Argentina durante la primera guerra mundial Neutralidad Posicion



Neutralidad de Argentina
En La Primera Guerra Mundial

La guerra y Argentina: La participación de Estados Unidos en el conflicto se hizo cada vez más importante. Cientos de miles de hombres, pertrechos de guerra, abastecimientos de todo tipo, dinero, afluían en grandes cantidades a Europa. No se limitaba en esto la ayuda norteamericana.

Wilson procuró desde un primer momento arrastrar al conflicto a los países que estaban bajo esfera de influencia de Estados Unidos. Brasil fue el primero en declarar la guerra a Alemania, en octubre de 1917. Luego le seguirían Guatemala, Nicaragua, Haití, Honduras… hasta Uruguay rompió relaciones con las potencias centrales.

La presión sobre Argentina fue grande. Sin embargo, la posición neutralista se mantenía firme desde el comienzo de la guerra. El gobierno radical que había asumido el poder el 12 de octubre de 1916, con la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, reafirmó la neutralidad argentina.

En los primeros años de la guerra, esta posición había sido apoyada por los británicos, para quienes Argentina era una fuente fundamenta! de abastecimientos. La situación cambió en 1917: la guerra submarina sin restricciones suponía un grave peligro para el comercio con Gran Bretaña. El hundimiento del vapor «Monte Protegido», que navegaba con bandera argentina, levantó un coro de protesta en el país.

Irigoyen en la neutralidad frente a la guerra mundial

¡No era para menos! Los primeros años de la guerra habían reportado fabulosas ganancias a la oligarquía agro-ganadera. En 1916, la suma del valor de las exportaciones superó los quinientos millones de pesos. No era cuestión de que los submarinos alemanes hicieran fracasar el negocio.

La oligarquía vociferó exigiendo la ruptura de relaciones diplomáticas con los Imperios centrales. La opinión pública se dividió en rupturistas y neutralistas. A los que defendían la neutralidad, pronto se los acusó de «germanófilos» (en la segunda guerra mundial se les diría nazifascistas). El presidente Yrigoyen estaba incluido en esta calificación.

¿Quiénes eran unos y otros, neutralistas y rupturistas? – Los primeros representaban a la débil burguesía nacional que ascendía al poder político en la persona de Yrigoyen. Eran los pequeños industriales, los dueños de talleres, todos aquellos que comenzaban su carrera de empresarios o se beneficiaban por el papel de «proteccionismo objetivo» que desempeñaba la guerra.

En ese sentido, su neutralismo conjugaba con los sectores populares que veían al conflicto como una rivalidad ajena a sus intereses. Los rupturistas, en cambio, eran los simpatizantes de Gran Bretaña y Francia, la vieja oligarquía, los partidos tradicionales, la prensa «seria». O sea los beneficiarios de la dependencia semicolonial de Argentina. Los conocidos de siempre.

A ellos se agregaron un puñado de socialistas «amarillos» que componían el grupo parlamentario y la mayoría de la dirección del Partido Socialista.



No es el momento de extendernos en este aspecto, que pretendemos señalar meramente como parte del esquema de la guerra mundial y sus consecuencias internacionales, en lo que respecta a nuestro país. Yrigoyen permaneció fiel a su postura neutral hasta el fin de la guerra. Sólo cinco países latinoamericanos no se ataron al carro de guerra de las potencias de la Entente: Paraguay, Venezuela, México, El Salvador y Argentina.

ALGO MAS SOBRE EL TEMA: Cuando Alemania hunde el velero Oriana y el vapor Toro, se inician grandes manifestaciones que alcanzaron entonces dimensiones poco vistas; las calles hervían de estribillos antigermanos, y los incidentes menudearon; en uno de ellos estuvo a punto de ser incendiada la imprenta de un periódico alemán.

Los partidarios de la ruptura alegaban que debíamos a Inglaterra el progreso económico y a Francia buena parte de nuestra cultura, y había llegado el momento de mostrar nuestro agradecimiento. Argumentaban, también, que una vez finalizada la guerra con el triunfo de los aliados, el país quedaría aislado de la comunidad internacional. Los neutralistas, por su parte, sostenían que las libertades que Inglaterra decía defender eran harto discutibles, y acusaban a los rup-turistas de hacer el juego a intereses que en nada convenían a la Argentina.

En agosto de 1917, ante una manifestación! neutralista, Belisario Roldan precisó bien ese concepto recordando que nuestro país carecía de flota propia y que todos los barcos eran ingleses, pese a que llevaban a veces el pabellón, nacional porque estaban matriculados aquí y para impedir que se los atacara.

Por eso reclamó enérgicamente que se prohibiera la salida con rumbo a la zona de guerra de «esas enormes supercherías que se llaman barcos de cabotaje y que no conducen, ni representan, ni encarnan un ápice de la soberanía argentina, por más que al tope de su mercantilismo a outrance flamee una cosa que tenga los colores de nuestra enseña».

A la agitación que no decrecía se unieron en determinado momento presiones diplomáticas nada sutiles. En julio do 1917 la escuadra norteamericana que patrullaba el Atlántico puso proa a nuestros puertos, y el embajador yanqui comunicó al gobierno que la flota ingresaría en Buenos Airos «incondicionalmente».

Yrigoyen llamó entonces al representante estadounidense y le exigió borrar esa palabra de la comunicación oficial, y como éste se negara, el presidente le informó que en tales condiciones el acceso de las naves no sería permitido. La firme respuesta elevó la tensión a su grado máximo y motivó aceleradas consultas entre el diplomático y su Cancillería, que le ordenó solicitar la entrada en calidad de «visita de cortesía», con lo que se superó el entredicho.

Igualmente firmes fueron las actitudes del gobierno nacional frente al embajador inglés, que se manifestó públicamente en favor de los legisladores que propugnaban la ruptura de la neutralidad y la la reclamación a Alemania por el hundimiento de las naves. La Cancillería germana replicó que en los incidentes no debía verse «la menor falta de respeto al noble pabellón de la República Argentina, ni de parte del gobierno alemán, ni de parte de la marina imperial».

No satisfecha, la Argentina exigió plena libertad en los mares para los mercantes nacionales y reparación de los daños materiales y morales, exigencias que los alemanes aceptaron cumplir. En 1921 el acorazado Hannover desagravió a la bandera nacional en el puerto de Kiel. Por entonces la guerra ya había terminado, y con ella los incidentes que generó la política neutralista de nuestro país, que no aceptó complicarse en un conflicto en el que nada tenía que ver el interés nacional.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la República Argentina – Editorial Abril



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