La Mujer que Mató a Sus Padres Parricida LIZZIE BARDEN Asesina


LIZZIE BARDEN Asesina de sus Padres

El defensor se dirigió al jurado: Señores. Si mi cliente fuera culpable, tendría que ser forzosamente un ente perverso, un espíritu del mal. Por favor… obsérvenla. ¿Lo parece? Un momento dramático del proceso. Lizzie Borden, la acusada, se mantenía digna y tranquila.

LIZZIE BARDEN AsesinaEra una joven de 33 años, un poco regordeta, que nunca perdió la calma durante los once meses transcurridos desde el momento en que fue arrestada, acusada de haber dado muerte a hachazos a su padre y a su madrastra, hasta el 13 de junio de 1893, día en que se pronunció el tallo. La personalidad de Lizzie intrigó a toda Norteamérica.

Hija de un banquero acaudalado, heredera de una fortuna, educada en un buen colegio, soltera, dedicaba todo su tiempo libre a las obras piadosas. Era secretaria de la «Sociedad del Ardor Cristiano«, maestra de la escuela dominical, miembro de la «Misión de Flores y Frutos» y colaboradora de la «Unión Femenina pro Templanza Cristiana«.

Con inquietudes artísticas, mostraba bastante habilidad para decorar objetos de porcelana y asistía frecuentemente a las exposiciones de la Galería de Arte Corcoran de Washington.

La reconstitución de los hechos realizada por la policía culpaba, sin embargo, de dos horribles asesinatos a esta pulcra señorita de Fall River, una pequeña ciudad del Estado de Massachusetts.

EN EL hogar del banquero de 69 años Andrew Jackson Borden existía una verdadera guerra fría entre las dos hijas de su primer matrimonio (Emma, de 41, y Lizzie) y su segunda esposa, Abby, de 42. Las hijastras nunca la aceptaron totalmente. La llamaban «señora Borden» a secas. Le demostraban una hostilidad abierta, incluso delante de los criados, y discutían con ella continuamente por cuestiones de dinero.

La situación hizo crisis en la primera semana de agosto de 1892. El día 3 llegó a la casa un río de Emma y Lizzie, hermano de la primera mujer del banquero, llamado John Vinnicum Morse.

El matrimonio se hallaba en cama con fuertes dolores de estómago y vómitos. No se pudo establecer la razón del mal, pero más tarde se supo que Lizzie Borden había comprado poco antes, en una farmacia, una dosis de ácido prúsico, Nunca pudo comprobarse, en todo caso, que esto tuviera relación con la enfermedad de los esposos. Pero ese mismo día Lizzie anunció que se sentía clarividente y profetizó «grandes desgracias» para la familia.

ESTO fue, exactamente, lo que ocurrió en la mañana siguiente. El itinerario de los hechos es: 9 horas. Lizzie bajó a la cocina a desayunar. Su hermana Emma se hallaba en otro pueblo cercano, en casa de unos amigos. El banquero Borden había salido temprano a dar un paseo. Mrs. Morse, la madrastra, estaba ocupada en sus tareas caseras. Lizzie dijo a la criada, Bridget Sullivan, que el calor le había quitado el apetito y bebió apenas una taza de café.

-10.45  Mrs. Borden ordenó a la criada que limpiara una ventana. Es la última vez que los testigos declaran haberla visto con vida. Bridget, al cabo de un rato, cumplió el mandato. De vuelta, abrió la puerta a Mr. Borden, que regresaba de su paseo. Según la criada, en ese momento Lizzie, que se hallaba en el rellano, rió sardónicamente.

El banquero le preguntó por su mujer, Lizzie contestó que había salido a ver a una amiga enferma que le escribió una nota pidiéndole ayuda. Borden, agobiado por el calor, entró al salón para reposar, y la criada subió a su habitación para dormir.

-11.45 Lizzie llama a la criada con el grito: «Bridget, despierta. ¡Han matado a papá». La criada bajó y corrió a avisar a un médico que vivía en la casa de enfrente, el doctor Bowen, y a un vecino. En la habitación de huéspedes del primer piso hallaron el cadáver de la madrastra.

El cuerpo del padre de Lizzie estaba en el salón. Ambos habían sido salvajemente golpeados en la cabeza con un hacha mientras dormían. Estaban casi irreconocibles. El médico señaló que los asesinatos habían ocurrido con un intervalo de una hora o un poco más. De esto se dedujo que cuando el banquero regresó al hogar su esposa ya estaba muerta.

UNA semana después Lizzie Borden fue arrestada y acusada de ambos crímenes. Contra ella se acumularon numerosas evidencias. Era conocida la hostilidad que le demostraba a su madrastra. En sus declaraciones hubo varias lagunas. Se demostró que nadie había escrito una nota a Mrs. Borden en demanda de ayuda. Luego, durante la mañana fatal, dio diferentes respuestas erráticas a quienes le preguntaron por su madrastra.

Se contradijo, también, en su declaración sobre el hallazgo del cadáver de su padre. Primero aseguró que lo había encontrado accidentalmente. Más adelante se corrigió y anunció que había entrado a la habitación luego de oír unos «ruidos muy extraños». En su contra estaban, además, las declaraciones de los vecinos.

Nadie vio durante aquella mañana del 4 de agosto a algún desconocido en las proximidades de la casa. Las puertas estaban normalmente cerradas y con cerrojo, aun en el día. También se comprobó que dos días después del doble crimen Lizzie quemó en la cocina uno de sus trajes y la policía supuso que la razón era que estaba manchado de sangre. Por, último, durante el juicio el Fiscal Hosea Knowlton consideró como muy extraño que Lizzie Borden hubiera profetizado con tal precisión «grandes desgracias» apenas un día antes de la tragedia.

EL JUICIO comenzó el 1° de junio del año siguiente en New Bedford, Massachusetts. Lizzie fue defendida por un brillante abogado, George M. Robínson, quien había sido Gobernador del Estado. Robinson interrogó astutamente a la criada Bridgec Sullivan, la principal testigo de la acusación, y logró hacerla admitir que «quizá» la puerta trasera de la casa no hubiera estado cerrada con cerrojo, como se aseguró en un principio. El abogado se asió de esta declaración y lanzó la teoría de que los dos asesinatos pudieron ser cometidos por un desconocido que pasó inadvertido en el vecindario.

Se afirmó, también, en que el arma homicida nunca fue encontrada. La policía exhibió un mango quemado de un hacha, hallado en un estante de la cocina, pero no pudo probar que se trataba de un resto del instrumento criminal.

Robinson opinó, asimismo, que las extrañas profecías de la muchacha se debían, simplemente, a su estado nervioso. «Una persona que presuntamente se prepara a cometer un crimen nunca cometería la torpeza de anunciarlo públicamente. Por el contrarío, esa extraña adivinación creo que es una prueba de la inocencia de mi defendida.»

Durante el juicio se deslizaron, al mismo tiempo, ciertas alusiones, culpando a otras personas del doble asesinato. Para algunos vecinos, el tío John Vinnicum Morse, llegado a la casa en la víspera del drama, se portó en forma muy sospechosa. Poco después que los cadáveres habían sido hallados y en los momentos en que la policía registraba la casa en busca de indicios, fue visto comiendo tranquilamente unas peras en el jardín. Tampoco el doctor Bowen escapó de las !habladurías, de quien se dijo que mostraba una excesiva solicitud hacia la madrastra de Lizzie.

ELjuicio duró casi dos semanas. El 13 de junio Lizzie Borden fue declarada inocente. No perdió su compostura. No parecía molesta con la atención morbosa que despertaba su persona. Se negó a dejar el pueblo de Fall River y allí continuó viviendo como, si nada hubiera pasado. Paulatinamente se fue reintegrando a sus labores anteriores. De sus manos hábiles siguieron saliendo cientos de piezas de porcelana, que decoraba con elegancia, y se informaba discretamente de los últimos acontecimientos artísticos, aunque por años dejó de ir a la Galería de Arte Corcoran.

Vivió con desahogo en la casa de su hermana, ya que al morir el padre había heredado una fortuna de 500 mil dólares, más de cinco mil millones de pesos. El único cambio en su vida fue casi imperceptible. Le disgustaba el nombre Lizzie, llevado y traído por los periódicos de toda la nación durante el proceso. Pedía a sus amistades, con cierta coquetería, que la llamaran Lisbeth.

Lizzie Borden murió soltera, sin mostrar remordimiento alguno y sin revelar jamás 10 que realmente ocurrió aquella calurosa mañana del 3 de agosto de 1892. Vivió largos años y tenía 84 cuando falleció, en el mismo pueblo de Massachusetts, en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial.

A esta extraña mujer sobrevive aún una copla anónima que parece traducir el sentimiento popular de aquellos días: «Lizzie Borden cogió un hacha y dio a su madre cuarenta hachazos. Cuando vio lo que había hecho, dio a su padre cuarenta y uno … «