Biografia de Kipling Rudyard-Vida y Obra Literaria del Poeta



Biografia de Kipling Rudyard – Vida y Obra del Poeta

Kipling Rudyar, considerado «el poeta del imperio», describió en sus obras las costumbres de la India colonial y de sus dominadores británicos. Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y a la edad de 6 años fue a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en su relato La oveja negra.

Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos. Sus libros infantiles se hicieron enormemente populares, pero fue por sus relatos por lo que consiguió el beneplácito de la crítica.

Biografia de Kipling Rudyard

Nació el 30 de diciembre de 1865, y pasó su infancia en Bombay, la ciudad de los olores acres, las multitudes ruidosas y los colores «detonantes». A los cinco años, su padre —profesor de escultura en la Escuela de Bellas Artes de Bombay—; le llevó a Inglaterra, dejándole, a él y a su hermana, al cuidado de una parienta; en Southsea.

Los siete años que siguieron, el niño diminuto y miope estuvo sujeto a la rígida disciplina de una mansión victoriana para pasar luego a una rigidez aún más estricta en el United Service College, escuela privada dirigida por militares, y destinada a los futuros oficiales del ejército británico de la India.

En la escuela, lo único que le distinguía del resto, era su precoz bigotito, un «temprano brote primaveral» de negro pelo que, ya a los once años afloraba hirsuto en el labio superior.

Era un devonador de libros insaciable, leía cientos y cientos de dramas clásicos, y novelas de todos los géneros.

A los diecisiete años, una vez graduado en el United Service College, decidióse por cursar estudios en la universidad del mundo. En vista de lo cual, el padre, que a la sazón era director del Museo de Lahore, le consiguió un empleo en la Civil and Miliiary Gasette.

Al cabo de cinco años de aprendizaje fue ascendido a asistente del director del Pioneer, de Allahabad. En sus momentos libres, escribía a vuela pluma poesías y cuentos tan largos como para llenar los blancos que podían quedar en las páginas impresas.

Varios años dedicóse a pintar la existencia pintoresca del Punjab, en minúsculos retratos. Reuniólos luego en dos pequeños volúmenes y, al enterarse de que los ecos de su publicación habían llegado a las puertas de los círculos literarios londinenses, decidió dejar a la India y recorrer el mundo.

Quería ser el periodista de un horizonte más amplio. Pidió a préstamos unos cientos ele rupias y emprendió el viaje.

Después de atravesar los Estados Unidos, desde San Francisco a Nueva York, atesoró sus impresiones de viaje en un libro saturado de ironía y ponzoña, y decidió volver a Inglaterra. Allí conoció a una joven americana, y se casó con ella, se llamaba Caroline Starr Balestier.

Construyó un espacioso bungalow en una de las laderas del Brattleboro en Vermont, y se fueron a vivir bajo el nuevo techo en pleno invierno (febrero 8 de 1892), con temperaturas muy por debajo del cero grado.

El joven poeta llamó a su nido de amor Naulahka, La Joya, en recuerdo de una novela que había escrito en colaboración con su cuñado, Wolcott Balestier. Allí vivieron durante cinco años, quizá los más venturosos de sus vidas.

Tenía una inclinación de su espalda y era debida a su miopía. Como no podía contemplar el horizonte distante, habíase habituado a bajar los ojos para observar más de cerca los detalles y la vida que le circundaban.

Para sus deportes de invierno había inventado un juego, «golf en la nieve», para el cual pintaba las pelotas de rojo con el objeto de localizarlas en la nieve cuando corría tras ellas calzado con botas de goma. Su entretenimiento favorito en las largas noches invernales era representar obritas en un teatro en miniatura que había organizado en Naulakha.

A veces, en el curso de la representación, Kiplíng improvisaba versos que hacían morir de risa a los espectadores. Pero jamás permitió que esos «versos improvisados de sus horas de ocio» se publicaran o escribieran.

En cuanto a sus horas de trabajo, trabajaba en su escritorio diariamente, de nueve a una de la mañana. En estas horas nadie debía molestarlo, y para llegar hasta él debía pasarse antes por un cuartito —la cámara del dragón— donde la señora Kipling, con sus agujas de tejer y su mirada airada, alejaba a cuanto intruso osara perturbar su calma.

En ese estudio escribió Kipling algunos de sus mejores trabajos; decenas de cuentos y poemas, como el Capitanes intrépidos y los Libros de la jungla.

La publicación de los dos Libros de la jungla trajo fama y fortuna a nuestro poeta cuando aun no llegaba a. los treinta. Millones de lectores del mundo entero habían paladeado su «cocktail» literario de sublimidad y slang, y lo habían hallado de su gusto.

Le llovían pedidos de colaboraciones, y más de una vez le faltó tiempo para atenderlas. En una ocasión, el director de Ladies’Home Journal, Edward W. Bok. le solicitó que escribiera un artículo.

El poeta inglés, que no simpatizaba con esa publicación norteamericana, pidió por su trabajo un honorario exhorbitante. Creyó así atemorizar al director, pero se equivocó pues le fue aceptado.

Kipling escribió el cuento sin mucho cuidado conocido como Guillermo el Conquistador, que resultó un éxito.

Kipling no era un hombre con el cual se pudiera convivir fácilmente. Jamás aceptaba el papel de perdedor en una disputa, y su partida de América se debió a una de estas querellas.

Empezó el asunto con una cuestión de límites que entabló con un vecino de su heredad, en Brattleboro. Siguió a esto un desagradable juicio con la secuela publicitaria que es de imaginar, y, en cuanto se falló la causa, Kipling partió de América (agosto de 1896), para establecerse en «su bendito rincón» de Inglaterra.

Tres años más tarde regresó a los Estados Unidos, pero esta última visita había de dejarle muy amargos recuerdos. Odiaba las calles de Nueva York, «con su griterío y su estrépito, sus variados colores, sus cuartos de calor bochornoso y sus habitantes en eterno vaivén. . .»

Pero a tanta incomodidad vino a sumársele un grave ataque de neumonía, que casi le cuesta la vida. Cuando estaba él fuera de peligro, se le murió la hija mayor, Josefina, la pequeña a quien había cuidado la enfermera aquella a la que Kipling obsequiara el original del primer Libro de la jungla.

Poco habló Kipling ele esta muerte, pero a lo largo de toda su vida llevó a cuestas ese tremendo dolor.

Hallándose Kipling al borde de la muerte, el Kaiser alemán envió varios cables interesándose por su salud, El Kaiser, por supuesto, era ajeno al mérito literario de Kipling; pero había oído que este joven poeta inglés pregonaba un credo nuevo y agresivo, una doctrina anticristiana que atraía el corazón imperialista del Kaiser.

Su amor por la patria le llevaba a odiar a todas las demás naciones. Su patriotismo descendía al «chauvinismo» de quienes cantaban a la guerra por el solo hecho de que la patria estaba equipada para hacerla.

No hay que extrañarse, pues, de que el Kaiser se interesara por la salud de este brillante, apóstol de la brutalidad.

Pero seguramente hubiera procedido de muy otra forma de haber sabido que Kipling viviría para atemperar esa concepción agresiva con la gracia salvadora de la compasión. Porque a medida que iba entrando en años acrecían en él la sabiduría y la tristeza.

Dejó de glorificar las victorias del soldado británico y se puso a ensalzar sus virtudes, su determinación en la buena y en la mala «de vivir cumpliendo el deber con estoicismo, con integridad, con alegría».

La conquista puede llevar lejos; el orgullo puede degenerar en arrogancia y el imperialismo, en despotismo. Las simientes de la victoria de hoy pueden germinar en la cizaña de la derrota del mañana.

El alma ele Kipling, como la de Inglaterra, habíase pulido en el sufrimiento. Rehusó ser laureado porque quería, sentirse libre para expresar lo que sentía.

Obtuvo el premio Nobel de literatura (1907) para llegar a la conclusión de que los premios y el amor, eran humo que pronto se disipa. Cuando se desencadenó la Primera Guerra Mundial (1914) el Kipling del Himno se rebeló contra la matanza.

Perdió a su hijo en la guerra y en su corazón se hizo aquel vacío desolado de todos los ancianos que perdieron a sus hijos jóvenes en la lucha.

Bombas, por vidas humanas. Balas, por pan. Fratricidio, por fe. Odio, por esperanza. La Providencia se compadeció de él ahorrándole el dolor y la pesadilla de la Segunda Guerra Mundial.

Murió en 1936, cuando comenzaban a oírse los alaridos distantes de la agresión nazi.

LOS MEJORES POEMAS DE KIPLING

Himno.
El vampiro.
La balada del Este y del Oeste,
Le bandera inglesa.
Danny Deever.
Tommy.
Fuzzy-Wuzzy.
Canga Din.
A la diosa desconocida.
La nuit blanche.
Mi rival.
Un código de moral. Botín.
Mandalay.
Marchando por la ruta.
La balada de la burla del rey.
Botas.
El caballo del contratista.
La caída de Jock Gillespie.
La última viuda.
La tumba de los cien muertos,
Dalila.
La letanía del enamorado.
El canto de las mujeres.
La viuda de Windsor.

Fuente Consultada: Grandes Novelistas – Whitman Walt – por H. Thomas y Lee Thomas – Editorial Juventud Argentina


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