Organización Social, Económica de los Incas Administración



Organización Social y Económica de los Incas

Una férrea disciplina y una poderosa organización militar y administrativa permitieron a los soberanos de Cuzco mantener en sus manos la vasta extensión de los cuatro cantones o regiones. Este reino fue el único, entre los estados precolombinos, que podría designarse con el nombre de imperio.

En nuestros días, entre los indígenas del Perú, los términos sinchi e inca designan dos funciones especíales, de carácter electivo, que no pueden ser desempeñadas por la misma persona; la primera corresponde a la autoridad militar, la segunda al poder civil. Mas al fundar Cuzco, los soberanos incas asumieron los dos poderes, y aunque para las cuestiones militares estaban asistidos por generales muy capaces, terminaron, en la práctica, siendo los únicos dueños absolutos.

En lo administrativo, recibían la opinión de un Consejo de ancianos, y de los Orejones, designados con este nombre a causa de la deformación del lóbulo de la oreja, causada por los pesados zarcillos que de ella colgaban. Sin embargo, una dictadura o un gobierno absoluto son sólo posibles si quien detenta el mando está dotado de cualidades excepcionales para gobernar; esto hace comprender por qué, en determinadas épocas de la historia del Imperio —por ejemplo durante la lucha entre Huáscar y Atahualpa para obtener la supremacía—, los cortesanos y los generales llegaron a veces a imponer su voluntad.

La población peruana mantuvo siempre la división originaría en ayllus (subdivisión existente, aún hoy, en las poblaciones del interior), que puede compararse con el clan de familias de casi todas las civilizaciones antiguas, y comprendía un grupo de familias dirigido por un cierto número de jefes, elegidos entre los hombres de más edad.

Ál extenderse el Imperio, y recibir en su seno a las poblaciones, a menudo menos adelantadas, de Bolivia, Ecuador, Chile y noroeste de la Argentina, los soberanos incas se limitaron a ejercer sobre ellos una atenta vigilancia, mostrándose toierantes para con sus costumbres ancestrales; a este respecto, la comparación que puede hacerse con la política del Imperio romano parece justificada.

Si nos remitimos a un pian económico establecido por los primeros soberanos (tal vez por el mismo Manco Cápac), y que ha sido transcripto por un historiador del siglo XVI, el Estado intervenía en los asuntos internos de las comunidades agrícolas con un interés que no encontramos en las otras organizaciones precolombinas.

Este plan prescribía que en enero se debía hilar la lana; en febrero, roturar las tierras; en marzo, proteger las tierras de los pájaros y los ladrones; en abril, llevar los rebaños a los campos de pastoreo; en mayo, cosechar el maíz; en junio, la patata; en julio, limpiar y reparar los pozos; en agosto, labrar la tierra; en septiembre, sembrar el maíz; en octubre, reacondicionar los techos y las impostas; en noviembre, plantar las hortalizas, y, por fin, en diciembre, la patata y la quinoa (cereal muy nutritivo).

La extensión de las tierras y la conformación del suelo no permiten suponer que ese plan económico fuera de aplicación general; no obstante, estas indicaciones tienen gran valor para nosotros, pues son las pruebas de que el soberano, aun abrumado por urgentes asuntos militares, no descuidaba por ello las exigencias de la población civil.

Cuando el Imperio, ampliando aún más sus dominios, rebasó las fronteras de las cuatro regiones, administrada cada una por un gobernador, los incas organizaron una vigilancia directa de las comunidades periféricas; enviaron con este fin inspectores encargados de tomar en cuenta las exigencias de las poblaciones, al tiempo que percibían los impuestos fijados; éstos se recaudaban en beneficio de los soberanos y de los pobladores del territorio de Cuzco.

La población no fue propietaria de las tierras de labrantío. El Imperio de los incas descansaba sobre una organización de tipo comunitario, y tenía las características de lo que, en nuestros días, llamamos un estado totalitario, gobernado por un soberano cuyos poderes no tenían límite. Se lo consideraba hijo del Sol y le era tributado un culto especial.



Agreguemos que este comunismo agrícola existía en los pueblos andinos mucho antes del advenimiento de los incas; pero éstos racionalizaron el sistema, pues no solamente determinaron la superficie exacta de la tierra que debía ser asignada al ayllu, sino que redactaron un código muy completo relativo a la distribución de las tierras y a las obligaciones laborales, y se preocuparon también de distribuir los súbditos del Estado, hombres o mujeres,, según la edad y sus aptitudes para senvir a la comunidad.

Excepto los yanacunas que, por ser culpables de crímenes contra el Estado, sin ser verdaderamente esclavos debían cumplir trabajos forzados, todos los miembros no nobles de la sociedad incaica pertenecían al pueblo o a la clase media (hatun runacuna o puriccuna) y, como tales, tenían derechos y deberes frente al Estado.

La gran máquina estatal se encargó de dar a cada uno un lugar determinado. Por ejemplo, se estableció hasta qué edad un recién nacido podía ser considerado un bebé, y a quién incumbía la obligación de educarlo; se prescribió que los niños, entre los 5 y los 9 años, debían aprender de sus padres los trabajos más simples; que los varones, de 10 a 18 años, debían guardar los rebaños y hacer de estafeta, mientras las jóvenes de esa misma edad recogían las plantas textiles y las flores, necesarias para la labor de los artesanos.

Se entregaban los huérfanos al cuidado de mujeres cuidadosamente elegidas. Los enfermos sólo podían unirse entre ellos, y los jóvenes, llegados a los 25 años, debían casarse lo más pronto posible. Se consideraba que una mujer era casadera hasta los 30 años; las solteras y las viudas debían ocuparse de tejer, o entrar al servicio de familias nobles; los enanos y los deformes divertían a los señores; los hombres de 25 a 30 años se encargaban de los trabajos más útiles para la prosperidad del Estado.

Ellos solos eran considerados ciudadanos. Pagaban impuestos, cultivaban las tierras, integraban las filas de un ejército permanente y colaboraban en la erección de los edificios de interés público y en la extracción de minerales en los yacimientos de plata y de oro.

Tanto en sus propios campos como en los de la colectividad, los adultos (puris) eran vigilados por funcionarios especiales, y este control se prolongaba hasta que alcanzaban los 50 años. Aunque se los trataba con respeto, los ancianos, mientras gozaban de buena salud, debían ayudar a los jóvenes en los trabajos del campo y los quehaceres domésticos, en las casas de los nobles donde estaban empleados. Cumplidos los 80 años, la asistencia pública se hacía cargo de ellos.

El pueblo, privado de libertad de la manera más absoluta, y gobernado por los nobles hasta en los mínimos detalles del vestir, tenía la seguridad de ser amparado y ayudado en los años de su vejez o en caso de incapacidad para el trabajo.

El código moral de los incas no es comparable al nuestro, pero se puede afirmar que estos pueblos tenían un alto nivel moral: el ocio y la negligencia de los deberes que a cada uno incumbían eran castigados como un crimen. Sus leyes, aun no siendo tan crueles como las de los aztecas de México, eran aplicadas con una severidad y un rigor salvajes. Muchos crímenes eran castigados con la pena de muerte, que se infligía de distintos modos.

A este respecto recordemos que entre las numerosas cárceles del Imperio de los incas, existía una, en los alrededores de Cuzco, dispuesta en el interior de una caverna y recubierta interiormente de piedras puntiagudas; allí, los criminales eran arrojados junto a bestias feroces. Se ofrecía a los acusados la oportunidad de probar su inocencia. Si no tenían testigos que pudieran establecerla, ni se hallaban pruebas suficientes para condenarlos, se aplicaba un recurso análogo al «juicio de Dios» de la Edad Media. El acusado debía pasar una serie de pruebas, al cabo de las cuales, si los dioses estaban de su parte, se proclamaba su inocencia.

El nervio del Estado era el pueblo, pero el cerebro lo constituían el soberano, su familia y los nobles. Estos últimos estaban eximidos de los impuestos (que los demás pagaban siempre, en frutos o en horas de trabajo). Gozaban además de numerosos privilegios y llevaban una vida fastuosa. Ellos ocupaban todos los puestos de mando y de responsabilidad, pues podían ser llamados, según su capacidad, a las más altas funciones del ejército (los suboficiales provenían del pueblo), de la administración y del culto.



El sumo sacerdote (Nilahoma), designado siempre entre los familiares del soberano, ejercía este cargo durante toda su vida. Debido a su parentesco con el inca y la altísima magistratura de que estaba investido, su influencia en el gobierno era muy grande; pero su tarea principal era la de dictar normas de culto y dirigir al clero, muy numeroso.

Además de los amuntas, encargados del aspecto cultural, existían sacerdotes para realizar los sacrificios (vallavitza), adivinos, confesores (los incas practicaban la confesión pública), y curanderos, cuyas funciones, en las comunidades aldeanas, eran muy semejantes a las del brujo en las sociedades más primitivas.

patcha kutek, inca

Lo mismo que en la cultura maya, existían monasterios femeninos y mujeres dedicadas al culto de divinidades particulares.

Fue grande la contribución que, para el desarrollo de la religión incaica, ofrecieron las religiones practicadas en el Perú, antes de la llegada del invasor; entre ellas, merece mencionarse la de los aimaraes, como lo prueban las ruinas monumentales de las orillas del lago Titicaca y la cercana Tiahuanaco.

Esas ciudades eran ya conocidas como centros religiosos ele los aimaraes, y fueron luego enriquecidas con los templos que construyeron los incas. El Sol (Inti) y su esposa, la Luna, llegaron a ocupar el primer lugar en el olimpo incaico, desplazando al antiguo dios Viracocha, considerado como el creador de todos los seres vivientes.

El dios Pachacamac, venerado en un principio por los quichuas, sufrió tal vez idéntica transformación, a medida que él culto del emperador fue adquiriendo importancia.

Las poblaciones sometidas a los incas, sobre todo aquellas cuyos territorios estaban alejados del centro del Imperio, o que se habían establecido en lugares aislados, recibieron de estos cultos una influencia mucho menor, y conservaron sus ritos primitivos y su tradicional fetichismo: veneraban a los animales, a las plantas y a los fenómenos  naturales.

Al instalarse en una tierra de civilización adelantada, los incas asimilaron muchos elementos de la cultura y el arte de estos pueblos sometidos, a quienes dieron entera libertad en lo que a estas actividades se refería. En realidad, con el nombre de arte incaico, se designan a menudo objetos cuya elaboración tuvo lugar bajo la dominación de los incas; pero el estilo artístico propiamente dicho no sufrió la influencia de los dominadores.

Tal vez se haya producido el fenómeno contrario. Los habitantes de Cuzco y de sus alrededores aprendieron también de los aimaraes, los chimús, los nascas y otros pueblos, el arte del tejido, la preparación de la arcilla, la fundición del bronce, del oro y de la plata, y las principales leyes arquitectónicas.



Una vez más, la comparación con la civilización romana parece legítima aquí; los incas supieron, ante todo, constituir una organización social, pero se preocuparon poco de realizar una civilización original. Dieron mucha importancia a los trabajos de utilidad pública: graneros colectivos, una densa red de caminos (necesaria para el intercambio dentro de un Imperio tan vasto), numerosos puentes, centros de aprovisionamiento, murallas v fortalezas.

Fuente Consulatad:
Historia Universal de la Civilización  Editorial Ramón Sopena Tomo II del Renacimiento a la Era Atómica
LO SE TODO Tomo I Editorial CODEX  – Civilización Inca

 

 

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