores que mitigaron en parte la dureza de su gobierno. En primer lugar, continuó y amplió las políticas extranjera y económica de su padre, introduciendo nuevos productos agrícolas, como el arroz, y fomentando el comercio, principal fuente de riqueza de Milán.

En segundo lugar, fue bajo su reinado cuando alcanzó renombre la corte milanesa por su esplendor y sus artistas; las exóticas diversiones allí organizadas maravillaron a toda Italia.

Naturalmente, era el pueblo, agobiado por pesados.impuestos, quien tenía que soportar el coste de tal mecenazgo y tal lujo. Aún así, el asesinato de Galeazzo en 1476 no provocó el alzamiento popular que habían previsto los conjurados, y la sucesión de su hijo de siete años, Gian Galeazzo, fue pacífica.

Nominalmente ejercía la regencia la madre de Gian Galeazzo, Bona de Saboya, pero el poder efectivo estaba en manos del antiguo secretario de Francesco, Cicco Simonetta.

No es de extrañar que se horrorizase al descubrir que Bona había llegado a un pacto con el más ambicioso de los hermanos de Galeazzo Maria, Ludovico. «Muy Ilustrísima duquesa: yo perderé mi cabeza y vos, a su debido tiempo, vuestro Estado.»

Tal fue su profecía, que se haría realidad muy en breve. Simonetta fue ejecutado y Bona forzada a firmar un documento por el que entregaba la tutela del muchacho a Ludovico, quien empezó a ejercer una patética dominación sobre el duque nominal.

«El Moro»

Ludovico, cuarto hijo de Francesco y Bianca Maria, había nacido en 1451. Le bautizaron con los nombres de Ludovico Maurus, y aunque más tarde se le cambió el segundo nombre, siempre habría de conservar ya el sobrenombre de «el Moro».

En general, es la corte milanesa de Ludovico la que más íntimamente se suele relacionar al nombre de los Sforza.

En ella fue figura predominante su esposa, Beatrice d’Este, con la que se había casado en 1491. Era una mujer enérgica y vivaracha, y bajo su dirección la vida cortesana alcanzó cumbres de gracia y de ingenio, con una ronda constante de bailes, mascaradas y partidas de caza.

Compartía el interés de su marido por la literatura y el arte y contrató a una serie de artistas —a quienes no siempre se pagó— para realizar muchos y diversos proyectos. Leonardo da Vinci y Bramante ejecutaron algunas de sus mejores obras bajo el patrocinio del Moro; durante aquel período pintó Leonardo su célebre fresco La última Cena.

El Moro tenía dotes para la administraron y le preocupaba el bienestar social de ms subditos. Introdujo medidas para prevenir la peste, creó una granja modelo según normas científicas y económicas, fomentó la enseñanza y se tomó el mayor interés por los planes de Leonardo para una nueva ciudad en la que imperasen la luz y el aire.

Milán era por entonces uno de los Estados más ricos de Europa.

Pero el derroche de la corte y el coste de las guerras en las que se vio implicado el Moro obstaculizaron seriamente la realización de muchos de sus proyectos, y sus beneficios sobre la población quedaron anulados por los impuestos subsiguientes.

El hecho más notable de la carrera del Moro fue su pacto con Carlos VIII de Francia en 1494, pues en el largo período de intervención extranjera que sobrevino los Estados Italianos quedaron reducidos a meros peones en las rivalidades de las grandes potencias. Paradójicamente, la funesta alianza fue consecuencia del principal objetivo político de Ludovico: el mantenimiento de la autoridad que tan turbiamente había conseguido.

Su sobrina Caterina le había advertido ya que los Estados se defienden con hechos y no con palabras, y la historia de los Sforza testimoniaba bien a las claras la veracidad de esta máxima.

Pero Ludovico no era un soldado: vacilante y supersticioso en sus actos, creía firmemente que, con una cínica diplomacia, podría manipular a los poderes de Europa y de Italia para conseguir su deseo de retener el dominio del ducado.

La alianza con Francia derivaba de su temor a una inminente invasión desde Napóles. Gian Galeazzo había contraído matrimonio en 1489 con Isabel de Aragón, nieta del rey de Napóles, que se aprestaba a respaldar sus derechos.

Al apoyar las pretensiones francesas sobre Napóles, Ludovico trataba de lanzar a dicho reino a una guerra que le apartase de sus intenciones, pero al hacerlo establecía un precedente fatal, ya que Francia tenía pretensiones igualmente sólidas sobre Milán en la persona del Delfín, el futuro Luis XII, que era nieto de un Visconti.

Mientras tanto se produjeron otros dos acontecimientos que parecieron asentar a Ludovico aún más firmemente en el poder. Primero llegó a un acuerdo secreto con el heredero del imperio alemán, Maximiliano, concertando su matrimonio con una esforza como compensación por investirle a él duque de Milán.

Más tarde, en 1495, moría Gian Galeazzo; aunque en general se suele creer que fue el propio Ludovico quien envenenó a su sobrino, no parece muy probable que así fuese, ya que era físicamente cobarde y rehuía el inflingir dolor a otros siempre que podía evitarlo.

Como resultado, los milaneses proclamaron duque a Ludovico y Maximiliano le invistió con el ducado en 1495. Por fin había un Sforza con derechos legales sobre sus dominios, además de la aceptación popular y el reconocimiento de los demás Estados italianos.

El fin de los Sforza

Sin embargo, la forzada legalidad del gobierno de Sforza no detuvo al nuevo rey de Francia, Luis XII, que renovó con mayor ímpetu sus pretensiones sobre Milán. En 1498 invadían el ducado las fuerzas francesas, venecianas y papales coaligadas, y Ludovico tuvo que huir a Alemania.

Allí logró reunir un ejército de suizos y regresó para reconquistar su ducado. Entró triunfalmente en Milán, pero los suizos le abandonaron en la batalla de Novaro y los franceses le hicieron prisionero. Murió en 1508.

A pesar de la derrota de Ludovico, el nombre de Sforza tenía todavía tanto prestigio entre los milaneses que aún habría dos de ellos que gobernasen como duques.

Ambos eran hijos de Ludovico y Beatrice, y ambos fueron meras marionetas en manos de los poderes extranjeros.

Los suizos, vitalmente interesados en Milán como salida comercial y fuente de suministros alimenticios, expulsaron a los franceses en 1512 y entronizaron a Massimiliano como duque.

Sin embargo, transcurridos tres años les expulsaría a su vez el nuevo rey de Francia, Francisco I.

Massimiliano renunció a sus derechos. Carlos V, emperador de Alemania, y los demás enemigos del poder francés, se volvieron entonces a su hermano Francesco como figurón para sus designios sobre Italia.

Aún así, Francesco tuvo que ser restaurado al ducado por tres veces. Murió sin herederos en 1535 y Milán terminó de perder lo que aún le quedaba de independencia, pasando a formar parte del imperio alemán.

Los Sforza personificaron en sus diversos miembros las cualidades esenciales del Renacimiento. Francesco I fue ejemplo supremo del condottiero de éxito del prime: Renacimiento, del triunfo del talento natura! y del poder de la espada sin necesidad de títulos legales ni alta cuna; personificó el espíritu del individualismo. Ludovico y Ascanio fueron mecenas cultivados, diplomaticos y teóricos del arte de gobernar; Galeazo Maria, el macabro tirano, no fue mencenas representativo de su época.

Si hay que señalar un rasgo ininterrumpido a lo largo de los ochenta y cinco añc; de gobierno de los Sforza, es el deseo de legitimar y perpetuar el ducado que habían obtenido.

Hasta 1495 sólo les sostenía el clamor popular, pero en la Italia de siglo XV eso era ya título suficiente, con: lo demuestra la inefectividad de los nombramientos imperiales para el ducado en 1495.

En la práctica, el gobierno de los Sforza se mantuvo gracias a su política exterior.

Francesco I y Galeazzo Maria conservaron cieña estabilidad en Italia tratando en todo memento de mantener alejados a los extranjeros y de proteger su ducado, tan vulnerable estratégicamente.

Pero los resultados de la alianza francesa demuestran cuan equivocado estaba Ludovico al confiar en su propia capacidad para mantenerse como duque con las sinuosas artes de la diplomacia.

Fuente Consultada:
La LLave del Saber  – La Evolución Social –  Tomo II – La Familia Sforza – Editorial Ediciones Cisplatinas S.A.

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