Fiebre Amarilla en Buenos Aires Historia Epidemias en Argentina





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HISTORIA DE LA FIEBRE AMARILLA EN ARGENTINA: Buenos Aires, en 1871, era algo más que una gran aldea. Contaba con unos 200.000 habitantes, comenzaba a ser abastecida de agua corriente, se pavimentaban y barrían sus caites, comenzaba la recolección domiciliaria de basuras, se tendían las primeras líneas tranviarias. Vale decir, comenzaban a darse las condiciones higiénicas que permitieron bajar la mortalidad general de 34 muertes anuales por cada mil habitantes a solo 23 a partir de 1875.

Pero ese incipiente desarrollo sanitario no podía bastar para impedir que la fiebre amarilla estallara y arrasara a 19.000 almas, casi el 10% del total de la población. La rubia asesina, que se manifiesta hoy solo en zonas selváticas5, producía el siglo pasado severas epidemias urbanas.

 En nuestro país, se produjo un brote de fiebre amarilla selvática en Misiones, sobre la frontera con Brasil,
en 1966. Se redujo a un puñado de casos entre hacheros
.

Para que la afección se produzca se requiere inevitablemente la existencia de mosquitos del género llamadoaédes aegypti. Solo este mosquito transmite el virus del sujeto enfermo al sano. Este hecho no se conocía por aquel entonces.

Carlos Finlay, cubano, lo intuyó en 1881. Walter Reed a fines del siglo lo estudió experimentalmente. El comandante Gorgas en 1901 llevó a la práctica en La Habana lo investigado por Reed y logró en tres meses liberar a la capital cubana de la fiebre amarina que la azotaba sin piedad desde 150 años atrás. Viene a cuento recordar el drama de Fernando de Lesseps —ingeniero constructor del canal de Suez— derrotado implacablemente por la fiebre amarilla cuando intentó abrir el Canal de Panamá a fines del siglo XIX.

La tremenda mortandad le obligó a abandonar la empresa y la selva tropical tendió un manto verde sobre las maquinarias herrumbrosas. El descubrimiento de Finlay, la ciencia de Walter Reed y la industriosa practicidad de Gorgas aplicada a la erradicación del mosquito, permitieron a U.S.A. en 1904 construir el Canal de Panamá en el mismo infierno verde en que sucumbieron los sueños de De Lesseps y miles de sus obreros dejaron sus vidas. Durante años Panamá fue conocida, por la fiebre amarilla y el desastroso fin del canal francés, como la “sepultura del hombre blanco”.

De vuelta a nuestro Buenos Aires, en 1884 Guillermo Rawson —en uno de sus escritos científicos, “Observaciones sobre Higiene internacional”— se manifestaba asombrado por un hecho cierto. De los 30.000 ‘ habitantes que huyeron despavoridos para radicarse en los alrededores de Buenos Aires, algunos retornaban unas horas, cotidianamente, por asuntos de negocios.

Muchos de entre estos enfermaron y murieron. Ni uno solo de sus familiares se contagió. La explicación que no podía encontrar Rawson es en el siglo XX perfectamente clara. En los alrededores de Buenos Aires no existían los mosquitos capaces de transmitir la enfermedad. La puerta de entrada del flagelo fue el puerto. La fiebre amarilla era un hecho cotidiano en Brasil, favorecida por el clima cálido, propicio al desarrollo del mosquito transmisor. Este se desarrollaba en charcos y en cualquier espejo de aguas quietas y era 1 30.000 es la cifra que da Rawson. Existen apreciaciones que estiman en solo 60.000 las personas que quedaron en Buenos Aires.

una especie de hábitos domésticos, es decir, de las que buscan e! interior de las viviendas. La trágica irrupción de 1871 no fue, por cierto, la primera que la fiebre amarilla hacía en Buenos Aires. La ciudad, cuya parte poblada se extendía desde el río al este hasta Medrano y su prolongación al oeste; y desde el Riachuelo al sur hasta las barrancas de la Recoleta, al norte, supo de su presencia en 1858.

También en 1860, en que un médico recién graduado, Emilio García Wich, relata casos confirmados con el Dr. Salustiano Cuenca, que murió por la enfermedad contraída en ese año. Y de nuevo en 1870, en que mata a más de 200 personas. 1871 encuentra a nuestro país convaleciente de la guerra del Paraguay, terminada el año anterior. Gobierna Sarmiento.

El verano llega con copiosas lluvias que crean charcos y colman cuanto hoyo y vaciadero de basuras rodean a Buenos Aires. Calor y charcos, conviene insistir, eran equivalentes a rápida multiplicación del aédes aegypti. Para desatar el desastre, en los países en que la enfermedad es exótica, hace falta además importar algún sujeto afectado.

El mosquito pica al enfermo y transmite la enfermedad al sujeto sano a quien pique. Mosquitos indemnes pican a nuevos enfermos, se infectan a su vez, etc., etc. Para colmo de males el mosquito se infecta de por vida y suele vivir meses. El o los enfermos que permitieron iniciar la ronda infernal provino o provinieron de Brasil, como ya se dijo. Los primeros casos aparecieron en enero.

Para abril, la epidemia y el terror llegan a su apogeo. Cabe presumir que enfermaron de cuarenta a cincuenta mil personas, es decir, uno de cada cuatro o cinco habitantes de Buenos Aires. Murieron no menos de 14.000 personas (cifra dada por Coni), tal vez 19.000 (cifra que cita Rawson). El principal cementerio, el del Sud, ubicado en la plaza llamada hoy Florentino Ameghino (delimitada por las calles Caseros, Monasterio, Uspallata y Santa Cruz) debió clausurarse por colmado.

Se habilitó el de la Chacarita, al que llegaban las pilas de cadáveres que acarreaba un convoy tirado por la histórica locomotora “La Porteña”, que salía diariamente con su macabra carga desde Corrientes y Centro América.



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El comercio estaba cerrado casi totalmente, las calles desoladamente desiertas. Quedaban en Buenos Aires pocos de sus habitantes (según algunas fuentes, no más de 60.000) y esos pocos —si no habían enfermado aun— vivían enclaustrados por temor al contagio. Debe recordarse que, según las creencias de la época, el despiadado enemigo inficionaba el aire.

Se constituyó una comisión popular que tomó a su cargo no solo la infructuosa lucha contra la enfermedad, sino asimismo el reordenamiento de la vida cotidiana en una ciudad devastada, en que faltaba todo lo necesario: víveres, mano de obra, camas de hospital, médicos. Médicos, sobre todo. Muchos de los profesionales disponibles habían sido segados por la fiebre aleve.

De la Peña, Bosch, Muñiz, French, Roque Pérez, Señorans, Argerich, Zapiola, Lucena, cayeron inmolados intrépidamente, en medio de la agobiadora tarea cotidiana. Sus nombres perduran en el túmulo erigido en 1889 en la plaza Ameghino, frente a la calle Caseros. Codo con codo con los héroes caídos se batieron otros cuya memoria debe ser honrada. Eduardo Wilde, Leopoldo Montes de Oca, Tomás Perón, Pedro Mattos, Santiago Larrosa, Juan Ángel Golfarini, Luis María Drago y otros debieron a la providencia el haber sobrevivido a la épica y ciega lucha contra el ubicuo enemigo. Solo el frío invernal dominó a la epidemia. El último caso se registró el 12 de junio.

De ahí en más, la difícil recuperación. La moral de la población y el prestigio del gobierno, sobre todo del presidente, estaban por los suelos. La actitud de Sarmiento, que abandonó la ciudad, para volver a ella solo de cuando en cuando en el curso de la epidemia, le valió la repulsa popular. Héctor Várela, por cuya iniciativa se creó la comisión popular —amigo de Sarmiento, por otra parte— escribió en su diario: “…la conducta del presidente solo merece el silencio del desprecio”.




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