Biografía de Durero Artista Renacentista Aleman Vida y Obra Artística



Biografía de Durero Artista Renacentista
Vida y Obra Artística

DURERO ALBERTO (1471-1528) Maestro de la forma tridimencional, pintor, grabador y teórico alemán.

En Italia (1494) estudió el arte renacentista, que definiría su obra: la búsqueda de las proporciones clásicas, el predominio de la línea en el modelado y el colorido suave y frío.

Entre 1488 y 1493, el taller de Wolgemut se dedicó a la considerable tarea de realizar numerosas xilografías para ilustrar la Crónica de Nuremberg (1493), de Hartmann Schedel, y es probable que recibiera una instrucción exhaustiva sobre cómo hacer los dibujos para las planchas de madera.

Escribió sobre las proporciones del cuerpo humano (1528).

Fue el mas famoso pintor de su tiempo en Alemania. Falleció en 1528 a la edad de 57 años.

Biografia de Durero Artista aleman

BIOGRAFÍA: Nuremberg es la ciudad de los juguetes, de los relojes de cu-cú tallados primorosamente en madera, de los libros maravillosamente encuadernados que hacen las delicias de los coleccionistas.

Desde hace siglos, sus fabricantes de juguetes, que son muchísimos, han provisto y sigen proveyendo a los bazares de todo el mundo. La misma ciudad, limpia, con casas apiñadas de techo de pizarra y multitud de iglesias cuyas torres forman un enorme haz de agujas, parece cosa de juguetería.

En esta ciudad maravillosa, ciudad de cuento fantástico, nació el 21 de mayo de 1471 Alberto Durero, que llegaría a ser el más famoso pintor de Alemania en su época, y quizá en todos los tiempos, pues fue grande por sí mismo y maestro de maestros.

Alberto Durero fue el último de los 18 hijos de un matrimonio formado por un orfebre húngaro y la hija de su patrón y maestro, establecido en Nuremberg con un taller de platería. Era su padre un hombre sumamente honrado y religioso, de quien tenemos noticias, por su propio hijo, también hábil escritor.



«Mi padre —ha dicho Durero— mostraba hacia mí cierta predilección viendo que vo era aplicado para el trabajo, y que revelaba deseos de instruirme.
«Llevóme a la escuela, y cuando supe leer y escribir me sacó de ella para enseñarme el oficio de artífice; pero una vez que me hube ejercitado en él, mis aficiones me impulsaron preferentemente hacia la pintura y así lo hice saber a mi padre. quien quedó satisfecho a medias de mi resolución, porque se dolía del tiempo que vo había perdido en el aprendizaje.

Sin embargo, accedió a mis deseos, y el año 1486 después de Jesucristo me hizo entrar en el estudio de Miguel Wolgemut, para servirle de ayudante por espacio de tres años. Dios me concedió la aplicación necesaria, por lo que aprendí bastante, pero sufrí mucho con mis condiscípulos».

No ha dicho Durero cuáles fueron esos sufrimientos, pero es fácil deducir que eran producidos por los celos que en sus compañeros desperta-_ba la justa preferencia del maestro hacia el pequeño alumno, serio y piadoso, que a los doce años había dibujado magníficamente varias vírgenes y su autorretrato con lápiz de mina de plata, que se conserva en la Galería Albertina de Viena.

LA LUCHA POR LA VIDA

En noviembre de 1486 ingresó Durero en el taller del famoso pintor Miguel «Wolgemut, en el que, a más de la pintura de retablos, se hacían tallas en madera, muebles lujosos y grabados para ilustración de libros.

Poco se sabe acerca de los estudios hechos por el joven pintor durante los tres años de su permanencia en este taller. Ya veremos que los trabajos más bien de artesano que de artista que él debió realizar le sirvieron más tarde, como ocurre en todas las cosas de la vida, pues los destinos más incompatibles con la vocación se traducen en experiencia que luego reporta utilidad.

Es de presumirse, sin embargo, que Durero no renunció un ápice a sus ambiciones artísticas, y que prosiguió con ardor sus estudios, pues de esa época es su dibujo «Tres lasquenetes y seis caballeros atravesando un desfiladero«, en el que ya se destaca el gran paisajista que sería más tarde.

Y también es de notar que, cuatro años después de su ingreso en el estudio de «Wolgemut. pintó el retrato de su padre, existente en Florencia, en el que aparece ya el gran pintor en plena posesión de su técnica. En este retrato, en el que el autor puso todo el amor que sentía hacia su padre, aparece la imagen de éste llena de vida, de expresión-No están en esa cara solamente los rasgos fisonó-micos. sino también los sentimientos del modelo.

HACIA ITALIA

En Italia había un nuevo mundo por descubrir: la luz cálida y dorada de los cuadros de los maestros venecianos, las armoniosas proporciones que los florentinos sabían dar a las figuras, la intensidad de los colores, capaz de «deshelar» el temperamento nórdico más retraído. . . Y Durero no podía permanecer indiferente a estos hallazgos. Sin embargo, los pintores italianos no le brindaron, por lo menos al principio, una acogida amistosa.

A excepción de Giovanni Bellini, que le dispensó, con generosidad, alabanzas y consejos, los otros lo trataron con cierto desdén, criticando los colores «fríos» de sus cuadros y los contornos demasiado secos y nerviosos de sus figuras. Pero diez años después, cuando Durero volvió a Italia, en 1505, las cosas habían cambiado

En el año 1490, Durero, como todos los pintores de aquel tiempo, siente grandes deseos de conocer Italia para estudiar las obras de los grandes maestros. Y emprende el viaje. No es muy conocido el itinerario que siguió. Se sabe sin embargo que estuvo en Alsacia, donde fue con el propósito de conocer al pintor Martín Schongauer.



Pero a su llegada supo que el admirado artista acababa de morir. Uno de los hermanos de éste, Luis, pintor también, trabó una estrecha amistad con Durero y le enseñó a grabar en cobre. De allí pasó a Basilea, donde conoció a otro hermano de Schongauer, Torge, editor, para quien grabó en madera una magnífica escena de la vida de San Jerónimo.

Existen también noticias de su paso por Venecia, así como de dos cuadros, pintados por él en esa época: «El Niño Jesús de la Bola de Oro» y un «Autorretrato», en el que aparece de medio cuerpo, con larga cabellera rubia y lujosamente vestido.

A su regreso de Italia, en 1494, Durero contrajo matrimonio en Nuremberg con Inés Frev, hija de un acreditado industrial.

Se ha dicho que el pintor sufrió mucho a causa del pésimo carácter de su esposa, que era irritable, y avara hasta el punto de obligarle a realizar trabajos de grabado en cantidad considerable para satisfacer su insaciable amor al dinero, retrasando con ello el florecimiento del genio artístico de su marido. A más de esto, según ha afirmado uno de los biógrafos del artista, Pirkeimer, era sumamente celosa.

Es posible que Pirkeimer, que fue amigo de Durero, haya sido un tanto injusto hacia la compañera de su amigo, y esto vendría a ser corroborado por muchos indicios. Durero pintó varios retratos de la esposa, en uno de los cuales se advierte esta dedicatoria: «A mi Inés«. Por otra parte, manteniendo vivo el afecto que hacia sus padres sentía, vivió luego de casado en compañía de éstos, y al morir su padre se hizo cargo de la educación artística de su hermano Juan.

El dux de Venecia lo visitó personalmente, los pintores ya no se atrevieron a ignorarlo, y hasta la Señoría de la Serenísima cursó una invitación al artista, rogándole que fijara su residencia en Venecia a cambio de una retribución anual nada despreciable. Era una hermosa tentación: rodeado de aquella atmósfera cordial, la perspectiva de regresar a su patria no debió parecerle muy atractiva.

«Cuánto frío tendré, después de este sol —escribió en su diario, antes de partir—. Aquí soy un señor; en mi patria, un vulgar sablista…»

Pero no era verdad. Su patria le debía ya mucho: espléndidos grabados sacros, de intenso dramatismo, soberbios retratos, solemnes retablos. . . Sobre todo, era merecedor del reconocimiento por haber puesto de manifiesto las cualidades más nobles del alma nórdica: estricta seriedad en el trabajo, firmeza de carácter y capacidad para meditar profundamente, hasta atormentarse, sobre los grandes problemas, como el de la fe.

EL MAESTRO

En 1495, de regreso de su viaje, se instala con un estudio de pintor. Su fama es ya muy grande, y de allí que acudan a su estudio numerosos discípulos. Durero debe compartir su tiempo entre éstos y los trabajos que le son encargados. El gran Elector Federico de Sajorna le encomienda la pintura de un tríptico para el altar de la iglesia de Todos los Santos.

Al año siguiente pinta el «Descendimiento de la Cruz» y «Cristo llorado por los suyos«. En los motivos religiosos tal vez falten a los cuadros de Durero esos recursos de que han echado mano muchos artistas, para hacerlos fácilmente conmovedores ; pero sus imágenes tienen, a pesar de la sencillez y realidad con que han sido hechas —o quizá por eso mismo—, una gran emoción comunicativa.



Para sus discípulos fue un verdadero maestro: afable, cariñoso, paciente. Corregía sin irritarse, y con frecuencia aconsejaba, dándoles normas para el estudio. Una de ellas, que ha dejado escrita, transcribiremos aquí por considerarla útilísima para los jóvenes estudiantes de pintura.

«No sé lo que es la belleza. El arte reside en la naturaleza, y quien pueda sacarlo de ella, lo posee. Cuanto más se parezca tu obra a la realidad, tanto mejor será. No creas, pues, que puede hacerse algo que supere a lo que Dios ha creado. El hombre, por sí mismo, no puede ejecutar ningún cuadro hermoso, sino habiendo estudiado mucho y saturándose bien de todo; el arte, así sembrado en él, germinará y producirá sus frutos, v todo el secreto tesoro del corazón se manifestará en una obra y una nueva creación».

Durero es ya célebre en Nuremberg. No hay familia acomodada que no le encomiende un cuadro.

La más famosa de estas obras de encargo fue un altar para la iglesia de Santa Catalina, que pintó a pedido de la familia de Paumgartner. Aparecen en ella la Virgen, el Niño y San José, rodeados —según costumbre de la época— por varios miembros de la familia que donaba la obra. En ambos costados, vestidos con uniforme militar, San Eustaquio y San Jorge con sendos estandartes.

elogios importantes para la mujer

Este cuadro fue adquirido en 1613 por el nuevo Elector de Sajonia, cuyo pintor, para dar mayor ancho al altar, añadió en las hojas laterales algunos caballos y un trozo de paisaje tomados de apuntes del propio Durero.

En 1903, los admiradores del maestro resolvieron volver la tela a su primitivo estado, para corregir la irreverencia de que había sido víctima, con lo que sólo se consiguió inferirle un nuevo ultraje.

Durante esa misma época, el Príncipe Elector de Sajonia le encargó la decoración al fresco de su capilla de Wittemberg. Pero años más tarde los sucesores del Elector, con una torpeza inconcebible, hicieron cubrir con yeso los admirables frescos de Durero. Casi al finalizar el año 1505, nuestro artista emprendió viaje a Venecia, llamado por sus compatriotas residentes en la ciudad de los Dux. Iba contratado para pintar un retablo destinado a la iglesia de San Bartolomé.

No faltó por cierto oposición al pintor alemán por parte de sus colegas italianos. Se afirmaba que Durero fracasaría, pues si bien era un grabador excelente —decían—, carecía del dominio del color.

El motivo del retablo es el siguiente: la Virgen, sentada en un trono, procede a la coronación del emperador Maximiliano y el Papa Julio II. La Madre de Jesús es, a su vez, coronada por los ángeles.

Terminado el retablo, acudió a verlo el Dux de Venecia, quien abundó en elogios para el pintor y su obra. Durero escribió entonces: «He, reducido a silencio a los pintores que afirmaban que yo no servía más que para grabar, y que en pintura no conocía nada de colores. Todo el mundo dice que no ha visto nunca un colorido más hermoso».

Este retablo, ultrajado también por manos extrañas, se encuentra en la ciudad de Praga, adonde lo hizo transportar el emperador Rodolfo II.

Durante su estada en Venecia, Durero pintó, entre otros, tres cuadros famosos: «Jesús discutiendo con los doctores de la ley«, «Jesucristo en la Cruz» y, el más célebre de todos, «La Virgen del Canario«.

biografia de durero

1498: Autorretrato de Durero

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NOBLEZA DE SANGRE Y NOBLEZA DE GENIO

Hemos visto ya que en el retablo de la iglesia de San Bartolomé, Durero retrató al emperador Maximiliano. Este monarca llegó a sentir un gran afecto hacia el pintor alemán, a quien ayudó con una pensión anual de 100 florines para aliviar su difícil situación.

Durero, en efecto, debido a su natural generoso, pues regalaba la mayoría de sus obras, llegó a encontrarse en Venecia en serios aprietos, como se desprende de una carta suya dirigida a un amigo, en la que dice: «Aunque he trabajado rudamente no he tenido la suerte de ganar mucho. Todo mi haber se reduce a un mobiliario pasable, un taller bien montado, una cama y más de 100 florines en buenos colores».

El afecto que el emperador dispensaba al gran pintor alemán queda demostrado en la siguiente anécdota:

Cierto día estaba Durero dibujando una gran figura mural subido en una escalera, cuando acertó a llegar el emperador Maximiliano con varios personajes de su corte. Pareció al monarca que la escalera usada por el maestro no era suficientemente firme, y pidió a uno de los caballeros de su escolta que la sostuviera.

—Señor —dijo el gentilhombre—, paréceme que es esa una tarea indigna de mi rango.

—¿Indigna de vuestro rango porque sois noble de nacimiento? —gritó encolerizado el emperador—. Pues sabed que mi pintor tiene la nobleza del genio, que no se recipe por legado. Y bien, ahora os demostraré yo la facilidad con que se adquiere la nobleza de título.

Y dio efectivamente a Durero título de nobleza, cuyo blasón eran tres escudos en campo de azur.

La permanencia en Venecia, donde a pesar de los celos de los pintores vivía como un príncipe, estimado v considerado, no pudo prolongarse mucho. Alemania reclamaba a su pintor.

En 1507 emprendió, aunque no sin desconsuelo, el regreso a la patria. En ese mismo año pintó, su cuadro «Adán y Eva» y «El martirio de diez mil Cristianos en Persia«, el primero de los cuales se encuentra en el Museo del Prado, de Madrid.

Obras posteriores son: «La Lucrecia», «La Adoración de la Trinidad», «La Virgen y el Niño», «Los Apóstoles San Felipe v Santiago», los retratos de. «Cario Magno» y del emperador «Segismundo», «La Piedad». «El carro de triunfo del emperador Maximiliano I», «Los cuatros apóstoles» y otros retratos, obras todas que están en iglesias, museos y pinacotecas de diversos países»

A pesar de que lo dominaba, y conocía todos sus secretos, no tuvo Durero una gran peocupación por el color. De allí la opinión de los pintores venecianos a que hemos aludido, y la forma cómo respondió al desafío demostrando su dominio del colorido. Era, en cambio, amante apasionado del dibujo, y no había movimiento, detalle ni perspectiva que escapara a su ojo experimentado.

Este dominio, puesto de relieve en los numerosos croquis de sus obras, que se conservan, le permitió ser—como lo fue— uno de los más grandes grabadores de todos los tiempos. Sus trabajos de grabado calcúlanse en 275 entre cobre y madera. Pero bueno es tener presente que muchos de ellos estaban formados por gran cantidad de planchas, como «El triunfo de Maximiliano«, que consta de 92. La más famosa de estas colecciones es la titulada «Apocalipsis»: quince planchas grabadas por Durero cuando tenía veintisiete años de edad.

Otros de sus grabados famosos son: «La Melancolía», «La Pasión», «San Terónimo en su celda», «El caballo de la muerte». «La Trinidad». «El señor y la dama» y «El labrador y su mujer».

RETRATO DE DURERO

Al llegar a la madurez, era Durero un hombre de aventajada estatura, ancho de hombros y de talle fino  y flexible. Los rasgos de su fisonomía eran delicados y expresivos; claros y brillantes sus ojos; la nariz fina, recta y bien dibujada, lo mismo que su boca, sombreada por un bien cuidado bigote rubio. Usaba también barba corta partida al medio y larga melena ensortijada. Tenía manos afinadas y elegantes.

Era gracioso y naturalmente inclinado a la chanza; inteligente, franco, modesto y generoso. A estas cualidades debió la amistad de muchos personajes de las ciudades que recorrió y la ayuda que le prestaron en los momentos de apuro.

EN LOS PAÍSES BAJOS

Son varios los biógrafos de Durero que han atribuido a su esposa el defecto de la avaricia — como ya hemos dicho— pasión que contrastaba con la generosidad a veces excesiva del pintor. Varios de ellos han coincidido en afirmar que a esa tacañería se debió el viaje que Durero hizo a los Paises Bajos con el objeto de negociar sus grabados en cobre y madera.

En todas partes halló el artista que la fama le había precedido, y lo mismo en Amberes, que en Bruselas, Brujas y Gante, fue objeto de múltiples agasajos, tanto por parte de los artistas como de las autoridades la princesa Margarita de Austria manifestó deseos de conocerlo. Presentado a ella, le agasajó también y le encargó varios trabajos. Pero como más tarde el pintor incurriera en su desagrado, sin que se conozca la causa, ni siquiera le pagó el importe de su labor.

Desmoralizado, empobrecido v convaleciente de un ataque de apenaicitis —que entonces no se conocía por tal nombre—. pensó regresar a su patria, pero carecía de dinero para el pasaje. Un comerciante de Amberes le facilitó en préstamo cien florines para el regreso. Afortunadamente, el rey Cristian II de Dinamarca, que regresaba de un viaje, le hizo llamar para que pintara su retrato, y satisfecho con él le retribuyó su trabajo con la mayor generosidad.

Con estos recursos, y una nueva técnica adquirida mediante el estudio» de los grandes pintores flamencos, regresó Durero a Alemania. Las incidencias de este viaje han sido narradas por él en su «Diario de viaje a los Países Bajos».

EN ALEMANIA

De regreso en su patria, reanudó el pintor sus trabajos con febril actividad. Contaba va 54 años y estaba en la madurez de su talento. La influencia de los maestros flamencos había simplificado su estilo y lamentó, según lo ha dicho, no haber buscado siempre la sencillez y la armonía para pintar. Púsose, sin embargo, a la obra modificando siá estilo. Las figuras de los Apóstoles existentes en Munich pertenecen a la última época y están pintados con la nueva técnica.

El trabajo en Alemania fue intenso y abrumador, pues la esposa —estando siempre a lo que afirman los biógrafos del maestro— le acosaba incitándole a la labor para que ganara dinerqv y echaba de la casa a los amigos que iban a visitarle. Tal vez a esta última circunstancia se debe la fama de la señora de Durero, pues el esposo se ha referido con indulgencia a sus excesivas economías, llamándola mi «maestra de aritmética». Lo cierto es que, a pesar de su pobreza de Amberes, Durero dejó a su esposa, al morir, una herencia de seis mil florines.

EL FIN DE DURERO

En 1528, a los 57 años, se sintió de nuevo enfermo del mismo mal que le había aquejado en Amberes. Esta vez la enfermedad hizo crisis, v el gran maestro de la pintura alemana —maestro de los maestros de su patria—falleció el 6 de abril, sumiendo en el dolor al pueblo de Nuremberg, que le quería y consideraba una de sus glorias auténticas. En toda Alemania, lo mismo que en los países visitados por él, tuvo la noticia de la muerte de Durero una honda repercusión.

EL ÚLTIMO VIAJE

Aún existe en Nuremberg, milagrosamente salvada de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, la casa que Durero adquirió en 1509, cuando a la fama había añadido el bienestar económico, Se trata de un palacete de seis pisos, con, techo de doble vertiente y fachada rosa, y cuyas silenciosas habitaciones contienen mil recuerdos. Allí se desarrolló, durante casi veinte años, la laboriosa e incansable actividad del artista; por allí desfilaron la mayor parte de los notables de Nuremberg, deseosos de ser retratados por el maestro.

El emperador Maximiliano de Habsburgo quiso consagrar definitivamente la gloria del artista, asignándole una renta fija de 100 florines. Al morir Maximiliano, en 1519, correspondía a su sucesor, Carlos V, dar el visto bueno para que la renta del caso se continuara pagando. Durero partió en busca del nuevo soberano, para solicitar de él la confirmación de su beneficio.

Tardó casi un año en dar con él, viéndose obligado a seguirlo por los Países Bajos, cuyas ciudades recorría, a la sazón, el monarca. Pero fue un viaje triunfal: Durero no sólo encontró una favorable acogida en la corte del emperador, sino que en todas partes recibió las más cálidas muestras de simpatía. El clima holandés, sin embargo, perjudicaba su salud. Al volver a Nuremberg, Durero llevaba en la sangre el germen de la malaria, enfermedad que puso fin a sus días el 6 de abril de 1528. Tenía sólo cincuenta y siete años.

obra de arte de durero artista

«Adoración de los Magos o de los Reyes» es un cuadro del pintor alemán Alberto Durero. Es un óleo sobre tabla, pintado en 1504. Mide 100 cm de alto y 114 cm de ancho. Está firmado y fechado

martirio de los cristianos durero

El martirio de los diez mil cristianos, conocido en alemán como Marter der zehntausend Christen, es un cuadro del pintor alemán Alberto Durero. Fue realizado en 1508

La Fiesta del Rosario es un cuadro del pintor alemán Alberto Durero. Fue realizado en 1506. Es una pintura al óleo sobre madera de álamo, que mide 162 cm de alto y 194,5 cm de ancho

Alberto Durero: Adoración de la Santa Trinidad
Alberto Durero: Adoración de la Santa Trinidad (1511) -Viena, Kunsthistorisches Museum – Esta pobladísima escena sagrada es un ejemplo magistral de composición. La cruz constituye el verdadero centro de gravedad del cuadro, hacia el que convergen todas las figuras. Éstas se hallan dispuestas según un orden perfectamente calculado, el tamaño de los mismos disminuyen a medida que se aproximan a la parte superior. La nítida y delicada poesía de los colores y el vigoroso e incisivo dibujo de los personajes confieren a la escena un notable atractivo

Los cuatro Apóstoles: Marcos y Pablo, Juan y  Pedro (1526) Estas figuras de apóstoles fueron la última gran obro pintado por Durero. La perspectiva elegida por el artista, que obliga a los espectadores a mirar de abajo arriba, subraya sus dimensiones, superiores a las humanas, y su aspecto grave y ciclópeo. A través de este «hallazgo», resultado del estudio de las proporciones y perspectivas utilizadas por algunos pintores italianos, comer Andrés Mantegna, Durero pone de manifiesto la «estatura» moral de sus personajes, subrayada por la impresionante fe que los anima; una fe que, realmente, da la impresión de ser capaz de «mover montañas», como dice la frase del Evangelio. Con este mensaje de profunda religiosidad se despidió Durero del mundo.

Ver: El Cuadrado Mágico de Durero

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