Historia de Japón Dinastía Tokugawa Influencia Europea



Historia de Japón
La Influencia Europea

Desde siempre, Japón ha ejercido verdadera fascinación sobre los visitantes extranjeros. Sin embargo, para el occidental sigue siendo muy difícil comprender y conocer a este país y al pueblo que lo habita. Esto se debe a que, a través de los siglos, el pueblo japonés ha evolucionado de modo muy distinto de los países de Occidente. Durante ciertas épocas de su historia, Japón fue tan extraordinario a los ojos de Occidente, que éste lo consideró como algo fantasmagórico.

Japón ha vivido durante mucho tiempo replegado en sí mismo. Hasta el siglo XIX sólo tres veces estuvo mezclado en un conflicto con una potencia extranjera. Otra de las características de la historia de Japón es la influencia especialmente importante de los emperadores y de los sogunes, especie de ministros que sustituyeron a los emperadores y los mantuvieron bajo su tutela.

Pese a su aislamiento, el japonés ha experimentado siempre la influencia del extranjero. Ha sido maestro en el arte de imitar y asimilar elementos procedentes del exterior. La historia del Japón antiguo no puede disociarse de la de China. En efecto, Japón le debe gran parte de su civilización, de su escritura y de sus religiones.

Sabemos muy poco de la historia antigua de Japón: hacia el siglo m de nuestra era, todo el imperio estaba habitado por un pueblo de raza blanca, los ainos. La dinastía imperial habría sido fundada en el año 660 antes de Jesucristo por Jimmu Tenno, que reinó en la isla de Kiusiu y en los alrededores de la isla de Nara, en el sur de la isla de Hondo. Este primer emperador decía descender de Amaterasu, diosa del sol.

La historia propiamente dicha de Japón se divide en cinco grandes períodos: un período de formación cuyo modelo fue China. Un período feudal en el cual nació el sentimiento de la conciencia nacional. El sogunado, o reinado de los sogunes, en el que el poder imperial estuvo eclipsado. La Era Meiji, que restableció el predominio del emperador, y, por último, la época contemporánea, durante la cual Japón cobró el rango de gran potencia mundial.

El período de formación se inició hacia el siglo IV. Procedente de China, el budismo llegó a Japón a través de Corea. Nara pasó a ser la capital política y religiosa del imperio. China ejerció gran influencia, que a partir del siglo VIII fue disminuyendo. Japónfue cobrando cada vez mayor autonomía y el poder de los emperadores aumentó. La vida religiosa manifestó un prodigioso desarrollo, y en Nara, verdadera ciudad monástica, los monjes tenían mucha más autoridad que el emperador.

Por este motivo la capital fue trasladada a Kioto. Se iniciaba un nuevo período: el de los Fujiwara o del Japón feudal (794-1185).

En el siglo IX, el confucianismo dio origen a un código de honor que fue puesto en práctica por unos guerreros llamados samurais. Este código (o moral bushido) aconsejaba que se mantuviera una actitud estoica ante la vida, sin miedo a los peligros y a la muerte. Las dos virtudes principales eran el valor y la fidelidad al emperador.

La historia del Japón de esta época estuvo dominada por un clan noble, el de los Fujiwara. También entonces empezaron a cobrar importancia las grandes familias de los sogunes, de las que las principales fueron los Tokugawa y los Ashikaga, quienes inauguraron la época del sogunado 1185-1867).

En realidad, los sogunes eran jefes militares que se habían adueñado del poder político. El primer sogún se llamó Yoritomo. En 1192 se estableció en Yamakura, en los alrededores de Tokio, y gobernó el país sin contar con el emperador.



Durante los siglos siguientes, los emperadores fueron sucediéndose, pero aproximadamente hasta mediados del siglo xix, el gobierno efectivo del país permaneció en manos de los sogunes.

Cuando el cristianismo fue introducido en Japón, en el siglo XVI, ejercían el poder tres poderosos sogunes: Nobunaga, Hideyoshi e leyasu. Durante el reinado del sogún Tsuneyoshi se produjo el famoso episodio de la venganza de los 4 ronin o caballeros andantes.

Los europeos en Japón
LA HISTORIA INTERNA de Japón en los siglos XVII y XVIII siguió un camino muy diferente. Después de la caída de la última resistencia al dominio del shogún leyasu, fundador de la dinastía Tokugawa, en 1615, Japón gozó de más de dos siglos sin guerra. Durante este período de paz casi sin paralelos, la superficie de tierras cultivadas se duplicó, la producción de arroz se cuadruplicó y la población se triplicó. Pero el peso de esta población creciente siguió siendo extremadamente grande y las revueltas campesinas fueron numerosas.

Sin embargo, la más ligera desviación de la obediencia total a las órdenes de los superiores era castigada con la muerte instantánea. Después de 1590, por ejemplo, el gobierno emitió una serie de edictos prohibiendo el Cristianismo.

Shogun Tokugawa

La fe de los europeos no sólo fue considerada como ajena por los gobernantes de Japón: los shogunes también estaban alarmados porque el Cristianismo había sido adoptado como enseña de independencia por los grandes señores de las regiones costeras y sus dependientes. Los misioneros fueron capturados y ejecutados (a menudo por crucifixión) y los conversos torturados hasta que renegaban o morían.

En parte para impedir la expansión de la proscrita fe y en parte para impedir el excesivo enriquecimiento de los señores de la costa gracias al comercio; de allí en adelante los contactos entre Japón y los europeos fueron mantenidos en un estricto mínimo.

Desde 1639 hasta 1853 sólo se permitió residir en Japón a los holandeses y en realidad durante la mayor parte del tiempo estuvieron confinados en su pequeña manufactura de Deshima, en la bahía de Nagasaki. Prácticamente la única visión que los japoneses corrientes tenían de un europeo era cuando el comisionado holandés y su séquito debían viajar a la corte de los shogunes para rendirles su homenaje en una humillante ceremonia pública. Sólo las grandes utilidades que producía el comercio con Japón hacían que la Compañía Holandesa de las Indias Orientales aceptara este arreglo.

Los beneficios del comercio con Japón eran enormes: entre 25 y 30 toneladas de lingotes de plata eran exportados anualmente de Japón. Gran parte de este metal viajaba directamente a China, donde era usado para adquirir seda cruda, la única materia prima que los japoneses parecían incapaces de producir por sí mismos, pese a su casi insaciable demanda de ella. La fabricación de los magníficos kimonos de seda y otras piezas de vestuario, sin embargo, era realizada completamente por manos japonesas y, hacia 1700, solamente en Kyoto existían 70.000 tejedores de seda.



El gobierno trató tenazmente de reducir el uso de kimonos de seda a los samurai o clase guerrera, pero la costumbre se extendió, estimulada inadvertidamente por una de las iniciativas del propio gobierno.

Los shogunes insistieron en que todos los señores feudales debían vivir un año por medio en su capital Edo (posteriormente rebautizada Tokio), y todos los samurai importantes, a su vez, debían pasar largos períodos en la capital de su señor. Estos centros feudales eran usualmente pueblos-castillo, centrados en torno a una vasta fortificación defensiva; luego se les habían agregado, fuera de las murallas, barrios residenciales, donde mercaderes, artesanos y otros comerciantes podían atender las necesidades de los adinerados visitantes.

Hacia 1800, alrededor del 20 superiores sociales. Inicialmente los shogunes trataron de prohibirlo pero, después de la década de 1650, surgió una brillante ‘cultura alternativa’, cuando los plebeyos acaudalados pudieron satisfacer su vanidad. Desdeñosamente fue conocida como ‘el mundo flotante’ –esto es, un mundo en que la gente podía flotar descuidadamente en un mar de placer– y se encontraba en un barrio especial en todas las ciudades importantes. Restaurantes, teatros, salas de masajes y burdeles florecieron donde la riqueza era exhibida de la manera que su propietario escogiera.

Pero no toda la prosperidad de la clase media fue disipada en entretenciones; también existió un activo comercio de libros y altas inversiones en educación. Hacia 1850, se estima que el 40 por ciento de los varones japoneses sabía leer (cifra que difícilmente podían igualar las sociedades europeas de esos días), y parte de la literatura que leían era de origen occidental.

En Nagasaki, un grupo de intérpretes y estudiosos adquiría libros holandeses en el establecimiento de Deshimay los traducía al japonés. El país puede haber carecido todavía de máquinas movidas por energía y de conocimientos científicos como los de Occidente, pero poseía artesanos de notable habilidad, un sistema financiero y comercial eficiente y un grado moderado de prosperidad en ciudades y campos. Este fue suficiente para responder con éxito a los desafíos de la occidentalización, cuando ésta llegó en 1853, con la aparición de un escuadrón naval norteamericano decidido a abrir el comercio internacional con Japón.

LA APERTURA AL MUNDO: Durante siglos Japón practicó una política estrictamente aislacionista. Sin embargo, en el siglo xix se mostró dispuesto, sobre todo por motivos económicos, a dar acogida a los extranjeros. Muchos japoneses reprocharon al sogún este cambio de actitud y convencieron al emperador para que volviera a hacerse con el poder. Por esta razón, el emperador Mutsu-Hito se abstuvo de nombrar a un nuevo sogún (1867).

Además se decidió a modernizar su país: promulgó una Constitución (1889), estableció la enseñanza obligatoria, hizo construir vías férreas y fomentó la instalación de industrias. Tokio pasó a ser capital. Japón equipó a un ejército numeroso y a una poderosa flota. Durante este período se propagó el espíritu imperialista.

En 1895 y en 1905, el imperio del Sol Naciente salió victorioso de las guerras entabladas, una contra China y otra contra Rusia. En 1910 se anexionó Corea. Después de la primera guerra mundial adquirió algunas posesiones coloniales de Alemania en el océano Pacífico. En 1931 conquistó Manchuria, y en 1937, una parte de la costa oriental de China. En 1941, Japón entró en la segunda guerra mundial al lado de Alemania.

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