Historia del Hombre en el Cosmos La Era Espacial Misiones al Espacio



Historia del Hombre en el Cosmos – Misiones al Espacio

CARACTERÍSTICAS DE LOS ASTRONAUTAS

Desde aquel primer «bip-bip» del primer Sputnik, estamos acostumbrados a que cohetes, satélites experimentales, satélites meteorológicos o de telecomunicación surquen el cielo a gran altura; a que sondas de diferentes tamaños exploten el cosmos, giren alrededor de la Luna, de Marte, de Venus, e incluso lleguen a posarse.

Desde que el 12 de abril de 1961, a las nueve horas con siete minutos, Gagarin fue lanzado al espacio, ya no nos sorprende que nuevos cosmonautas americanos o soviéticos realicen regularmente hazañas cada vez más complicadas: que salgan de sus naves o que, a bordo de dos vehículos diferentes, tomen contacto entre sí. La sputnik satelitenavegación espacial, aunque todavía reservada a algunos pioneros, se ha convertido en una realidad.

Desde el primer vuelo de Gagarin hay al menos una cosa que es cierta: el hombre puede navegar por el espacio. Los vuelos siguientes han demostrado que una estancia de varias semanas en el espacio no afectaba el organismo. Es cierto, que algunos cosmonautas han sentido, durante el vuelo o después del vuelo, perturbaciones diversas, pero éstas no han tenido nunca una real gravedad.

Guerman Titov, por ejemplo, ha sentido algunos malestares. Ha soportado muy bien la aceleración. Más tarde, al principio del estado de ingravidez, ha tenido durante algunos minutos la desagradable impresión de navegar cabeza abajo e imaginaba que su tablero de mandos se desplazaba hacia lo alto de la cabina.

Pero esta «fantástica» visión se disipó pronto y, si tuvo mareos, desaparecieron tras reposar. Ciertos cosmonautas americanos han sentido, tras su vuelo y la prolongada experiencia de la ingravidez, algunas perturbaciones del equilibrio. Uno de ellos, se dice, que se sintió menos seguro conduciendo su coche. Pero estos fenómenos, generalmente pasajeros, no han afectado su metabolismo. Después del nacimiento del hijo de Guerman Titov se ha sabido con certeza que los viajes por el espacio no tenían consecuencia alguna sobre la descendencia.

Tras los primeros resultados, los técnicos y los médicos de la astronáutica piensan que no existe un tipo ideal de hombre del espacio. Los criterios de selección exigen, sin embargo, candidatos para la aventura espacial con una excelente condición física (aunque uno de los cosmonautas ruso tuvo dos años antes de su primer vuelo problemas cardíacos). A los cosmonautas no se les pide tan sólo poseer una sólida constitución física y nervios á toda prueba; se les pide también poseer notables cualidades intelectuales.

Hay que considerar a los cosmonautas como a superpilotos de pruebas. En efecto, no son tan sólo «acróbatas», sino que son también ingenieros y hombres de ciencia. Las cabinas y el material embarcado han sido modificados a menudo siguiendo algunas veces las observaciones e incluso los cálculos de algunos de ellos.

Para mostrar hasta qué punto se trata de hombres excepcionales, se podría citar como ejemplo de sangre fría a Walter Schirra, quien, en el momento del lanzamiento, cuando sobrevino un incidente que estuvo a punto de hacer explotar el conjunto del cohete, tuvo la sangre fría de no apoyar sobre el botón que le hubiera expulsado inmediatamente al exterior, salvando así su vida pero comprometiendo por numerosos meses el avance del programa espacial americano que en aquella época estaba un poco retrasado con respecto al de los soviéticos.

german titov

Esta cápsula soviética, lanzada en 1959). hoy es ya pieza de museo: su peso parece insignificante comparado con el de las más recientes naves espaciales. Aquí arriba, Guermán Titov. que fue el primer cosmonauta une experimentó el mareo del espacio con motivo de su primer vuelo, que duró más de 24 horas.



Se comprende, pues, la fascinación que pueden ejercer tales hombres , ya que si no son sobrehumanos, hay que reconocer al menos que son excepcionales.

Por esta razón no nos sorprenderá saber que es muy difícil reclutar equipos de esta calidad. En Estados Unidos se cuenta apenas con 40 astronautas y el reclutamiento se hace cada vez más difícil. En la Unión Soviética, se comienza a buscar aquellos que el día de mañana podrán desempeñar tales funciones al nivel escolar o del servicio militar. Pero no hay que creer que tan sólo estos superhombres son capaces de vivir la aventura espacial.

Los rusos han demostrado claramente lo contrario, no tan sólo el día en que por primera vez enviaron una mujer al espacio, sino también cuando, en 1962, en un Voskohd, tomaron plaza tres pasajeros de los cuales dos eran civiles, científicos que no habían sido sometidos más que a un entrenamiento sumario y que hubiesen podido embarcarse en «traje de chaqueta».

Aunque excepcionales, los cosmonautas no tienen sólo cualidades. Como todos los hombres tienen también sus debilidades. Podemos citar como anécdota, que entre ellos existe la indisciplina e incluso la desobediencia. Fue así como Cooper —desobedeciendo todas las consignas—subió un bocadillo a bordo clandestinamente. Pero le costó cara su desobediencia puesto que algunas migas, dispersadas por la ingravidez, dificultaron el funcionamiento de algunos aparatos, denunciando así al primer contrabandista del espacio.

Podemos citar aún, como prueba de indisciplina, el diálogo entre White, que había salido de la cápsula Géminis IV y evolucionaba en el espacio; Mac Divitt, que se encontraba todavía en la cabina, y Grissom, instalado en el puesto de telecomunicación en Houston.

He aquí la conversación tal como fue grabada:

GRISSOM: —Gemini IV, orden del director de vuelo, volved!
MAC DIVITT: —¿Tienes consignas para nosotros?
GRISSOM: —Gémini IV, ¡vuelvan!
MAC DIVITT: —O. K. Volvemos.
WHITE: —¿Por qué? ¡Me encuentro muy bien!
MAC DIVITT: —No, vuelve en seguida!
WHITE: ¡Ni hablar!
MAC DIVITT: ¡Oíd boy, nos quedan tres días y medio de vuelo!
WHITE (suspirando): —Bueno, vuelvo (algunas palabras inaudibles).
MAC DIVITT: —¡No, entra! Entra antes de que se haga oscuro.
GRISSOM (nervioso):
—Gémini IV, aquí Houston ¡Vuelvan! (A Mac Divitt) ¿Lo haces entrar…?

Con esto podemos ver que los cosmonautas son en definitiva hombres como todos nosotros. Por encima de un entrenamiento riguroso conservan el sentido de la libertad.

Pero apenas si los cosmonautas han dejado de sentir las molestias debidas a una aceleración demasiado fuerte cuando deben enfrentarse a un nuevo enemigo: la ausencia de gravedad, o sea, la ausencia de toda fuerza debida a una aceleración. Los cuerpos al no ser atraídos ya por la Tierra flotan literalmente en el vacío. La posición vertical no existe. El pasajero puede dar volteretas en su cabina, con tal que haya espacio suficiente, o andar por el techo. Incluso si derrama un vaso de agua, se forma un gruesa gota de agua que permanece suspendida en el espacio en el punto en que fue derramada.

Esto puede parecer divertido, pero si damos crédito a los testimonios de aquellos que lo han vivido, la realidad no es tan divertida. La ingravidez crea una sensación relativamente penosa y es necesario un cierto tiempo para acostumbrarse. Durante mucho tiempo se ha creído incluso que los hombres no podrían acostumbrarse a la ingravidez. Es necesario volver a aprenderlo todo. En estos casos el cosmonauta es como un recién nacido: debe aprender no sólo a andar, sino también a hacer gestos incluso uno tan sencillo como dejar un objeto, tomarlo o simplemente levantar un brazo sin que todo su cuerpo empiece a girar.



Es incluso imposible beber o comer normalmente. Para beber hay que aspirar por una paja y para comer, lo más sencillo es introducir en la boca un alimento más o menos pastoso con una especie de jeringa. Por suerte, las bebidas y alimentos espaciales se están mejorando y el «saber vivir» espacial o más exactamente «saber comer» no cesan de progresar.

Podemos esperar que en un futuro, aún bastante lejano, los turistas que usasen eventualmente líneas espaciales’ no tendrían que sufrir la ingravidez. En efecto, se proyecta construir naves con motores nucleares que estarían en perpetua aceleración, lo que crearía en la nave una especie de gravedad.

Incluso cuando el cosmonauta ha terminado su viaje no habrá terminado todavía los problemas de sobregravedad o de ingravidez. Sabemos, en efecto, que ésta tiene valores diferentes según nos encontremos en la Luna, en Júpiter, en Marte o en Venus. Sabemos que en la Luna la gravedad es seis veces menor que en la Tierra. Los paseantes del astro de la noche podrían, pues, andar a pasos de gigante puesto que pesarían seis veces menos.

Se sentirían más ligeros, su cuerpo reposaría menos sobre sus articulaciones y su corazón podría irrigar el organismo con más facilidad. Se estima que sobre la Luna el corazón de un hombre de pie no se fatigaría más que el de un hombre acostado en la Tierra. De esto a pensar que la Luna podría ser el lugar ideal para los terrícolas con demasiado trabajo, no hay más que un paso, que algunos han dado, pretendiendo que una de las primeras utilidades de la Luna sería la de permitir la instalación de verdaderas estaciones de «juventud».

Por desgracia, la realidad es muy diferente, ya que el hecho de que la gravedad sea poca parece ser el único confort que podamos esperar de la Luna, al lado de otros muchos inconvenientes, y habría que pensar que nuestro corazón es como nosotros: se adapta muy pronto a la vida fácil.

Es posible que no podría soportar ya, al regreso, los niveles de la gravedad. Dicho de otra forma, que el viajero del futuro tendría que hacer sobre la Luna suficientes esfuerzos para cansar sistemáticamente a su corazón. Los especialistas han creado ya toda una tabla de gimnasia para los primeros visitantes de la Luna. En oposición con nuestro satélite natural encontramos el planeta Júpiter. Allí la gravedad es dos veces y media más fuerte que sobre la Tierra.

Esto quiere decir que en cuanto pongamos el pie sobre el más misterioso planeta del sistema solar, pesaríamos cerca de 200 kilos la mayor parte de nosotros. Incluso si nuestro esqueleto pudiese aguantarlo, si nuestros músculos llegasen a arrastrarnos, ¿ qué ocurriría en la superficie del astro con nuestro corazón ? Es previsible que no latiría mucho tiempo, aplastado por la grandeza de su labor.

Dicho de otra forma, Júpiter es sin duda un planeta prohibido. Todo lo más, podemos verlo por las ventanillas de las naves espaciales que se aproximen volando a baja altura. Aunque la importancia de la gravedad en Júpiter nos prohibiría pasar demasiado cerca.

Edward H. White,

Flotar en el espacio, como Edward H. White, saliendo de su cabina, se ha convertido para el cosmonauta en un ejercicio casi natural. Las mayores dificultades se presentan al regresar a la Tierra, primeramente para penetrar en las capas de la atmósfera, y luego para tomar tierra. Mientras los soviéticos aterrizan, los americanos prefieren posarse sobre el mar. He aquí, al regreso de un vuelo, cómo se recoge a la cabina y a un cosmonauta inmediatamente después de su salvamento.



Ver: La Conquista del Espacio y Sus Primeras Misiones

Ver: Mision Espacial Soyuz-Apolo

Fuente Consultada: Maravillas del Siglo XX

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