Los cientificos del siglo XIX Descubrimientos y avances de la ciencia



Los Científicos del Siglo XIX – Descubrimientos y Avances

Física y Matemática. Las ciencias físicas, naturales y humanas experimentaron el mismo impulso que la técnica y la industria. En física se realizaron experiencias con la luz y la electricidad. En 1903 Ernesto Rutherford descubrió los elementos radioactivos y años más tarde ideó un modelo del átomo. En 1895, Guillermo Róngten descubrió los rayos X.

En 1905, Alberto Einstein basándose en sus estudios matemático revo1ucionó la concepción del cosmos con su Teoría de la Relatividad, punto de partida de nuevas investigaciones. Este descubrimiento significó un enorme adelanto de la ciencia ,comparable a los realizados por Copérnico, Kepler y Newton.

Biología. Esta ciencia vio ampliado su campo de estudios al conocerse la división celular, las leyes de la herencia y la existencia de los cromosomas. Carlos R. Darwin (1809-1892) revolucionó el saber biológico con su Obra sobre el origen de las especies en términos de selección natural (1859).

Tomando como base los estudios de Lamarck (1744-1829) sobre la evolución biológica de las especies, Darwin amplió esta teoría afirmando que en dicha evolución existía una lucha por la vida en la que sólo las especies más fuertes conseguían sobrevivir.

Los avances médicos y el mejoramiento de los métodos de higiene lograron un progreso en beneficio de una mejor salud pública y una mayor expectativa de vida.

El notable cirujano inglés José Lister (1827-1912) luchó con denuedo por hacer entender a sus contemporáneos la importancia de la desinfección de los instrumentos de cirugía y. propugnó así la aplicación de métodos de asepsia.

El éter comenzó a ser utilizado como anestesia para las operaciones quirúrgicas, hecho que fue paralelo a la práctica de una cirugía más avanzada.

Roberto Koch (1843-1910) descubrió los bacilos que producen la tuberculosis y el cólera. Por otra parte la difteria fue atacada con la aplicación del suero antidiftéricos.

El francés Luis Pasteur (1822-1895) ideó un proceso de conservación de los alimentos al descubrir que la fermentación era producida por bacterias y que al exponer dichos alimentos a altas temperaturas éstas morían. Este procedimiento recibió el nombre de pasteurización.

Por otra parte, el estudio de las bacterias dio origen a una nueva ciencia: la bacteriología. Al mismo tiempo, los estudios permitieron el descubrimiento de la vacuna antirrábica. Psicología y Psicoanálisis.



El siglo XIX fue el siglo de los revolucionarios científicos. Sigmund Freud (1859-1939) dio un giro rotundo a la psicología. Con su teoría del psicoanálisis abrió grandes puertas para el conocimiento del interior del hombre, su conducta y sus motivaciones.

Su obra marcó un hito en la historia de los estudios psicológicos y fue la piedra fundamental de la Psicología del siglo XX.

Sociología. En una época de grandes cambios, convulsiones y explosión social, el estudio de las relaciones entre los hombres no podía mantenerse al margen de tales procesos.

La Sociología adquirió importancia relevante en esos momentos. Surgieron, como se verá más adelante, numerosas y distintas corrientes cuyos más destacados representantes fueron Heriberto Spencer (1820-1903), Augusto (1788-1857), Emilio Durkheim (1858-1917) y Weber (1864-1920), entre otros.

Así el hombre no solo experimentó una gran confianza y esperanzas por las posibilidades que la ciencia abría para el progreso, sino que se encontró con que su panorama interior y su relación con el Cosmos se ampliaban casi al infinito.

UNA NUEVA REVOLUCIÓN CIENTÍFICA
El clima sereno de fines de siglo se vio transformado, bruscamente, por una serie relampagueante de descubrimientos científicos revolucionarios, que se sucedió como un verdadero fuego de artificio:

En 1892, Lorenz descubría la naturale2a de la electricidad; en 1895, los rayos X fueron descubiertos por Roentgen; en 1896, Henri Becquerel demostró la radiactividad de ciertas sustancias; en 1898, los esposos Pierre y Marie Curie descubrieron el primer cuerpo radiactivo: el radium; en 1900, Max Planck formulaba la «Teoría de los Quantos»; en 1902, el inglés Rutherford descubrió la estructura del átomo; en 1905 Einstein elaboraba la teoría de la relatividad. Pero nadie logró entrever sus prodigiosas consecuencias: la era atómica.

Todos estos descubrimientos produjeron la crisis de cierto positivismo científico. Se comenzó a dudar: si un cuerpo simple —el radium— liberaba a otro cuerpo simple —el helio—, y se transformaba en un tercer cuerpo simple, esto significaba, sencillamente, la quiebra del sagrado principio de Lavoisier, según el cual «nada se crea, nada se destruye, todo se transforma», y la del análisis. La alquimia, viejo sueño del hombre medieval, era, por tanto, posible.

En otro campo, las afirmaciones proféticas del químico ruso Mendeleiev resultarían exactas. Este había confeccionado una tabla de los cuerpos, según sus pesos atómicos, pero muchas casillas de ella quedaron vacías. Ante el pesimismo general con relación a su trabajo, dijo: «Verán ustedes cómo cada casilla vacía será ocupada por un cuerpo actualmente desconocido.» Y, efectivamente, poco a poco, se fueron descubriendo nuevos cuerpos, que pasaron a ocupar, según su peso atómico, las casillas vacías.

Revolucionarios fueron también los trabajos realizados por otro sabio ruso, Pávlov: sus investigaciones sobre los reflejos condicionados en los animales y en el hombre permitieron establecer una relación entre la fisiología y la psicología. En genética, los trabajos de De Vries, expuestos, en 1901-1903, en sus «Teorías de las mutaciones», vendrían a apoyar las conclusiones de Darwin.



Los escritos del monje Mendel, publicados treinta años antes en un oscuro periódico austríaco, fueron examinados de nuevo, y el americano Morgan se dedicó a explicar científicamente las afirmaciones del gran precursor de la genética moderna.

Una de las principales consecuencias de toda esta revolución científica fue la aparición de un espíritu nuevo. Poincaré había advertido ya que «el papel de las teorías no consistía en ser verdaderas, sino en ser útiles». A principios del siglo XX, se tenía el convencimiento de que el sabio no llegaría jamás a conseguir el conocimiento definitivo de las cosas. Las leyes científicas eran consideradas relativas, y no podían ser comprobadas más que en ciertas condiciones.

Y algunos, como Brunetiére, proclamaron la quiebra de la ciencia. El sabio americano Millikan dijo: «Todos comenzamos a ver que los físicos del siglo XIX habían sido tomados demasiado en serio, y que no habíamos llegado tan lejos como pensábamos en el estudio del universo.»

AMPLIACIÓN DEL TEMA:

A partir del medidos del siglo XIX hubo tal desarrollo cientifico que podemos decir que había comenzado una nueva era del mundo. En efecto, el progreso técnico era algo deslumbrante, y se convertiría en el verdadero motor de la economía, absorbiendo sumas fabulosas de dinero.

A lo que respondió el nacimiento de una organización capitalista de gran empuje, no sólo a escala de cada estado, sino también a escala mundial. El mundo pareció irse empequeñeciendo. Cada acontecimiento político y económico, alcanzaba, en seguida, una repercusión internacional.

A las matemáticas correspondió determinar los métodos que habían de utilizar las demás ciencias. El sabio francés Henri Poíncaré (1854-1912), «cerebro vivo de las ciencias racionales», fue el símbolo del denodado trabajo de análisis que había de caracterizar a la segunda mitad del siglo XIX.

En este período, la escuela matemática alemana demostró una gran originalidad: los trabajos de Bemhard Riemann (1826-1866) fueron de una especial importancia; él fue el iniciador de las geometrías no euclidíanas.

Los físicos comprobaron y fijaron los conocimientos ya adquiridos: perfeccionaron la termodinámica (es decir, la ciencia que estudia las relaciones entre el calor y el trabajo), merced a las investigaciones de los alemanes Helmholtz y Clausius, y del inglés lord Kelvin.

Las experiencias de dos franceses, Fizeau y Foucault, determinaron las condiciones de la velocidad y de la propagación de la luz en los diversos medios; el principio de Doppler-Fizeau permitió medir la velocidad de las estrellas.



Estos trabajos fueron proseguidos por los alemanes Kirchhoff y Bunsen, a los que se debió la revelación de la estructura de la materia: en efecto, ellos descubrieron, en 1860, el análisis espectroscópico, y en adelante, podría conocerse, medíante él, la composición de cada cuerpo.

Nació la astrofísica, que probaría la unidad de los materiales que componen el universo. Así, por ejemplo, se descubrió la existencia del helio en el Sol, antes de descubrirla en la Tierra. Las investigaciones de Faraday y de Maxwell sobre la teoría electromagnética de la luz fueron confirmadas por Hertz, en 1889.

La química orgánica empezó a desarrollarse con Berthelot (1827-1907). El punto de partida fue el descubrimiento de los alcoholes, por Dumas; a raíz de esto, fue descubierta una serte de otras familias de cuerpos: los hidrocarburos, los aldehidos, etcétera.

El alemán Kekulé estudió las moléculas, los átomos y las fórmulas desarrolladas de los cuerpos. El francés Le Bel y el holandés Vant Hoff fundaron la estereoquímica. Henri Saínte-Claíre Devílle consiguió, en 1854, preparar índustríalmente el aluminio, abriendo el camino, así, a una nueva metalurgia.

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PASTEUR Y DARWIN
La biología se aprovechó, igualmente, de los métodos científicos. Los fenómenos de la vida se analizarían, en lo sucesivo, científicamente. Así lo comprendió Claude Bernard (1813-1878). En 1851, demostró la función glicogenética del hígado, que puso al descubierto la primera secreción interna. Posteriormente, escribió su «Introducción al estudio de la medicina experimental», libro capital que aún en nuestros días no ha perdido interés.

En esta obra afirmó textualmente: «La medicina, que hasta ahora había sido empírica, se va convirtiendo en científica.»

Un sabio de formación química, Louis Pasteur (1822-1895), provocó una auténtica revolución en la biología y en la medicina. Estudiando el fenómeno de la fermentación, descubrió que se debía a unos organismos vivos: los microbios. Su teoría iba, entonces, en contra de la opinión sustentada por los demás sabios, para los que la fermentación era un fenómeno puramente químico.

En 1867, descubrió el procedimiento que se llamaría de la parteurización, es decir, de la destrucción de los microbios por el calor. Y demostró también que no existía la generación espontánea. «¡No! No existe la generación espontánea. Todo ser vivo nace de otro ser vivo», afirmó. En seguida se dedicó a aplicar sus descubrimientos a la medicina, y desarrolló, metódicamente, el procedimiento de la vacunación que Jenner había utilizado contra la viruela.

Muchos sabios continuaron la obra de Pasteur, y entre ellos hay que rilar, especialmente, a su discípulo, el doctor Roux, por su descubrimiento de la vacuna contra la difteria, y al alemán Koch, descubridor de los bacilos de la tuberculosis y del cólera. La práctica de la asepsia y de la antisepsia hizo progresar considerablemente a la cirugía. Esta revolución producida en la medicina explica, en parte, el desarrollo demográfico.

En 1859, se publicó una obra que alcanzó mucha resonancia: «El origen de las especies por la selección natural», cuyo autor era el inglés Carlos Darwin (1809-1882). Este, influido por los estudios de Lamarck v de Malthus, afirmaba que la vida era una evolución.

Y, para sostener su tesis, formuló tres postulados, que podrían resumirse así: 1) las formas derivan unas de otras; 2) el motor de esta evolución es la selección natural; 3) los caracteres adquiridos se transmiten por herencia.

Inmediatamente surgió una serie de protestas contra la teoría de Darwin: el Vaticano, indignado, recordó que el cuerpo del hombre había sido creado por Dios; y en Francia, aunque (iuvier había muerto treinta años antes, los «fijistas» reaccionaron violentamente. Durante este período, Mendel emprendió el estudio científico de la herencia.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre

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