Automata Jugador de Ajedrez Historia El Turco Maelzel Automatico



Historia El Turco Maelzel
Autómata Jugador de Ajedrez

Johann Nepomuk Maelzel (1772-1838)
Empresario austríaco
El Autómata del Ajedrez «El Turco»

En su juventud, Maelzel fue conocido en ambas márgenes del Atlántico como inventor, director de espectáculos y charlatán extraordinario. Comenzó su vida profesional con modestia enseñando música en Viena en 1792, pero como este trabajo no le satisfacía pasaba sus horas libres construyendo estrafalarios aparatos musicales donde exponía sus talentos mecánicos y su pasión por lo absurdo. El más elaborado de ellos era elpanarmonicon: un conjunto de instrumentos de viento interconectados, a través de los cuales se soplaba con un fuelle. Las notas se controlaban por medio de un cilindro de bronce giratorio fijado con clavillos.

Automata Jugador de Ajedrez Historia El Turco Maelzel AutomaticoDespués de relacionarse comercialmente con Ludwig van Beethoven en un proyecto musical, utilizando unos de sus raros inventos, terminaron distanciados para siempre, pero el éxito lo consiguió mediante un un juego automático de ajedrez conocido como El Turco; aún hoy es más recordado por este invento que por su colaboración con Beethoven.(parece que el verdadero progenitor fue el barón Wolfgang von Kempelen, muerto en 1805, y Maelzel sacó, como un ave de rapiña, el juego de las manos de su hijo.)

Una noche recogió sus pertenencias, se deslizó secretamente fuera de Viena y finalmente tomó un pasaje en un barco con destino a América. Era el año 1825.

Hizo su primera representación en USA el 23 de abril de 1825, en el Hotel Nacional de Nueva York. Las dos apariciones diarias atraían a grandes multitudes, que debían permanecer de pie. Lo que veían cuando subía el telón era esto:

Un imponente y expresivo Turco —fabricado en madera, por supuesto— tocado con turbante, vestido y adornado con joyas. Estaba sentado derecho, detrás de una caja de madera de dos pies y medio de alto, cuya tapa tenía un tablero grabado.

Cuando la audiencia se había hartado del exterior de El Turco, Maelzel procedió a abrir una serie de puertas en la tapa de madera para exponer la mecánica de la máquina, una masa de ruedas dentadas, círculos, cilindros metálicos y piezas de unión de bronce que giraban zumbando.

Cerró las puertas después de hacer arrancar el aparato con una manivela y requirió un voluntario entre los espectadores para desafiar a El Turco. Varias personas levantaron la mano y uno se adelantó. El Turco eligió las blancas y jugó primero, como lo hacía siempre. Maelzel dio un golpe y las ruedas dentadas se pusieron ruidosamente en movimiento. El largo brazo de El Turco rechinó y se dirigió hacia el peón, haciendo el movimiento de apertura. Luego retornó a descansar encima de una almohada mientras su oponente se preparaba a responder. En media hora el juego había acabado y seguro que la máquina había ganado.

La audiencia estaba excitada, no podía ver lo que veía, era algo mágico, el Turco era único. Sin embargo, no sólo estaba constituido por una máquina. A pesar de que muchos se tragaron toda la representación completa, maravillados ante el milagro de una máquina jugadora de ajedrez, pocos supieron que el impresionante aparato que Maelzel había ostentado con desenvoltura ante ellos, era manejado por un joven y ágil asistente que estaba oculto adentro.

La estructura interna del cajón permitía al asistente moverse de un compartimiento al otro bastante rápido sobre una serie de patines y tablas cuando Maelzel abría las puertas. Como las abría sólo una por vez, no era del todo difícil escapar a la inspección.

Durante las primeras presentaciones en Nueva York, era una jovencita quien hacía este trabajo. Una pequeña y bastante atractiva parisina a la que se vio forzado a aceptar hasta que W. Schlumberger, un jugador de ajedrez que había conocido en París, pudiese llegar adonde él estaba. La mujer era una neófita en ese campo, pero un curso rápido sobre la estrategia y la técnica la capacitó para ganar muchas jugadas. A pesar de eso, pensó nervioso que el riesgo de perder era muy grande y anunció, a mitad de camino de su contrato en Nueva York, que El Turco no jugaría más partidos contra sus retadores. Tomaba demasiado tiempo, dijo, y aquellos que en el público no eran muy entendidos en el juego podían perder interés. En cambio, se prestaría para jugadas finales.



Para esto, Maelzel hizo memorizar a su asistente un largo repertorio de situaciones finales de juego, así como todos los movimientos posibles que podía desarrollar —una hazaña en sí misma— asegurándose siempre el primer movimiento. Mientras tanto esperaba ansioso el arribo de Schlumberger.

Tenía buena razón para estar nervioso porque una docena de jugadores competentes de ajedrez esperaba para disputar con él juegos completos, ya que la consideraban como la única prueba real de su capacidad.
Cuando Maelzel dijo que el juego completo no era una provechosa atracción, ellos dijeron que estarían gustosos de jugar en privado. Los evitó lo mejor que pudo, ofreciendo excusas pobres y haciéndose prácticamente inaccesible mientras esperaba al francés que lo iba a salvar.

En una gira a través de Baltimore en mayo de 1827, se conoció la verdad: dos niños que estaban espiando desde una puerta en la sala de espectáculos descubrieron a Schlumberger, que emergía del cajón después de la representación. El estafador negó en forma terminante las acusaciones que salieron al día siguiente en la primera página de Baltimore Gamite, pero ubicó a El Turco en un depósito y dejó pasar el verano esperando que la historia fuera olvidada.

Al mismo tiempo aparecieron algunos aparatos similares que pueden haber sido inferiores al original pero que, de cualquier modo, borraron la afirmación de que era único. Maelzel intentó comprar alguno, como la Jugadora de ajedrez americana promovida por el empresario John Scudder. A otras las desacreditó públicamente acusándolas de ser imitaciones débiles.

En los primeros años de 1830, Maelzel dominaba el circuito Nueva York, Boston, Filadelfia, Baltimore y Richmond. Todavía atraía público, pero los críticos, incluido el gran lógico Edgar Alian Poe, estaban tratando de descubrir públicamente los defectos de El Turco.

Las aspiraciones del inventor dieron su último suspiro en 1837. Una popular revista francesa, Pittores que, trajo la historia de la falsa maquinaria y explicaba cómo sus movimientos eran dirigidos por un experto en ajedrez astutamente escondido adentro. En consecuencia la concurrencia al teatro decayó en forma violenta.

Marchó con su show a otra parte, al medio este, a Nueva Orleans y luego a La Habana, donde causó sensación. Desgraciadamente, un contrato de retorno en Nueva York y Filadelfia le produjo un desastre financiero y el showman retornó a La Habana y pidió prestados fondos, esperando devolverlos con los espectáculos que daría.

De su última visita allí dedujo que los amistosos cubanos no habían leído todavía de su estafa o si lo habían hecho no se preocupaban. Pero su segunda aventura en Cuba fracasó miserablemente: por un lado el público no respondió; por otro, Schlumberger contrajo la fiebre amarilla y murió.

Muy deprimido y sin dinero, Maelzel partió a Filadelfia el 14 de julio de 1838 a bordo del Otis, Bebía continuamente botellas de clarete barato encerrado en su camarote para olvidar sus penas. Fue encontrado muerto en su litera una semana más tarde.

Fuente Consultada: Diccionario Insólito Tomo 3 Wallace – Wallechinsky



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