Mecenas del Renacimiento Movimiento Cultural Europeo



LOS MECENAS Y LOS ARTISTAS EN
EL RENACIMIENTO EUROPEO

Con las grandes familias italianas del Renacimiento, como los Medici en Florencia, los Gonzaga en Mantua y los Montefeltro en Ferrara, el mecenazgo artístico, acrecentado después de la Antigüedad, experimentó un desarrollo particular. En el norte de Europa también se manifestó de diferentes maneras.

Durante la Edad Media, los príncipes y las poderosas familias de banqueros y notables contribuyeron significativamente al encargo de obras artísticas, cuyo principal destino eran los edificios religiosos. En el Renacimiento, la realización de obras artísticas a pedido no disminuyó. Sin embargo, con el crecimiento de los poderes locales se desarrolló un nuevo tipo de mecenazgo que buscaba formar colecciones privadas de obras y participar en el esfuerzo colectivo por embellecer las ciudades.

El apropiarse de un arte de valor permitía a los mecenas revestirse de un aura similar a la de los soberanos de la Antigüedad con sus artistas oficiales, como Alejandro el Grande con Apeles o Demetrio con Protogenes.

Durante el Renacimiento, los artistas comenzaron a ser reconocidos por su talento individual y no sólo como buenos artesanos. Hasta ese momento ni siquiera había un gremio que agrupara a los pintores, quienes pertenecían al de los boticarios porque mezclaban las pinturas al igual que aquéllos lo hacían con las drogas. Los escultores pertenecían al de los albañiles.

Los gremios fijaban el precio de un trabajo y la persona que lo encargaba elegía el tema y los materiales para construirlo. El cliente esperaba que el trabajo fuese hecho exactamente como él quería, por eso el artista no tenía muchas posibilidades de experimentar sus propias ideas.

Sin embargo, con el apoyo de los mecenas adinerados, como los Medici, ciertos artistas pudieron liberarse de los trabajos tan monótonos que les proporcionaba el gremio.

A la gente le costó bastante aprender a distinguir a un artista de un artesano. Al principio hasta al propio mecenas Cosimo de Medici le fue difícil. Se dice que convenció al escultor Donatello de que usara un uniforme, porque no le gustaban las ropas que vestía. A los pocos días, Donatello se quejó de que era indigno y rehusó seguir usándolo. En otra oportunidad, el artista rompió una cabeza que había esculpido, furioso por el precio que le ofrecía el comerciante que le había encargado la obra, y que Donatello consideraba demasiado bajo.

Destacados Hombres del Renacimiento Comenzó a conocerse cuál era el temperamento especial de los artistas. Cuando Isabella d’Este esperaba impaciente una pintura de Giovanni Bellini, le advirtieron que se acostumbrara a la fantasía de lo que él estaba haciendo, ya que no le gustaba que pusieran límites muy rígidos a su estilo.

En otra ocasión, los integrantes del monasterio para el cual Leonardo da Vinci estaba pintando La Ultima Cena se quejaron de que parecía usar más tiempo mirando la pintura que trabajando, Leonardo les explicó, algo irritado, que un genio trabaja tan duramente mientras piensa como mientras pinta.

Pero para mucha gente todavía seguía siendo difícil aceptar el valor del artista. La familia de Miguel Ángel, que era muy respetable, se avergonzó muchísimo cuando el anunció que quería ser escultor. El propio Lorenzo de Medici tuvo que convencerlos de que su hijo iba a ser algo más importante que un simple picapedrero.



Con el correr del tiempo, los artistas obtuvieron el respeto y la amistad de los príncipes y de los Papas. Ticiano por ejemplo, fue nombrado caballero por Carlos V, por haber pintado su retrato. Los príncipes comenzaron a enviar a los artistas al extranjero para hacer alarde de su talento y difundir la fama de sus cortes. Los artistas viajaban de un país a otro, siendo bienvenidos por los mecenas en todas las cortes.

Leonardo y el orfebre Benvenuto Cellini trabajaron en Francia, además de hacerlo en Italia. Otros artistas italianos visitaron Moscú, España, Alemania, Holanda e Inglaterra. Durero, que viajó de Alemania a Italia, descubrió que allí era aun más popular que en su propia tierra.

El hecho de que Durero firmara sus cuadros, demuestra que se consideraba al artista tan importante como a su propia obra de arte. Se interesaban por ellos como personas. Mientras Miguel Ángel vivía aún, Vasari escribió su famoso libro, Vidas de los artistas. Cellini escribió la historia de su propia vida, en la que se revela satisfecho de sí mismo y se felicita por su obra.

El mejoramiento de su posición social permitió a los artistas experimentar nuevas técnicas y estilos. Había más interés en el cuerpo humano, en la perspectiva y en el paisaje. Probaron el uso de las pinturas al óleo en lugar de la tempera, que se preparaba mezclando los colores con yema de huevo. Los artistas venecianos usaban capas de pintura y hacían que los colores surgieran con brillantez a través de ellas. Leonardo empleó una técnica de sombreado llamada esfumado.

Durante los años 1460, Fiero della Francesca trabajó en Urbino para el duque y condotiero Federico II de Montefeltro, quien hizo de su corte el centro de una vida refinada y artística. Este esplendor continuó durante el reinado de su hijo Guidobaldo y sirvió de modelo a Baldassare Castiglione para su tratado del Cortesano.

Arte y poder en Italia

Si las ricas familias del Renacimiento sacaron provecho del mecenazgo para exhibir su poder, los artistas se beneficiaron de los efectos sociales y económicos de esta situación: encontraron en las grandes bibliotecas, en las ricas colecciones de antigüedades y en las escuelas o academias de sus protectores espacios culturales y fuentes de emulación.

A lo largo del siglo XV, los artistas se fueron distanciando progresivamente de su condición original, el artesanado, y se integraron a las cortes de los nuevos príncipes. Lorenzo de Medici fue un ejemplo emblemático de este modelo: se rodeó de sabios, poetas y artistas de todas las disciplinas, entre ellos, Miguel Ángel. Organizador de torneos, fiestas y desfiles como los que celebraron la boda de Beatriz de Este con Ludovico Sforza, Leonardo da Vinci encarnó la figura del artista universal y amigo de los poderosos.

El arte se situó así al mismo nivel de las artes liberales, como la filosofía, la retórica o la geometría. En el libro mayor de la historia del arte de Giorgio Vasari (La vida de los grandes pintoreó, escultores y arquitectos italianos […], 1550), el esquema biográfico más repetido del joven pastor (Giotto, Beccafumi) cuyo talento era descubierto por un pintor, y que termina superando al maestro y ligado a un noble local, acentuó el rol fundamental del mecenazgo en la consolidación de numerosos artistas italianos.

A fines del siglo XV, Roma era el principal centro de encargos en Italia. Así, durante el reinado de Sixto IV la corte papal congregó a numerosos artistas, convirtiéndose en un modelo de mecenazgo en Europa. El papa enriqueció la biblioteca del Vaticano e hizo construir la Capilla Sixtina, en cuya decoración participaron artistas florentinos tales como Botticelli y Domenico Ghirlandaio, así como artistas originarios de Umbría, como Perugino o Signorelli.



El ejemplo del norte de Europa

La expansión de las burguesías locales y el desarrollo del protestantismo en los Países Bajos y en ciertas regiones de Alemania redujeron notablemente el encargo religioso. Esta situación incitó a los artistas a buscar la protección de los notables locales. Las obras, concentradas en las residencias burguesas, ya no servían necesariamente para afirmar un poder político o un status social, sino que tenían una función decorativa; así se fueron ampliando a otros géneros, como la naturaleza muerta y el paisaje. Los artistas encontraron en ello un espacio de libertad abierto a nuevas búsquedas formales.

Una familia de mecenas. Este fresco conmemora el concilio de 1439, en Florencia, auspiciado por Cosme el Anciano para intentar la reunificación de las iglesias de Oriente y Occidente. Entre las personalidades de alto rango representadas, además del emperador de Oriente, se aprecia, en primer plano, a Lorenzo el Magnífico, digno heredero de Cosme, que encarna el modelo de príncipe del Renacimiento: fastuoso, generoso, poeta y protector de artistas, sabios y humanistas. Gozzoli incorporó su autorretrato en la parte izquierda del cortejo, con su firma en el tocado y la mirada fija en el espectador.

La puesta en escena del poder. Gozzoli, asistente de Lorenzo Ghiberti y Era Angélico, pintó los personajes en un espacio que resume las primeras experiencias de la construcción en perspectiva y la herencia de las tapicerías góticas. Las figuras no están apartadas del episodio bíblico representado, sino al interior de la narración, como una metáfora de las aspiraciones de la familia Medid al poder.

 

Un retrato apologético. Este retrato formó parte de un díptico cuyo segundo panel representa a Battista Sforza, la esposa del duque. La figura de Federico de Montefeltro se recorta sobre las colinas de Montefeltro, a la manera de las efigies imperiales o reales en las medallas antiguas, conjugando los detalles realistas (nariz fracturada en combate, verruga, arrugas) con la estilización, lo que transformó este retrato en un icono. La pose estática ligada al naturalismo de la representación fue tomada de la pintura flamenca.

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