Daimler Historia del Primer Motor Para Automoviles Cuatro Tiempos





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LA HISTORIA DE LA FABRICACIÓN DEL PRIMER MOTOR PARA EL AUTOMÓVIL

En un primer momento la maquina “diabólica” de Gottlieb Daimler (imagen abajo) paseando por las calles de Cannstatt y Stuttgart causó elogio, comentarios, pero en no mucho tiempo el ruido y el polvo que propia la nueva máquina Daimler provocó el hartazgo de sus vecinos. La prensa hizo una campaña feroz, alegando que la furia de los caballos al desbocarse ante aquel petardeo infernal, la mala influencia en las gallinas ponedoras, que dejaban sus huevos por cualquier lado, y otras minucias más propias de la época, hacían imposible que ese vehículo siguiera caminando.

Para llevar a buen fin sus experimentos, Daimler y su amigo Maybach se vieron en la necesidad de espaciar las experimentaciones. Un mal día de la primavera de 1887, cuando estos precursores probaban su máquina, fueron malamente apedreados por sus curiosos conciudadanos, que no les perdonaron el haber alterado la paz de sus vidas.

Desde ese instante, Daimler decidió buscar otra vía contra la incomprensión de sus coterráneos y su firme propósito, a partir de entonces, fue presentar su vehículo en la Exposición Internacional de París, que comenzaría dos años después. De momento el motivo de sus desvelos era el motor, su fin último consistía en perfeccionarlo y al mismo tiempo acondicionarlo a todo vehículo que necesitara de un valor fuerza.

El visionario dio campo de práctica, las embarcaciones que navegaban constantemente en las aguas del Neckar, de esta forma colocó su motor en una lancha y comenzó a pasearse en toda la extensión del río. Nuevamente la prensa, tan poco propicia a los dos ingenieros, lanzó una insidiosa campaña para frustrar la audaz iniciativa.

Daimler, que no era tonto, engalanó su lancha con hilos eléctricos y aislantes de porcelana, engañando de esta forma a sus enemigos y declarando muy campante que la barca no estaba equipada con su motor, sino por un invento eléctrico de Edison, logrando con esta sabia maña, por poco tiempo, una tregua de sus enemigos.

EL “BOOM” PUBLICITARIO: Pero Daimler no es hombre de amilanarse y quiere que se hable de su motor, para esos días le llegan noticias de una competencia náutica que se va a realizar en Frankfort, ni corto ni perezoso junto a su amigo Maybach prepara lo que hoy llamaríamos un estupendo boom publicitario. De boca en boca corren los nombres de los remeros favoritos, y los de las embarcaciones que tienen a primera vista mayores posibilidades de obtener el triunfo.

La intención honrada de Maybach era sencillamente dar un paseo por las aguas sin interrumpir ni perturbar en modo alguno la marcha de la carrera, pero hete aquí que la policía se entera de quo la barca de Maybach va equipada con un artefacto que es capaz de hacer explosión en cualquier momento y causar con ello una catástrofe.

Sin pensarlo más, varios agentes salen de la prefectura con la sana intención de detener a aquel anarquista. Maybach, que no era un barquero cualquiera, se da cuenta de la situación, hace marchar su motor y logra poner en movimiento la barca justo en el momento en que los agentes están a punto de entrar en ella; y empieza a pasearse de una a otra orilla, mientras los policías le gritan enérgicamente que se detenga y se rinda. Cuando ven quo se dirige hacia una de las bandas del río, una nube de policías acude hacia allí, esperando que desembarcara para detenerlo; pero Maybaclv da media vuelta al timón y sorteando los obstáculos de las otras embarcaciones se dirige a la orilla opuesta. De nuevo corren precipitadamente los  policías hacia allí y de nuevo los burla Maybach cambiando de rumbo. El público empieza a divertirse, las regatas le interesan menos que las precipitadas carreras de los agentes y los súbitos y rápidos cambios de rumbo de la embarcación, repitiendo este espectáculo decenas de veces hasta que decide detener y es arrestado.

LOS INICIOS COMERCIALES DE DAIMLER: En poco tiempo Daimler vendió varias barcas equipadas con su motor e incluso una de ellas fue a parar a manos del “Canciller de Hierro”, Príncipe de Bismark. Fue ese uno de los principales golpes publicitarios del esforzado Daimler, pero no habría de ser el último, el que lo llevaría a la fama y daría al mundo el automóvil. Pese al buen golpe de Frankfort, los negocios no caminan todavía con la celeridad que hace falta. El inquieto Daimler está más que esperanzado y es consciente de que tarde o temprano su motor habría de imponerse. En julio de 1887, compró en Seelberg un terreno donde proyectó instalar su planta motriz.

En 1888 tuvo la dicha de aplicar su motor a varios tranvías y en colaboración con Kurtza una bomba de incendios, que lanzaba chorros de agua a treinta metros de altura, esta bomba obtuvo un gran éxito en la asamblea alemana de bomberos. Daimler era un hombre que respetaba las instituciones y además poseedor de un espíritu más que inquieto para la época, puede decirse que no se daba tregua jamás. En 1888 propuso al ejército alemán y a la policía, su motorización, naturalmente tropezó con el denso espíritu de sus compatriotas, la motorización que había propuesto no tuvo éxito.

DAIMLER SIGUE SUMANDO MARKETING: Se cuenta que un día en que leía una revista ilustrada, algo llamó su atención; un librero de Leipzig, un tal Wolfert, estaba preparando un globo aeróstato con el que pensaba hacer un viaje por los aires. Con la rapidez que lo caracterizaba, Daimler le ofreció un motor sin cargo para que efectuara su viaje. Sostenía Daimler que no era el aire a quien se debía confiar la dirección del globo, sino a un motor de los producidos por él. De esta forma quedaba establecido el principio del dirigible.

En 1888, en sus terrenos de Seelberg, se dio comienzo a la experiencia. El motor en marcha y el corpulento Wolfert a bordo de la barquilla. Daimler da la orden de levantar vuelo, ante el asombro general, el aerostato pese a sus rugientes motores no despega ni un palmo del suelo. De un rápido golpe de vista, el genial ingeniero busca la falla, inmediatamente cae en la cuenta; con decisión y arrastrando de la chaqueta al gordo librero, lo obliga a bajar, mientras le grita: “¡Bájese de ahí, gordo barrigón!”. En cuanto el globo estuvo nuevamente amarrado, el inventor, que era hombre de armas llevar, a los empujones, tiró adentro de la barquilla a un curioso esmirriado, que se negaba a viva fuerza a figurar entre los precursores de la aeronáutica.

Como por unas súplicas que Daimler consideraba afeminadas no iba a perder esa oportunidad para completar el experimento, le arrancó al jovenzuelo su abrigo, para evitar mayor peso, y soltó amarras. El globo despegó, ante los ojos estupefactos de la gente de Cannsttat. Se mantuvo en el aire durante casi cuatro kilómetros aterrizando en un sembradío sin pena ni gloria. En tanto el bueno de Wolfert lloraba desconsoladamente, al ver que huía de sus manos la más grande ilusión de su vida: volar en globo. Daimler le juró al librero que probarían otra vez.



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Pero no fue posible, todo en Wolfert conspiraba contra el motor. 1888 fue para Daimler un año de realizaciones, había conseguido las tres puntas de su estrella, la estrella de la Daimler-Benz, cuyo significado es obra de un antiguo simbolismo, la tierra, el mar y el aire. Los tres lugares donde su motor cambiaría el mundo. Intervenir en la Exposición Universal de París, era el más caro anhelo del inventor.

LA NUEVA SOCIA DE DAIMLER: El ingeniero suavo ignoraba hasta qué punto su relación de buena amistad con una mujer daría a su invento el empuje necesario para abrirse paso camino de la fama. La historia fue así. A fines del año 1887, el correo entregó a Daimler una carta con remitente de París en cuyo membrete figuraba el nombre de Eduardo Sarazin. Este era gran amigo de Daimler y lo conocía de su larga temporada de trabajo enDeutz.

La importante empresa creada por Otto y Langen, lo había nombrado a Sarazin representante de la firma en Francia y abogado defensor de las patentes en la fábrica coloniense. Daimler fue el primer sorprendido ai ver que la letra no coincidía con la de su amigo Sarazin; la firmaba su mujer. Concretamente, la dama le explicaba que Sarazin había fallecido; en segundo término, como viuda se hacía cargo de los intereses de su marido y rogaba a Daimler que depositara en ella su confianza, de la misma manera que lo había hecho con su marido.

Daimler pensó que el mundo se le venía abajo, en el momento más crítico, justo cuando se encontraba armando su vehículo para acudir a la Exposición de París, le fallaba el. representante. Con un criterio muy razonable en la época, piensa que dejar la delicada tarea en manos de una mujer podría ser catastrófico para el porvenir del automóvil. Después de haber sufrido las amargas experiencias de Cannsttat, la perspectiva que se le ofrecía no era nada halagüeña, aun sabiendo que los franceses tenían criterio mucho más amplio que sus paisanos. Contestó a la carta de la señora de Sarazin, dándole el pésame por la muerte de su marido, y evadiendo elegantemente lo tocante a negocios. Luisa Sarazin fue por cuenta propia a entrevistarse con Daimler y tratar en detalle el asunto de su representación.

La joven viuda rompió los esquemas de Daimler con tal fineza que este solo atinó  a sentirse cautivado por esta mujer excepcional. La Sarazin desplegó todos sus conocimientos técnicos, en los que demostró hallarse más que informada de la actividad industrial y conocer detalladamente los negocios de su marido. Además sabía a la perfección lo que era un automóvil y la forma de comercializarlo. La reunión dio frutos más que importantes, no solamente para Daimler y Madame, sino también para el automóvil.

La señora Sarazin y la entrevista de febrero de 1888 fueron el punto clave para la entrada de! automóvil en Francia, nación a la que si bien no se le debe su invención, sí la propagación y puesta en escena. Sin esta mujer que creyó en el automóvil y que unió a sus atractivos un gran prestigio social, el motor de Daimler hubiera pasado sin pena ni gloria en la fastuosa Exposición Universal, y su coche sin caballos hubiera corrido la suerte de una curiosidad más, entre las muchas que la exposición tuvo ocasión de mostrar. Después de hablar con Daimler, Madame Sarazin dispuso de un año entero para los preparativos.

AL FIN LLEGA EL ÉXITO COMERCIAL: Por el momento se había marchado a París llevando consigo el más moderno de los motores Daimler; lo acordado era que mientras ella armaba en París una costosa campaña publicitaria, Daimler preparara nuevos motores y modelos para presentar en la exposición.

Luisa Sarazin volvió a París en los primeros meses de 1888. Su primera preocupación es encontrar alguien quequiera compartir sus afanes por la nueva máquina; allí lo conoce a Emilio Levassor (image izq.) , gran amigo de su marido y accionista en gran parte de un negocio de construcción de máquinas para trabajos en madera, Levassor tenía una gran pasión por los caballos y además fama de gran jinete.

La Sarazin lo puso a corriente de las enormes posibilidades que el motor Daimler traía aparejadas. El industrial deportista so sintió cautivado por las gracias y e talento de Luisa de tal manera, que decidió poner el hombro en lo que fuera posible. Habían quedado pendientes de envío unos cuantos moto res que Daimler prometió, a fin de preparar la muestra para la Exposición Universal.

Esta se inaugurar el 6 de mayo de 1889. Comenzaba abril y ya estaban en París, procedentes de Cannsttat, los motores para aplicar a las lanchas, un tranvía que Daimler preparara para las fiestas municipales, un nuevo automóvil con ruedas aceradas y el famoso motor “V” bicilíndrico con el que la talentosa pareja “Daimler-Maybach” manifestó su inteligencia creadora, ya que este motor revolucionario logra disminuir la relación “peso-potencia” en un extremo más que considerable para su época.

Don Miguel de Castro Vicente, uno de los más puntillosos y serios historiadores del automóvil, relata así el día más glorioso de Daimler y Maybach: “Con estos elementos se lanzaron rápidamente nuestros dos franceses a popularizar por París el invento del ingeniero suavo.”

Por de pronto lanzan a las aguas del Sena las dos lanchas que son seguidas desde la orilla por unos caballeros, pulcramente vestidos y montados sobre el automóvil Daimler; en una de las lanchas, la propia madame Sarazin vestida con toda elegancia, a la moda de la época, intercambia frases con los caballeros del automóvil.

Todo París queda peralejo ante aquel espectáculo, que se repite cada día a lo largo del Sena. Daimler y Maybach, recién llegados de Stuttgart pueden también presenciarlo y ver cómo sus nombres, así como los de Sarazin y Levassor, van de boca en boca. El petardeo de los motores que tan estridente y fuera de tono se hallaba en las amables y suaves tierras del Neckar, cobra en París, ante la imponente arquitectura de la torre de Gustavo Eiffel, primera avanzada del progreso, un aire completamente acorde y armonioso.”

Por fin llega el tan esperado día: 6 de mayo de 1889, el día en que París ha de ganarse a pulso el nombre de la “ciudad de la luz”. Las calles se hallan engalanadas, los hoteles repletos de forasteros procedentes de todo el mundo, la Tour Eiffel se alza majestuosa con sus 300 metros de altura sobre el campo de Marte, dominando a sus pies no solo el recinto de la Exposición Universal, sino también la dimensión de París y sus alrededores. Ha llegado el momento de la inauguración y el propio presidente de la república, María Francisco Sadi Carnot, que ostenta un apellido ilustre en el campo de la termodinámica —su tío Nicolás Leonardo había des- construcción de los motores—, es el encargado de abrir la exposición.

Las bandas de música se pasean por las calles parisienses haciendo sonar las alegres notas de las marchas militares o del trepidante can-can de las operetas de Offenbach; por doquier reina la alegría del gran momento que ya ha llegado y fue esperado desde hacía tiempo. Militares, con sus encapotados uniformes, damas engalanadas, un mundo multicolor espera al presidente a lo largo de su recorrido. Para que la feria tenga todavía mayor color novecentista, hay que añadir el atentado que el presidente Carnot sufre cuando se dirige alCampo de Marte.

En un punto de su itinerario un marino francés le dispara un tiro que, naturalmente, no le alcanza; hay el alboroto que es del caso, la policía reduce al anarquista, el cortejo continúa, y las puertas de la exposición se abren de par en par. Por las noches, París parece un ascua de luz: era el espectáculo más fascinante que habían visto los siglos hasta entonces.

Cerca de tres millones de personas visitaron el Campo de Marte y cerca de tres millones de personas vieron a Daimler, a Maybach, a Levassor y al fabuloso coche que andaba sin caballos. La gente se interesaba por diferentes detalles de aquel primer automóvil, miraba el motor y la forma como se hallaba colocado, solicitaba una demostración. Daimler complacía a todo el mundo y luego apuntaba el pedido: el éxito era tan completo como los dos hombres de Cannstatt no habían soñado.

Entre los muchos compradores hubo uno, pertinaz, que quiso quedarse con el motor que Daimler había llevado de muestra. Era un catalán, Francisco Bonet Dalmau. El señor Bonet cuando llegó a Barcelona, mandó colocar el motor en un coche a semejanza de lo que había visto en París y así fue como en Barcelona se construyó uno de los primeros automóviles del mundo. Por fin, la exposición de París terminó.

Toda la ciudad conoció días de gloria sin precedentes pero, como ocurre siempre en esta vida, la exposición acabó y la capital de Francia pareció quedar vacía.

Daimler llegó Stuttgart con los bolsillos llenos de pedidos que debía cumplimentar; Levassor se quedó con el coche a motor y sustituyó en sus paseos a sus caballos por el automóvil de Daimler. Y a fines del verano de 1889, en París queda la alegría desenfrenada del Moulin Rouge y el petardeo del motor del automóvil Daimler de Emilio Levassor.




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