Por Que Nos Enamoramos? Porque me gusta mi pareja? Psicologia Social





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¿Por Qué Nos Enamoramos? – Psicología y Científicamente

¿Por Qué Nos Enamoramos?: Por qué una persona se enamora precisamente de tal o cual persona, Y no de cualquier otra de las miles de parejas potenciales que encuentra, sigue siendo un profundo misterio. El azar, la química y la probabilidad de que dos pequeñas ventanas de receptividad se abran en el preciso momento de conocerse son garantía de impredecibilidad. Pese a todo, la ciencia ha hecho algunos modestos avances en el camino para comprender por qué nos enamoramos y por qué nos desenamoramos.

porque nos enamoramos

Contrariamente a los mitos difundidos por las ciencias sociales en el siglo XX, el amor no es un invento de los poetas occidentales de hace unos cuantos siglos. La evidencia apunta a la conclusión opuesta el amor es un universal que cruza fronteras culturales y probablemente haya estado con nosotros desde que se formaron los primeros vínculos a largo plazo entre parejas en los brumosos albores de la historia evolutiva de los humanos.

Desde los zulúes de Sudáfrica a los inuits del norte de Alaska, los humanos dicen sufrir las obsesiones de la mente y las pasiones de la emoción que el mundo occidental asocia con el amor.

En un estudio de 168 culturas diferentes, el antropólogo Bill Janko­Wiak halló una fuerte evidencia a favor de la presencia de amor románti­co en casi el noventa por 100 de ellas. Para el diez por 100 restante, la evidencia antropológica era demasiado imprecisa para extraer conclusio­nes definitivas.

Mucha gente en todo el mundo dice también sentirse actualmente enamorada. La socióloga Sue Sprecher y sus colaboradores entrevistaron a 1.667 mujeres y hombres de Rusia, Japón y Estados Unidos. Lo que hallaron fue que el 61 por 100 de los hombres rusos y el 73 por 100 de las mujeres rusas decían estar en aquel momento enamorados. Las cifras para los japoneses eran del 41 por 100 de los hombres y el 63 por 100 de las mujeres; y, entre los norteamericanos, el 53 por 100 de los hombres y el 63 por 100 de las mujeres.

Mi propio estudio de las preferencias de emparejamiento de 10.047 individuos de treinta y siete culturas distintas localizadas en seis continentes y cinco islas también reveló la importancia y universalidad del amor. Lo que hallé fue que «el amor y la atracción mutua» era calificado como el más indispensable de los dieciocho atributos que se les daba a elegir para caracterizar a la persona con la que se casarían -y eso por ambos sexos y en todas las culturas. Más allá de las singularidades de las prescripciones culturales, la diversidad de sistemas de emparejamiento, las convulsiones políticas, las dispares condiciones económicas y la multiplicidad de creencias religiosas, los humanos de todo el mundo anhelan el amor.

Las cualidades esenciales que las personas desean en una pareja definen las reglas del juego del emparejamiento en los humanos. Los deseos determinan hacia quién nos sentimos atraídos y qué estrategias son efectivas para atraer a la pareja deseada. Las violaciones del deseo crean conflictos y preconizan la disolución conyugal. La satisfacción de los deseos del otro se convierte así en un medio eficaz de conseguir y retener a una pareja, y aumenta la posibilidad de un amor a largo plazo.

El estudio de las treinta y siete culturas ilumina con más claridad que nunca anteriormente cuáles son los componentes del deseo. En todo el mundo la gente busca una pareja que sea amable, comprensiva, inteligente, fiable, emocionalmente estable, poco exigente, atractiva y sana.

Sin embargo, las culturas difieren enormemente en cuanto a la importancia que atribuyen a ciertas cualidades. La virginidad, por ejemplo, es una cualidad virtualmente indispensable en la pareja para casi todos los chinos, pero irrelevante para la mayoría de los suecos y holandeses.

Pero lo más sorprendente para los científicos sociales fue el descubrimiento de diferencias universales entre los sexos. Los hombres de todo el mundo dan más importancia a la juventud y al atractivo físico, cualidades reconocidas como importantes signos de fertilidad y futuro potencial reproductor de la mujer.

Las mujeres de todo el mundo desean hombres ambiciosos, que gocen de una posición social decente, posean recursos o el potencial para adquirirlos y que sean unos años mayores que ellas. Durante toda la vasta historia evolutiva humana, los hijos de una mujer han sobrevivido y prosperado mejor cuando la mujer ha elegido a un hombre rico en recursos y comprometido a invertirlos en su pareja.

Entonces, ¿Es el amor únicamente una fría evaluación de las especificidades de una persona? ¿Acaso no es una emoción que nos ciega hasta la quiebra? Un poco de ambas. La gente no suele enamorarse de personas que carezcan de las cualidades que desean.



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En un estudio de las respuestas de hombres y mujeres a anuncios personales se halló que era más probable que los hombres iniciaran un contacto con una mujer cuando ésta mencionaba sus atractivos físicos y una edad joven en la descripción de su persona. De otro lado, era más probable que las mujeres iniciaran un contacto con un hombre cuando éste mencionaba unos ingresos razonables y un nivel de educación respetable.

Pero por mucho que a quién acabemos amando siga una implacable lógica utilitaria, es también posible que el amor haya evolucionado para hacemos ciegos a los defectos de la pareja. Hay al menos dos explicaciones científicas para la miopía que produce el amor. Son pocas las per­sonas que posean la lista completa de las cualidades deseadas, y la mayoría tenemos que conformamos con menos de lo que desearíamos en un mundo ideal. Por lo general, sólo las personas muy deseables pueden atraer a personas igualmente deseables.

Acaso la ley del amor mejor do­cumentada sea la del emparejamiento selectivo, es decir, la tendencia a que las parejas estén formadas por personas que se parecen. Las personas inteligentes y cultas tienden a casarse con personas con las que puedan compartir sus ideas y erudición. Las personas atractivas y seductoras buscan pareja igualmente atractiva. Aunque los opuestos ocasionalmen­te se atraen, en el amor duradero los «8» generalmente se casan con los «8», y los «6», con los «6».

No tiene sentido insistir en los defectos de cuando uno se enamora. De hecho, un estudio reciente señala que la mayoría de las personas manifiestan «ilusión de amante», un exceso de optimismo sobre sus posibi­lidades de éxito marital. Mientras que aproximadamente el cincuenta por 100 de los matrimonios acaban en divorcio, sólo un 11 por 100 de las personas casadas piensa que su propio matrimonio puede acabar en divorcio.

En un grupo de edad más joven de individuos solteros, sólo el 12 por 100 piensa que en su futuro matrimonio habrá una probabilidad del cincuenta por 100 de acabar separándose, por bien que entre los que se casan ahora, la probabilidad de divorcio ha aumentado hasta el 64 por 100. Estas cifras quizá reflejen sesgos adaptativos que, aunque desviados de la realidad, aumentan la probabilidad de éxito.

De acuerdo con esta explicación, el amor es una emoción que motiva a las personas a perseverar en las duras y en las maduras, por mucho que a la larga no siempre funcione. En suma, el amor puede cegarnos de dos maneras: primero, permitiendo que nos conformemos con alguien que no se parezca a nues­tra fantasía de la pareja ideal; y segundo, haciéndonos optimistas acerca del futuro de nuestro romance, y aumentando de este modo la probabilidad de que realmente tenga éxito.

El economista evolutivo Robert Frank afirma que el amor es la solución al problema del compromiso. Si nuestra pareja se eligiera por razones racionales, podría dejarnos por las mismas razones racionales al encontrar a otra persona ligeramente más deseable de acuerdo con sus criterios «racionales».

Se crea así el problema del compromiso: ¿cómo podemos estar seguros de que una persona seguirá con nosotros? Si nuestra pareja está cegada por un amor incontrolable que no puede evitar ni puede elegir, un amor por nosotros y por nadie más, entonces el compromiso no flaqueará. El amor es más fuerte que la racionalidad. Es la emoción que nos asegura que no dejaremos a nuestra pareja cuando tropecemos con alguien más deseable, al tiempo que indica a nuestra pareja nuestra intención y determinación de estar siempre con ella.

Es probable que la flecha causal apunte también en sentido opuesto. El amor puede ser la recompensa psicológica que experimentamos cuando el problema del compromiso se resuelve satisfactoriamente. Es el opio del cuerpo y de la mente que nos anuncia que el problema adaptativo de selección de pareja, satisfacción sexual, devoción y fidelidad se ha resuelto con éxito.

La explicación científica es que la evolución ha insta­lado en el cerebro humano mecanismos de recompensa que nos impelen a continuar las actividades que conducen al éxito reproductor. La pega es que con el tiempo la droga va perdiendo fuerza. Algunos se suben entonces al tren del hedonismo, a la búsqueda continua del éxtasis que acompaña al amor. Repetir el éxito con nuevas conquistas nos trae de vuelta al delirio, aunque éste nunca llegue a alcanzar la misma intensidad.

El amor puede ser una solución al problema del compromiso o la embriagadora recompensa por haberío resuelto, o ambas cosas. En cual­quier caso, no cabe duda de que el amor es una emoción íntimamente ligada al compromiso. En mis estudios de ciento quince acciones distintas que indican que una persona está realmente enamorada, los actos de compromiso se sitúan al principio de la lista -actos como hablar de matrimonio o expresar el deseo de formar una familia. Los más sobresalientes actos de amor señalan el compromiso de invertir los recursos se­xuales, económicos, emocionales y genéticos en una sola persona.

Desafortunadamente, la historia evolutiva no acaba aquí. Donde existe el deseo de amor, existe el deseo de manipularlo. Los hombres engañan a las mujeres acerca de la intensidad de su amor para conseguir recompensas sexuales a corto plazo. Las mujeres, por su parte, han desarrolla­do por coevolución defensas contra la explotación sexual, por ejemplo imponiendo un largo proceso de cortejo antes de consentir en el sexo, in­tentando detectar el engaño y desarrollando una capacidad superior para interpretar señales no verbales. La carrera armamentista coevolutiva del engaño y la detección del engaño continúa, y no parece tener fin.

Otro problema es que la gente se desenamora tan arrebatadamente como se enamora. No podemos predecir con certeza quién se desenamorará, pero algunos estudios recientes nos dan alguna pista. Así como la satisfacción del deseo es muy importante para enamorarse, las violacio­nes del deseo presagian conflicto.

Un hombre elegido en parte por su amabilidad y su energía puede acabar siendo abandonado si se torna cruel y perezoso. Una mujer elegida en parte por su juventud y belleza puede perder a su pareja ante la competencia de un nuevo modelo de be­lleza. Un compañero al principio atento puede tomarse condescendiente. Y la infertilidad de una pareja tras repetidos actos sexuales puede llevar a ambos a buscar una unión más fructífera.

Hay que considerar por último la cruda métrica del mercado de pare­jas. Considérese una joven pareja de profesionales. Si la carrera de la mujer se dispara pero el hombre acaba siendo despedido, su relación se verá sometida a una fuerte tensión porque sus valores de mercado son ahora distintos.

Para la mujer, un «9» que hasta entonces había quedado fuera de su alcance queda ahora a su disposición. En la jungla evolutiva del emparejamiento, podemos admirar a una mujer que se mantenga fiel a un marido perdedor, pero quienes lo hicieron ciertamente no son nues­tros antepasados. Los humanos actuales descienden de antepasados que cambiaron su pareja por otra mejor cuando la ganancia potencial supera­ba con creces los múltiples costes que las personas sufren a consecuen­cia de una separación.

Desenamorarse tiene muchas facetas oscuras. El golpe puede ser físicamente peligroso para las mujeres y psicológicamente traumático para ambos sexos. Los hombres que se ven rechazados por la mujer que aman a menudo acaban maltratándola emocionalmente, y a veces físicamente.

En nuestros estudios recientes descubrimos que una alarmante proporción de los hombres que son abandonados sin demasiadas contemplacio­nes acaban teniendo fantasías homicidas. Del mismo modo que la evolu­ción ha instalado mecanismos de recompensa que nos inundan de placer cuando nos apareamos con éxito, quizá nos haya equipado también con mecanismos que nos propinan dolor cuando fracasamos en nuestros in­tentos de formar una pareja estable.

DAVID M. Buss
Catedrático de Psicología de la Universidad de Texas

TRES CONSEJOS PARA EL AMOR
1-Acepte su cuerpo tal como es y disfrútelo

Una encuesta reciente reveló que casi ninguna mujer está totalmente satisfecha con su cuerpo. Esto puede hacer que eviten ciertas posturas al realizar el acto sexual, que sean pasivas o que repriman sus impulsos eróticos. “Analice si los ideales físicos que tiene en mente son buenos para usted y para su vida amorosa”, aconseja a las mujeres la sexóloga Brandenburg. “Si no lo son, ¡sáqueselos de la cabeza! Deje de compararse con otras mujeres y de evaluarse en función de ideales imposibles. Está bien tal como es”. Su consejo para los hombres: no deje de decirle a su pareja que le encanta su cuerpo. Eso puede tener un efecto increíblemente liberador en la cama.

2-Saquen el televisor de la habitación
La televisión es una distracción perfecta; por desgracia, también nos aleja del disfrute sexual. Tras realizar un estudio con 523 parejas italianas, la psicóloga e investigadora Serenella Salomoni, de Padua, estableció lo siguiente: las parejas que no tienen distracciones en su cuarto hacen el amor dos veces por semana, y las que tienen un televisor en la habitación, sólo lo hacen una vez en ese mismo lapso.

3-Hable libremente con su pareja y escúchela
“Es muy satisfactorio y crea una gran intimidad que su pareja piense que usted es comprensivo y que sabe escuchar”, dice la terapeuta Doris Willer. El tema de la conversación no tiene que ser muy profundo; lo importante son los mensajes que se envían el uno al otro al hablar de sus asuntos y escucharse.

Cuéntele a su pareja los pormenores de su día en el trabajo o en la casa, y cuando ella haga lo mismo, escúchela con atención. Desde el punto de vista emocional, comprender y ser comprendido es un regalo. Nadie le puede garantizar una mayor intimidad y armonía en su relación de pareja, pero es mucho lo que puede hacer para obtenerla. Como dije alguna vez el gran novelista alemán Theodor Fontane, “el amor se nutre de cosas pequeñas”.

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ALGO MAS SOBRE EL AMOR…

Según el sexólogo John Money, los niños desarrollan los mapas mentales sobre los cuales luego clasificarán a las personas que podrán ser destinatarias de su amor entre los 5 y 8 años de edad, como resultado de asociaciones con miembros de su familia, con amigos, con experiencias y hechos fortuitos. Así, antes de que el verdadero amor llame a nuestra puerta, la persona ya ha elaborado los rasgos esenciales del ser ideal a quien amar. Lo extraño es que ciertos patrones se repiten en individuos de distintas culturas.

En estudios sociológicos realizados en los últimos años se comprobó cuáles son los componentes del deseo. En todo el mundo la gente busca una pareja que sea amable, comprensiva, inteligente, fiable, emocionalmente estable, poco exigente, atractiva y sana. Sin embargo, en algunas culturas existen diferencias: la virginidad, por ejemplo, es una cualidad indispensable en la pareja para casi todos los chinos, pero irrelevante para la mayoría de los suecos y holandeses. Existen, además, diferencias universales entre los sexos que se repiten en distintas culturas.

Los hombres de todo el mundo dan más importancia a la juventud y al atractivo físico, cualidades reconocidas como importantes signos de fertilidad y futuro potencial reproductor de la mujer. Las mujeres de todo el mundo desean hombres ambiciosos, que gocen de una posición social decente, que posean recursos o el potencial para adquirirlos y que sean unos años mayores que ellas.

Durante toda la vasta historia evolutiva humana, los hijos de una mujer han sobrevivido y prosperado mejor cuando la mujer ha elegido a un hombre rico en recursos y comprometido a invertirlos en su pareja. El problema es que no son muchas las personas que poseen la lista completa de las cualidades deseadas.

Esto genera aquello de que “el amor es ciego”. Sólo las personas muy deseables pueden atraer a personas igualmente deseables. La ley del emparejamiento selectivo, es decir, la tendencia a que las parejas estén formadas por personas que se parecen, hace que las personas inteligentes y cultas tiendan a casarse con personas con las que puedan compartir sus ideas y erudición.

La importancia de admirar
El amor está más cerca de la admiración de lo que solemos creer. Cuando conocemos a una persona que posee algún atributo que admiramos, casi automáticamente nuestra mente dirige toda su atención hacia él o ella. La admiración bordea la fascinación y nos permite ir más allá de la superficie, dejar de lado el aspecto físico y relacionarnos con las personas en un nivel más íntimo.

Se trata de un proceso en el cual detectamos, casi siempre a nivel inconsciente, una característica que nos parece admirable; luego, comenzamos a superar esa admiración y los sentimientos se hacen más profundos. Es cuando decimos que “nos estamos enamorando”.

El sentimiento de admiración implica el deseo, pero también la afinidad y la amistad. Es claro que se trata de un paso mucho más firme que la mera atracción física que domina gran parte de nuestras relaciones. De hecho, cuando existe admiración, lo sexual se vuelve un complemento más y deja de ser lo más importante.

Aunque no sea muy bella físicamente, una persona brillante, que nos deslumbre con su intelecto, se ganará varios puntos a su favor, que eventualmente pueden dar lugar a la atracción. No se garantiza la aparición del deseo, pero al menos sí se crea una fuerte posibilidad.

Algo similar ocurre con la afinidad. Poseer afinidad con otra persona significa comprenderse mutuamente, vivir sin tener que dar explicaciones ni encauzar malentendidos. Los gustos similares y el entendimiento mutuo son una excelente base para el amor.

Cuando compartimos con una persona una actividad que realmente disfrutamos, le atribuimos a ese individuo toda la emoción positiva que nos brinda esa actividad. Se produce una simbiosis entre la persona y el placer de la afinidad, haciéndola más atractiva.

LOS TRES ELEMENTOS DEL AMOR:

Un amor completo, gratificante y placentero requiere de la unión de tres factores emocionales, relacionados con el deseo (eros), la ternura (ágape) y la amistad (philia). Una pareja funcional se une por la presencia de estos tres elementos, y sus momentos de felicidad los deben al equilibrio de estos tres elementos.

Cada uno de estos factores es una parte primordial de lo conocemos como “amor verdadero”, y juega un rol esencial en la aparición de la atracción y su desarrollo posterior en afinidad y amor. El especialista Walter Riso los define como sigue:

• EROS: es deseo sexual, posesión, enamoramiento, amor pasional. Lo más importante es el YO que anhela, que apetece, que exige. La otra persona, el TÚ, no alcanza a ser sujeto. Es la faceta egoísta y concupiscente del amor: “te quiero poseer”, “quiero que seas mía”, “te quiero para mí”, Eros es conflictivo y dual por naturaleza, nos eleva al cielo y nos baja al infierno en un instante.

Es el amor que duele, el que se relaciona con la locura y la incapacidad de controlarse. Pero no podemos prescindir de eros, el deseo es la energía vital de cualquier relación, ya sea como sexo puro o como erotismo.

• PHILIA: es la amistad. La philia trasciende el YO para integrar al otro como sujeto: YO y TU, aunque el YO sigue por delante. A pesar del avance, en philia, la benevolencia no es total porque la amistad todavía es una forma de amarse a sí mismo a través de los amigos.

La emoción central no es el placer como deseo acaparador, sino la alegría de los que comparten: la reciprocidad, pasarla bien, estar tranquilos.

• ÁGAPE: es el amor desinteresado, la ternura, la delicadeza, la no violencia. No es el YO erótico que arrasa con todo, ni el YO y TU del amor amistoso, sino el amor de entrega: es amor, es la benevolencia sin contaminaciones egoístas.

Obviamente, no se refiere a un amor irreal e idealizado, porque incluso ágape tiene condiciones, sino de la capacidad de renunciar a la propia fuerza para acoplarse a la debilidad de la persona amada.

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Por favor, dime que me quieres. No siempre es oportuno solicitar una manifestación de afecto. El amor tiene que expresarse sin exigencias, con espontaneidad, naturalmente.

Sí, claro que necesitas de afecto.
Todos lo necesitamos.
Sin afecto es imposible florecer y fructificar. El cariño es el caldo de cultivo donde se desarrolla la personalidad. El ambiente propicio para el crecimiento armonioso. El clima necesario para lograr equilibrio, generosidad, tolerancia.
Por todo eso, a veces se te hace imprescindible escuchar una palabra de amor.
Y esa palabra no siempre llega.
¿Por qué?
A menudo porque los demás no saben expresarse. Hay sentimientos que se reprimen inconscientemente. Hablamos una vez de la represión útil (aquella que contiene los impulsos destructivos y permite la convivencia) y de represión alienante (aquélla que nos lleva a ocultar sentimientos y emociones naturales y espontáneos). Esta última, en realidad, esconde un pánico inconsciente al amor y a la sexualidad.
Claro que hay que ayudar a los demás a salir de ella.
Pero también debemos observar nuestras propias actitudes. Y saber que no siempre es oportuno suplicar: por favor, dime que me quieres. Porque hay circunstancias en que
aun los que realmente nos aman, y que no se reprimen para expresar amor, pueden no sentir deseos de decir “te amo”.

ALGUNAS SITUACIONES

EL DIÁLOGO DE SORDOS
—¿Me quieres?
—¿Qué pretendes de mí?
—Simplemente te preguntaba si me quieres…
—Y yo te contestaba con otra pregunta: qué pretendes de mí.
Esto parece un diálogo de sordos.
Una persona pregunta a otra si la quiere, y recibe una respuesta que aparentemente tiene poco que ver con dicha pregunta.
Es que a veces no respondemos al llamado del mundo exterior, sino a nuestro propio mundo interior.
La persona que respondió “¿qué pretendes de mi?” no escuchó la pregunta del otro. Se ha escuchado a sí misma, a su probable desconfianza ante el amor, a su miedo de que ese requerimiento signifique una exigencia.
¿Y qué ocurre?
Que el que hizo la pregunta puede interpretar esa respuesta como un rechazo y no como que no fue escu-
chado. Ese rechazo podría producir? en una especie de círculo vicioso, otra reacción negativa. Supongamos que, enojado, el que preguntó se escuche a su vez a sí mismo y diga:
“¡Lo que sucede es que no me quieres y no te atreves a decirlo!”
El diálogo de sordos seguirá siéndolo, sin posibilidades de comprensión pues ambos no dialogarán entre sí sino consigo mismos.
Sí, en cambio, se intenta otro camino, es posible que haya una apertura.
Supongamos que el que hizo la pregunta diga suavemente:
“Me parece que no me escuchaste. O quizá no me expresé bien…”
Este es un camino con más posibilidades de salida que el círculo vicioso.

LOS INOPORTUNOS
Hay quienes solicitan manifestaciones de afecto en momentos absolutamente inoportunos. El marido que le pregunta a la esposa si lo quiere cuando ésta se encuentra ocupada en la cocina, tiene que ir a esperar a los chicos en la escuela, etc. O la esposa que interroga al marido cuando éste se halla sumido en un problema de trabajo.

Es bastante lógico, si se lo piensa bien, que en momentos así se reciba una respuesta no precisamente gratificante.
En la vida cotidiana, en la convivencia, todo tiene su momento. Es imprescindible reconocerlo y no forzar situaciones que, de hacerlo, se tornarían más difíciles de superar.

LOS MISTERIOSOS
—¿Me quieres?
—Adivina…
¿Adivinar qué? ¿Qué esconde la
ambigua respuesta de los misteriosos? Puede haber muchas cosas detrás de ella.
Quizá simplemente un juego amoroso para estimular al otro y estimularse. Quizás una situación de hartazgo disimulada con la evasiva. Quizás el deseo de no comprometerse “escapándose por la tangente”.
Pero también puede ser que se trate de esa imposibilidad de manifestar afecto debido a represiones internas, y a la consiguiente necesidad de que sea el otro quien haga la afir mación de amor en lugar de la pregunta.
En estos casos hay que tener en cuenta las inhibiciones y los temores que pueden esconderse detrás de ese resbaladizo “adivina”. ¿Miedo a un presunto menoscabo de la hombría por decir una palabra de amor? ¿Miedo a mostrarse débil? Hay que descubrir lps motivos ocultos para que el afecto pueda demostrarse en todo su calor, en toda su fuerza y dimensión.

LOS INSISTENTES
—¿Me quieres?
—¡Te digo que sí por milésima vez!
Evidentemente, ha sido un “sí” arrancado por la fuerza. Hay personas insistentes, que necesitan asegurarse constantemente de que son amadas, y para eso recurren a una obsesiva repetición de la misma pregunta.
Estas personas deben saber que el amor tiene que expresarse, claro que sí, pero que es mucho más que una palabra. Y que pedir continuamente la repetición de esa palabra equivale no sólo a gastarla sino a corroer ‘también su verdadero contenido.
Además, las respuestas afirmativas que se obtienen con exigencias, de poco sirven para calmar las ansias de afecto.
Incluso pueden ocasionar malentendidos que en nada contribuirán a la armonía de la pareja.

MEDIDAS CUANTITATIVAS DEL AMOR
Este no las admite.
Es pueril pensar que se quiere más cuanto más se repiten las palabras “te quiero”. Las virtudes del amor son cualitativas, y un solo “te quiero”, dicho en el momento oportuno, vale más que muchos repetidos a lo largo del día.

Por otra parte, el amor no sólo se manifiesta con palabras. Acariciar silenciosamente el cabello del compañero cuando éste no lo espera, abrir la puerta del ascensor a la esposa después de diez años de casados, esperar al marido con el plato predilecto, son pequeños detalles de la vida cotidiana que están significando cariño, respeto por el otro, por sus gustos, por sus preferencias.

Además una pareja debe aprender a interpretarse mutuamente. Hablamos ya del lenguaje de las sonrisas, de las miradas, de los gestos, incluso de los silencios.

Todo puede tener un valor afectivo, expresado sin necesidad de recurrir siempre a las palabras.
Estas son muy importantes, pero no lo dicen todo.
Tienes que tenerlo en cuenta para no usarlas o no solicitarlas cuando no es el momento.
Y hay otra cosa que conviene que recuerdes.

Probablemente alguna vez te hayas quejado porque tu pareja no te escucha. O te escucha mal. O te comprende mal.
¿No pensaste que puede sucederle algo parecido con respecto a ti?.

¿No se te ocurrió que probablemente alguna vez —y quizás a menudo— sintió que no era escuchada? ¿O que lo era mal, y por lo tanto mal comprendida?.

En la vida en común, en la relación de un hombre y una mujer, se da un complejo juego de interrelaciones. Son dos individuos, sí, pero su vínculo los convierte en un nosotros del que ambos son responsables. No echemos entonces todas las culpas al otro. Seamos conscientes de nuestra parte si queremos que un “te quiero” sea dicho con sinceridad, con autenticidad y con emoción en el instante en que realmente lo necesitamos.

Y aprendamos también a manifestar nuestro propio afecto. La madurez emocional hace que, poco a poco, sepamos dominar las inhibiciones y los complejos.

No es menos hombre quien hace una caricia a la mujer amada.

No incurre en perversión quien hace una caricia al hombre amado.

Pero en cambio se puede incurrir en indiferencia si no se habla del amor dentro del amor, con la palabra justa y en el momento oportuno. En un diálogo fértil y positivo entre hombre y mujer.

Fuente Consultada:
HOMBRE Y MUJER Para Vivir en Pareja Tomo N°3 Editorial SALMO S.R.L.




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