Decadencia del Imperio Automotriz Ford Los Herederos de Henry Ford



Decadencia del Imperio Automotriz de Ford
Los Herederos de Henry Ford

LA DECADENCIA del IMPERIO: Ford estaba contra la organización de la mano de obra y se opuso resueltamente a la formación de sindicatos durante años. Las relaciones laborales estaban en manos del célebre Ford Service Department dirigido por un hombre brutal llamado Harry Bennett. Ford, en sus años seniles, llegó a confiar enormemente en ese hombre, antiguo boxeador profesional, que aplicaba en sus relaciones con los empleados de Ford la creencia darwiniana acerca de la supervivencia de los mejor dotados.

Siempre empuñaba un fusil y guardaba una diana en su despacho. Henry Ford, que durante un tiempo había sido el ídolo de los trabajadores con sus Five Dolar Day, que se consideraba a sí mismo como un trabajador corriente y que aborrecía a los capitalistas, llegó a ser conocidísimo como explotador.

No fue extraño, por consiguiente, que entre las manifestaciones de protesta y las marchas del hambre que tuvieron lugar en los Estados Unidos durante la Gran Depresión, hubiese una constituida por parados de Detroit que se encaminase hacia la factoría de Dearborn. Una procesión de varios centenares de personas se formó en la primavera de 1932 y, cuando llegó Bennett y saltó de su coche, alguien le arrojó un ladrillo a la cabeza. Inmediatamente sonaron disparos, algunos de la policía de Deatborn, otros de la propia policía de protección de Ford —en realidad, Ford tenía más policías en nómina que toda la ciudad de Detroit—.

Cuatro de los manifestantes resultaron muertos y veinte fueron heridos. La tragedia confirmó la hostilidad de Ford hacia los sindicatos y acentuó la pésima reputación que tenía entre sus empleados. Siguieron más años de violencia, negándose Ford a tratar con los sindicatos. No fue hasta 1941 cuando por fin se logró romper su determinación y, al votar sus trabajadores en favor de la sindicalización, Henry quedó sorprendido y apesadumbrado.

El audaz Ford de los primeros tiempos cayó en el cepo de sus propias ideas. Se resistía a modificar las fórmulas de sus antiguos éxitos y hacia 1927, cuando introdujo el Modelo A mejorado, ya no ostentaba el liderazgo en la fabricación de automóviles. También se opuso a la sindicación laboral, con el malestar consiguiente de la población trabajadora. De los «Tres Grandes» (Chrysler, Ford y General Motors), Ford fue el último en aceptar negociaciones colectivas. Henry Ford prosiguió su actividad hasta su muerte, en 1947.

LOS HEREDEROS DEL IMPERIO

Cuando Edsel Ford falleció en 1943, Henry volvió a ser presidente de la compañía. La vejez se sumaba, entonces, a los peligros de su personalidad. En 1945, a la edad de 82 años, abandonó finalmente el poder y dejó que su nieto Henry Ford II reconstruyese los maltrechos restos de la empresa automovilística más famosa del mundo. El joven Henry, que aún no contaba 30 años, fue lanzado repentinamente en una de las más difíciles tareas de reconstrucción de la historia de la industria.

Como se las arregló para recuperar no sólo la rentabilidad y la posición de Ford Motor Company, sino también su imagen, constituye uno de los milagros de la industria moderna. Actualmente, continúa al pie del cañón. Ciertamente, la sombra del viejo Henry fue disipada con rapidez. Ante la perplejidad del mundo, el nuevo patrón despidió, casi a un tiempo, a más de mil miembros de su personal de dirección.

Uno de los primeros en salir de la firma fue Harry Bennett, que era vicepresidente y tenía puestos los ojos en la presidencia. Se dice que Henry en persona fue al despacho de Bennett y contribuyó a lanzar los muebles a la calle. Indeciso, el viejo Henry, senil y miserable, continuó hasta el 7 de abril de 1947. Por aquel entonces, Henry Ford ya era un trozo de la historia que él despreciaba.

A mediados de la década de los cincuenta, el coche norteamericano era absolutamente distinto de los primitivos y prácticos calesines motorizados. Las exigencias de entonces se orientaban hacia lo ostentoso, hacia el automóvil de gran potencia y empaque. Las aletas descomunales y los embellecedores de cromo rubricaban el denominado «estilo superior». Pero en los años sesenta la demanda derivó hacia vehículos de menor tamaño.



La crisis energética de los años setenta encareció el petróleo, abrió un alza inflacionaria de precios y confirmó la nueva orientación de la demanda. La industria del automóvil estudia ahora la posibilidad de volver al coche movido por el vapor o la electricidad. Si este proceso sigue su curso, el viejo espíritu que inspiró el sencillo Modelo T de Ford volverá a renacer.

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