Biografía de Elvis Presley Cantante de Rock



Biografía de Elvis Presley

BIOGRAFÍA DE ELVIS PRESLEY: (Tupelo, EE. UU., 1935 – Memphis,  1977)
Elvis Aaron Presley, el niñito rubio nacido el 8 de enero de 1935 en el pueblecito sureño de Túpelo (Mississippi), no se imaginaba el impacto que su figura llegaría a alcanzar en la música y en la sociedad.

Aunque ya sentía dentro de él unELVIS PRESLEYimpulso: destacar. Hijo único de una familia pobre (su hermano gemelo murió al nacer), no tuvo la educación burguesa de Priscilla y sus hermanos.

En busca de mejor situación económica, emigró con sus padres a Memphis y allí tuvo que hacer diversos trabajos (cortar césped, repartir paquetes, conducir un camión) para conseguir unos centavos y codearse con su pandilla.

Unos chicos de pantalones grasientos y ajustados y cazadora de cuero negro que holgazaneaban desafiantes en los barrios más ricos de su ciudad. Ellos no cumplirían el «sueño americano» («de bayetas a ricos»), ¿y qué?

Pero Elvis sí lo conseguiría. Tenía en sus manos un arma: la guitarra; en su garganta, otra, y su cuerpo, también era un arma. El poseía lo que los magos-productores del «rythm’ n’ blues» buscaban: una voz, un estilo de negro, pero «pasados por blanco».

El imprimía un dramatismo especial a las canciones populares e innovaría, una vez lanzado a la vorágine musical, el recién nacido «rock and roll»: haría algo más que cantar, interpretaría, contorsionándose sobre el escenario, moviéndose provocativamente delante y atrás («Elvis, the Pelvis») y acariciando la guitarra (= baby) con los ojos entornados.

En sólo dos años, su fama creció vertiginosamente hasta convertirse en el «rey del rock». Había otros más auténticos que él, más no tan bien dirigidos y «comercializados». En 1954 grabó su primer disco para una firma local. Se llamaba «That’s aü right, mamma» y era realmente un regalo para su madre (mejor que un imperfecto disco de cuatro dólares grabado para su cumpleaños).

Y, a finales de 1956, era ya casi un ídolo mundial y estaba en manos de una gran empresa discográfica. Aunque «la mano» por antonomasia del joven Presley era el «coronel» Parker, su «manager», el creador del mito, su dueño. El hombre que invirtió en un ídolo cuya caída también supuso una millonada de dólares. Porque Elvis era totalmente «aprovechable», hasta para lanzar camisetas, llaveros, cromos, slips e infinidad de objetos con su figura.

El fenómeno Elvis no se acababa en sus canciones exitosas («Love me tender», «Zapatos de gamuza azul», «Rock de la cárcel», «Don’t be cruel», «Crying in the Chapel», «In the ghetto», «Suspicious minds»…), en sus ¡200 millones! de discos vendidos (73 discos de oro), ni en su cincuentena de películas («King Creóle», «Wild in the country», «Blue Hawaii»…), ni en la maravillosa y excéntrica bola de cristal, producto de sus fabulosas ganancias (330 millones de pesetas sólo en 1965), en la que vivía.

El mito Elvis ni siquiera se acabó con su muerte. Ya en la era de los setenta, su triunfal aureola perdía fuerza, otros «rockers» más innovadores amenazaban su trono. Su rock se volvió más edulcorado (lejos ya de las rabiosas canciones que levantaban las iras de los censores y los puritanos de su país), aunque no por ello dejó de estremecer al público, como lo demostraría en Las Vegas (1969, 1972). Pero esas espectadoras que gritaban y arrojaban sus prendas íntimas al escenario habían cumplido los veinte años tiempo ha y sus maridos sonreían a su lado. Ellos no envidiaban a Elvis. Porque a Elvis ya no se le podía envidiar.



Elvis era una millonaria «pieza de museo» para diversión de otros millonarios. Un traje con casaca de lentejuelas cubría su descomunal figura (antaño erótica). Su natural tendencia a engordar era contrarrestada con drogas, que no cambiaban —muy al contrario— esa imagen deforme que reflejaban diariamente los ocho espejos de la habitación del ídolo.

Las pesadillas y el temor a ser atacado eran los agudos signos del carácter paranoico que forjó en su adolescencia. Y su constante búsqueda de la felicidad era ya un túnel sin salida. Ni la modelo Linda Thompson (su amante durante cinco años) ni la exuberante Ginger Alden (con la que pensaba casarse en la Navidad de 1977) habían podido llenar el hueco dejado por Priscilla. Su hijita Lisa Marie tampoco vivía con él y su madre faltaba ya hacía mucho…ELVIS PLESLEY

La ceremonia nupcial tuvo lugar en el apartamento privado del dueño del hotel «Aladdin», de Las Vegas, y fue presenciada únicamente por 14 personas. Fieles guardaespaldas y amigos del cantante tenían por misión alejar de aquel lugar a curiosos y periodistas. Elvis no quería un espectáculo. Pero no pudo evitar las fotos: aunque pocas, hubo. Aquel instante en el que, mirando tiernamente a Priscilla, Elvis le colocaba un anillo de oro, con un diamante de tres quilates y brillantinos más pequeños, tenía que ser registrado para la posteridad.
También se registró el corte de la monumental tarta de boda (seis pisos), al término de la comida que siguió a la ceremonia. Y los periodistas allí presentes (al final, el ídolo tuvo un detalle con la prensa) fueron testigos de la felicidad que parecía embargar a la pareja: miraditas en semiéxtasis, las manos entrelazadas de continuo… Alguien podría comentar maliciosamente que estaban muy en su papel, muy de novios. Y era verdad.

En agosto de 1977, las agencias de todo el mundo recibieron un teletipo: «el día 16, Elvis Presley ha fallecido, a la edad de cuarenta y dos años, en un hospital de Memphis (Tennessee). víctima de un fallo cardíaco».

Eívís no murió en el hospital; estaba tirado en el cuarto de baño cuando lo encontró Ginger Alden. Elvis había muerto víctima de sí mismo. Y el espectáculo —«el rey ha muerto, ¡viva el rock!»— debía continuar: más de ochenta mil personas en su entierro, para darle el último adiós (y más de 300 desmayadas).

Cientos de coronas de flores (algunas en forma de guitarra). Gritos, lloros, sirenas de ambulancias y de coches de bomberos… Los hoteles de Memphis abarrotados, el aeropuerto colapsado (Europa había fletado 10 vuelos charter para los asistentes al funeral)…

Emisoras de radio interrumpieron su emisión: un minuto de silencio por el ídolo caído. Otras, programaron musicales «especial Elvis». Hasta el presidente Cárter dio un mensaje: «ha muerto el símbolo de la vitalidad, el espíritu de rebeldía y el buen humor de los Estados Unidos».

Pero, a los pocos meses, el dolor popular se trocó en chisme: «intentan saquear la tumba de Elvis», «sus 12 guardaespaldas vigilan, fuertemente armados…» «Las mujeres de Elvis se disputan la herencia…» «Priscilla huye a Europa por temor al secuestro de su hija…» «Un hijo secreto de Elvis: Renne Lee nació en 1960, en Alemania. Su madre era cantante…»

Por mucho tiempo, el show debe continuar.

LOS ÚLTIMOS AÑOS DE ELVIS….



La sucesión de acontecimientos que acompañan sus últimos años de vida, años de relativa escasa actividad debido a su gordura: pesaba 115 kilos, nos cuentan la historia de un hombre que parece haber estado sufriendo dos males simultáneos: la crisis de los 40 años y un estado casi permanente de extrema soledad, acompañado sólo por el coronel Parker, su médico de cabecera y sus guardaespaldas.

La administración de drogas energizantes para poder soportar el esfuerzo de un recital en vivo ante miles de personas, termina por convertirse en drogadicción. Su enorme gordura hace pensar que también se le habrían administrado corticoides.

En cualquier caso, es una persona que es tratada como un espectáculo y no como un ser humano. Drogas para que actúe, porque sus actuaciones dejan mucho dinero. Y para que se suma al torturante ritmo de sesiones de grabación, en el momento en que tiene montado un show espectacular, con un coro de acompañantes y una orquesta que lo anuncia, cuando sube al escenario, con la música de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss.

En ese momento ya El vis Presley no es un cantante cualquiera. Es un semidiós. La música de la introducción, que es espectacular, apenas se escucha sobre el mar de chillidos de sus admiradoras, ahora ya no sólo chiquillas quinceañeras, sino también dueñas de casa, madres de varios niños, y no pocos varones. Elvis era una suerte de aparición extraterrestre que transportaba a las multitudes a un estado próximo al nirvana. Es un semidiós. No era el momento para que muriese.

Al parecer una sobredosis de drogas, mezcladas con el alcochol -nunca se ha sabido a ciencia cierta cómo y de qué falleció-, cuando él menos se lo esperaba, le provocaron un paro cardíaco mientras se encontraba dándose un baño. Tenía apenas 42 años; toda una vida por delante.

El mismo día, 16 de agosto de 1977, en que se dio a conocer la noticia, la RCA recibió pedidos por 10 millones de discos LP, de larga duración.

Todo lo que rodeaba a Elvis Presley se convirtió en motivo de devoción: se fabrican setenta y tantos productos que llevan su nombre, desde tarjetas postales que lo muestran en sus mejores años, hasta un finísimo vino que se anuncia: «Este es el vino que Elvis tomaría si estuviese vivo». También se anunció un producto para perros: Se llamaba «Ámame tiernamente» (título de una de sus canciones favoritas), y la frase publicitaria decía: «Quizás la comida para perro que Elvis hubiera preferido, de haber sido perro».

La parafernalia desplegada después de la muerte del cantante se reúne en la actualidad en un sitio llamado Graceland, (La tierra de la gracia), en 3764 Highway 51 South, Memphis, Tennessee. Allí se venden toda clase de «recuerdos» y se exhiben las piezas originales, usadas por Elvis; es un verdadero Museo del mal gusto.

Sus pantalones con flecos, al estilo del oeste medio, con brillos y otros exactamente iguales, de todas las tallas y medidas, para quienes deseen llevarse un par igual al que llevaba Elvis. Sus camisas, también recargadas de brillos; sus bufandas de seda, sus colleras para las camisas, un supuesto par de pistolas estilo cowboy que no se sabe cuándo usó el artista, excepto en un filme del Oeste en que hace un papel secundario. Graceland es visitada hasta hoy, 10 años después de su muerte, por unos cuatrocientos mil peregrinos anualmente.

Pero con Elvis Presley ha ocurrido un fenómeno singular. Otros ídolos de la canción van perdiendo, poco a poco, el fervor de sus seguidores. En el caso de Los Beatles, es una generación enteramente nueva la que los está descubriendo y fanatizándose con ellos.



Elvis Presley, después de muerto, es casi el mismo fenómeno musical que en vida, y ya han transcurrido diez años del trágico suceso. Sus discos se venden igual si no más que antes, porque nuevos pueblos se incorporan a la lista de sus admiradores. Ahora los tiene inclusive en la República Popular China, como en Japón desde hace años ya, y en muchos otros sitios en el Lejano Oriente.

En cuanto a la música, tanto en las baladas que cantaba como en el rock, surgen nuevas tendencias, nuevos estilos, pero el estilo Elvis no desaparece. Y no se trata simplemente de un fenómeno de voz. Elvis tenía efectivamente una voz de una calidez especial, que marcaba con su sello las canciones que él cantaba. Se trata del espíritu, del énfasis que él sabía -y sólo él- poner en los versos.

James Dean pasó sin pena ni gloria, después de un primer furor y la ebullición que provocó en vida. John Lennon es para gente que entiende música. Fue un innovador, un personaje excéntrico y un ídolo. Lo Beatles, como conjunto, continúan penando en los estudios de grabación. Pero Elvis Presley -y no es una exageración- es venerado como si estuviese vivo. Sus discos se escuchan no con reminiscencias del pasado, sino como un fenómeno del presente.

En cualquier momento se le verá descender de la nube que hizo moverse, y regresará delgado, esbelto, simpático, fresco y transparente, como un buen hijo de Norteamérica.

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Fuente Consultada:
Vidas de los Famosos – Elvis Presley y Priscilla
HECHOS, Sucesos que estremecieron al mundo Tomo N°38 Arabia, el violento despertar

https://historiaybiografias.com/archivos_varios5/estrella1_bullet.png

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