Dia de la Lealtad Peronista Resumen Causas e Importancia



Día de la Lealtad Peronista – 17 de Octubre de 1945
Causas e Importancia

En el marco de una reacción oligárquico liberal unida en su voluntad de mantener el viejo país que ellos manejaron durante los últimos años a sus intereses, se precipitarán los acontecimientos de octubre de 1945, punto inicial del proceso revolucionario.  La presión de la oligarquía y el aparato político liberal que junta en una misma bolsa a conservadores, radicales, socialistas y comunistas logra con un sector del ejército y la marina, destituir a Perón y detenerlo (9 de octubre). Pero nucna  previeron la vitalidad con que reaccionará la clase obrera y algunos dirigentes sindicales frente al intento de «restauración oligárquica».  La jornada revolucionaria del 17 de octubre en la que Evita y núcleos de agitadores tuvieron un papel relevante en la movilización de masas, ésta fue exclusivamente protagonizada por el proletariado y sus activistas de base en forma totalmente espontánea.

festejos de perón y evita dia de la lealtad

El 17 de octubre de 1945:
Los orígenes del peronismo

Ante la profundización del enfrentamiento social entre las organizaciones obreras y empresariales, se aceleró el acercamiento político entre Perón y el sindicalismo. Además, Perón iba ganando cada vez más poder dentro del gobierno, llegando a ejercer simultáneamente la Secretaría de Trabajo, el Ministerio de Guerra y la Vicepresidencia.

Sin embargo, el panorama en 1945 no se presentaba del todo favorable para la nueva alianza social liderada por Perón. A la oposición de los industriales y terratenientes se sumaron la casi totalidad de los partidos políticos, asociaciones profesionales, gran parte de la comunidad universitaria y aquellos sindicatos que no acordaban con las propuestas de Perón y que reclamaban la democratización del país.

También tuvo una activa participación el secretario de Asuntos Latinoamericanos de la Embajada de los Estados Unidos, Spruille Braden, quien reclamó el apoyo de la Argentina a los Aliados y denunció al gobierno como simpatizante de los países del Eje.

Ante la ofensiva de la oposición, la mayoría de los militares que integraban el gobierno de Farrell creyeron que era necesario deshacerse del sector político liderado por Perón, considerado el más irritante por la oposición y muy peligroso por su avance sobre distintas áreas del Estado.

El 19 de septiembre de 1945 la oposición al gobierno de Farrell convocó a una concentración pública. Exigían la renuncia del gobierno y la entrega del poder a la Corte Suprema hasta la convocatoria a elecciones. «La composición del público reunido era —afirma el historiador Félix Luna—, a ojos vista, de clase media para arriba».

La concentración desfiló desde el Congreso de la Nación hasta la Plaza Francia, en la Recoleta. Estaba encabezada por grandes cartelones con las caras de Rivadavia, Sarmiento, San Martín, Moreno, Urquiza y Roque Sáenz Peña, y por conocidos políticos como el socialista Alfredo Palacios, el comunista Pedro Chiaranti, los conservadores Joaquín de Anchorena y Antonio Santamarina, figuras reconocidas del radicalismo, y el representante de la embajada norteamericana, Spruille Braden. Una de las consignas más gritadas por los participantes fue: «A Farrell y a Perón hoy le hicimos el cajón.»

Exigieron a Perón la renuncia a sus cargos y lo llevaron detenido a la isla Martín García.

En medio de un clima de agitación obrera, el Comité Central Confederal de la CCT había declarado la huelga general para el día 18, para reclamar ante el gobierno el mantenimiento de los beneficios laborales obtenidos durante la gestión de Perón.



La mañana del 17, grandes masas de trabajadores del conurbano marcharon hacia Plaza de Mayo para exigir la liberación del ex-secretario de Trabajo y Previsión. Allí permanecieron todo el día, mientras el gobierno negociaba con el comité de huelga y con el mismo Perón.

 Por la noche, luego de que el gobierno aceptara reemplazar su gabinete por otro adicto a Perón, éste dirigió un discurso a los trabajadores movilizados.

En los días que siguieron, la versión de los hechos que dominó en la prensa de la Capital Federal (favorable en su mayoría a la oposición) quitaba trascendencia histórica a la movilización, reducida a «grupos revoltosos» no representativos del proletariado. Los periódicos socialista (La vanguardia) y comunista (Orientación) adjudicaban a Perón la organización de la marcha, mediante la manipulación del lumpen-proletariado (individuos marginales y criminales).

La revista oficial de la CGT prefirió ignorar lo ocurrido el 17 y centrarse en la exaltación de la huelga del 18. Sólo La Época, el único diario importante que apoyaba a Perón, presentaba un relato similar al que luego se transformaría en oficial: el pueblo se había movilizado espontáneamente, a efectos de rescatar a su líder máximo.

Frente a estos hechos, la agitación creció en el seno del movimiento obrero. Entre los trabajadores existía la convicción de que la caída de Perón significaría el triunfo de los sectores capitalistas y la posibilidad de perder las conquistas sociales obtenidas.

Por ello, el 17 de octubre de 1945, al conocerse la renuncia de Perón, los obreros comenzaron a movilizarse en distintos lugares del país. No sólo hubo paros y manifestaciones espontáneas, sino que muchos gremios —en el Gran Buenos Aires, Rosario, Tucumán— declararon en los hechos una huelga general, desbordando a la conducción de la CGT que la había convocado para el 18 de octubre. La movilización de las masas obreras consiguió la liberación de Perón y aseguró la continuidad de sus conquistas sociales.

Luego de los sucesos del 17 de octubre, el movimiento obrero buscó consolidar su iniciativa política. Esta voluntad se expresó en la creación de un partido obrero: el Partido Laborista. La fundación del nuevo partido fue interpretada por los viejos sindicalistas como la realización de sus reclamos de participación política independiente en el plano político. La carta fundacional del laborismo prohibía expresamente «el ingreso de personas de ideas reaccionarias o totalitarias y de integrantes de la oligarquía».

Participaron en su creación dirigentes del más variado origen: socialistas, sindicalistas revolucionarios, radicales, independientes y miembros de la CGT. La primera comisión directiva estuvo encabezada por Luis Gay (telefónico) —nombrado presidente del partido— y Cipriano Reyes (del sindicato de la carne de Berisso), como vicepresidente. El resto de los dirigentes eran obreros de más de 15 años en la actividad sindical.

El programa del Partido Laborista proponía la convocatoria a elecciones democráticas y una organización económica y social para el país, basada en. una «necesaria redistribución de los ingresos, que mejore los salarios y las condiciones de vida de los trabajadores. La democracia política —sostenía— debe complementarse con la democracia económica». El Partido Laborista se mantuvo hasta 1946 y luego de las elecciones, por iniciativa de Perón, fue disuelto. Su lugar fue, ocupado  por el Partido Peronista.

La versión oficial del acontecimiento fue destinada a transformarse en hegemónica, se fue gestando durante el gobierno de Perón por medio de la propaganda y la elaboración de un ritual que se repetiría todos los años. En 1946, el 17 de octubre fue denominado «Día del pueblo» y declarado feriado nacional por ley del Congreso. El nombre elegido evocaba la lucha de los trabajadores por sus reivindicaciones. Sin embargo, el acto oficial celebró el «Día de la Lealtad».

Con esta frase, el protagonismo de los trabajares era reemplazado por su adhesión incondicional a un líder. En su discurso, Perón anunció las características que el festejo tendría de ahí en más: se trataría de un diálogo sin mediaciones entre el líder y su pueblo, en el que aquél pediría su ratificación como tal. El ritual reproducía así la inapelación dada a la movilización del ’45: la reinstalación de Perón en el poder.



Consignas famosas: En toda campaña electoral, los partidos intentan resumir en una frase su posición ideológica. Estas frases, llamadas consignas o eslóganes deben ser breves, enfáticas, fáciles de recordar y con un gran poder de síntesis. La opción entre peronistas y antiperonistas fue planteada en 1946 por el peronismo como una elección entre «Braden o Perón». Con esta simple frase, se acusaba a los adversarios de obedecer a los intereses norteamericanos, representados por el embajador Spruille Braden, mientras que Juan Domingo Perón se atribuía la defensa de los intereses nacionales. A esta consigna, los candidatos de la Unión Democrática respondían, asimilando a Perón con el bando contrario a los aliados en la guerra europea «Hitler o Tamborini».

EL 17 DE OCTUBRE SEGÚN LOS INTELECTUALES CONTEMPORÁNEOS

Los habitantes del centro de Buenos Aires cerraron temerosos las persianas de sus casas ante los millares de trabajadores que desde los barrios suburbanos se dirigían a pie o en tranvías hacia la Plaza de Mayo. Con asombro y temor, los porteños descubrieron una masa obrera que, en los últimos años, había crecido y se había transformado con el aporte de los migrantes internos.
«-Era muy de mañana… El coronel Perón había sido traído ya desde Martín García. (…) De pronto me llegó desde el Oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y en seguida su letra: ‘Yo te daré/ te daré, Patria hermosa/ te daré una cosa, una cosa que empieza con P… ¡Peróooon!’ Y aquel «Perón» retumbaba periódicamente como un cañonazo… Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba hacia la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé a los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina «invisible» que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas y que no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista.»
Leopoldo Marechal, en A. Andrés, Palabras con Leopoldo Marechal.

El 17 de octubre de 1945 en Plaza de Mayo. El escritor forjista Raúl Scalabríni Ortiz relató de este modo los sucesos de ese día: «Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en las densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de la usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevada.

Era el cimiento básico de la Nación que asomaba como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Lo que y o había soñado e intuido durante muchos años estaba allí presente, corpóreo, tenso […]. Eran los hombres que están solos y esperan, que iniciaban sus tareas de reivindicación.»

«El 17 de octubre yo estaba en mi casa en Santos Lugares, cuando se produjo aquel profundo acontecimiento. No había diarios, no había teléfonos ni transportes, el silencio era un silencio profundo, un silencio de muerte. Y yo pensé para mí, esto es realmente una revolución. Era la primera vez en mi vida que yo asistía a un hecho semejante. Por supuesto, había leído sobre revoluciones. Tenemos en general una idea literaria y escolar de lo que es una convulsión de esa naturaleza. Pero es una idea literaria, sobre todo en este país, donde la gente ilustrada se formó leyendo libros preferentemente en francés. Y, todavía hoy, ve con enorme simpatía, cada vez que llega el 14 de julio, en las vitrinas de la Embajada francesa, en la calle Santa Fe, un descamisado tricolor tocando un bombo, rodeado por otros descamisados que vociferan y llevan trapos y banderas.

Todo esto le parece muy lindo y hasta de buen gusto, porque está en la avenida Santa Fe, sin comprender que esos hombres allí representados eran precisamente descamisados, y que esa revolución —como todas, por otra parte— fue sucia y estrepitosa, obra de hombres en alpargatas, que golpeaban bombos y que seguramente también orinaron (como los descamisados de Perón en la Plaza de Mayo), en alguna plaza histórica de Francia. No veo que haya en esto nada merecedor de la sonrisa o la ironía. A mí me conmueve el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que habían convergido sobre la Plaza de Mayo, desde Avellaneda y Berisso, desde sus fábricas, para ofrecer su sangre por Perón.»

Fuente Consultada
Historia Argentina y el mundo contemporáneo Alonso/Elisalde/Vázquez
Sociedad , Espacio y Cultura Siglo XX La Argentina en América y el Mundo Tobio/Pipkin/Scaltritti
Historia Argentina Luchilo/Romano/Paz

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