La Educación Durante La Organización Nacional Argentina






La Educación Durante La Organización Nacional Argentina

La educación durante la organización nacional: Luego de la Batalla de Caseros, fin del período rosista, sigue un largo período de conflictos entre el Estado de Buenos Aires y las provincias de la Confederación. De hecho, había dos Estados argentinos cuya rivalidad se puso de manifiesto en las luchas armadas, en los crímenes políticos y en las alianzas circunstanciales. Sin embargo, en ambos bandos se tendía a lo que se denominaba la organización nacional. Ella era buscada en cuatro direcciones convergentes: la organización legal, el desarrollo económico, el fomento de la inmigración y el progreso de la educación.

a) La enseñanza en las provincias. — Los progresos realizados en las provincias en materia de educación, desde que se dictó la Constitución Federal hasta 1880 no fueron tan grandes como podía esperarse de un gobierno constitucional. La Carta Magna, respetuosa del federalismo, dejaba librada a las provincias la organización de la enseñanza.

Las provincias mantuvieron con algunos adelantos el proceso que venía desarrollándose desde 1821: las escuelas primarias quedaban a cargo de las municipalidades y algunas secundarias y universitarias eran protegidas por los gobernadores. Pese a lo reducido de los recursos, todas se esforzaron por mantener la gratuidad y el nivel de la enseñanza.

b) La enseñanza en el Estado de Buenos Aires. — Con la instalación del Estado de Buenos Aires, la enseñanza primaria dejó de estar a cargo de la universidad para depender de la municipalidad, y del Estado, y se pusieron bajo la dirección de Sarmiento. Abundaron las escuelas particulares a cargo de religiosos o de las colectividades. Las de niñas siguieron a cargo de la Sociedad de Beneficencia. Faltaba una orientación definida, que recién se obtuvo cuando Sarmiento fue designado jefe del Departamento de Escuelas el 7 de junio de 1856.

faustino sarmientoSarmiento. Nacido en San Juan en 1811, autodidacta, periodista, educador y hombre de Estado, desde sus primeros años demostró un enorme afán por ilustrarse y por impartir la instrucción a los demás.

A los quince años ayudó a su tío, cura de San Francisco del Monte (San Luis) en la enseñanza de algunos adultos. Desterrado en Chile, ejerció la enseñanza en Santa Rosa y Pocuro.

De regreso a su provincia natal, fundó un periódico, El Zonda, y utilizando la iniciativa del obispo fray Justo Santa María de Oro, creó el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, destinado a la educación femenina.

Proscripto de nuevo en Chile, dirigió una escuela normal, fundada por él, reformó la enseñanza de la ortografía y de la lectura, dotando a las escuelas de silabarios y textos, modernizando los sistemas de enseñanza.

En reconocimiento a su labor, fue comisionado para estudiar el desenvolvimiento de la instrucción primaria en Europa y Estados Unidos. De regreso publicó la Educación popular (1849), donde expuso la experiencia recogida.

Después de Caseros, en 1856 fue designado jefe del Departamento de Escuelas de Buenos Aires. Al poco tiempo de ocupado el cargo, produjo su primer Informe, en el que reunió, lo mismo que en los subsiguientes, los datos estadísticos, las críticas a los sistemas de enseñanza y ias modificaciones que debían realizarse.

Su primera preocupación fue pregonar la necesidad de dotar de rentas propias a la educación, constituyendo un fondo escolar con dinero obtenido mediante impuestos. En 1857 abrió una escuela modelo: la Escuela Superior de Catedral al Sud, que, aunque improvisada, demostraba la nobleza de la tarea escolar. Luego en 1858 envió a las Cámaras un proyecto sobre la construcción de edificios para 17 escuelas. El mismo año fundó los Anales de la Educación Común, primera revista exclusivamente pedagógica que tuvo el país.

En cuanto a la formación del magisterio, no creía haber llegado el momento de instalar escuelas normales, pues eran numerosas las personas capacitadas que deseaban dedicarse a la enseñanza, lo que sintetizaba en la frase: “Haya escuelas, que el maestro existe“. Aunque años después manifestara lo contrario, creyó suficiente la preparación de las maestras de la Sociedad de Beneficencia.

Para mejorar la enseñanza se propuso difundir nuevos textos escolares y para ello contrató en Estados Unidos la provisión de manuales traducidos al español, mientras eran numerosos los textos que en esos momentos se publicaban en Buenos Aires.

En 1861 abandonó el cargo para pasar a ocupar el Ministerio de Gobierno. Presidente de la República en 1868, designó como Ministro de Instrucción Pública a Nicolás Avellaneda, cuya actividad educacional señalaremos más adelante. Durante su presidencia se difundió la cultura y la enseñanza superior y especial, fundándose el Observatorio Nacional de Córdoba, escuelas normales, vienen maestras norteamericanas, se le encarga al alemán Burmeister la Facultad de Ciencias Exactas de Córdoba, se fundan escuelas de Agricultura, el Colegio Militar, la Escuela Naval, etc.

Promulgada la ley de educación común de la provincia de Buenos Aires, fue llamado a ocupar el cargo de director general de Escuelas. Al año siguiente inició la publicación de la revista La Educación Común en la Provincia de Buenos Aires, con el objeto de difundir la aplicación de la ley. Inmediatamente produjo otra vez sus notables informes, que muestran el estancamiento en que se encontraba la enseñanza oficial por falta de fondos.

En 1881 presentaba su renuncia para ser designado por Roca, contando 78 años de edad, superintendente de las escuelas de la Capital, donde le acompañaron como consejeros Navarro Viola, Wilde, de la Barra, Van Gelderen y Guido Spano, sirviendo su actuación de precedente a la ley 1.420. Falleció en Asunción (Paraguay) en 1888.


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La organización definitiva de la enseñanza Hacia la unidad nacional. En febrero de 1861, Sarmiento abandonaba la dirección del Departamento de Escuelas para ocupar el Ministerio de Gobierno. Desde este momento el interés por la enseñanza volvió a, decaer. Ello tiene su explicación histórica. Mientras Buenos Aires gozaba de gran prosperidad, hubo pocos momentos de paz.

Las luchas con la Confederación que terminaron en Pavón en 1861 y más tarde la guerra con el Paraguay (1865-70) preocupaban al país. Sin embargo, a pesar de que los problemas educacionales se agudizaban, iban arbitrándose medios para solucionarlos. La reacción comenzó en 1868, favorecida por la acción, al frente de la administración, de tres gobernantes eminentes: Mitre, Avellaneda y Sarmiento.

mitre Mitre no pudo satisfacer las necesidades educacionales del país, pero, lleno de fe en el futuro, proyectó numerosas iniciativas. Su ministro Eduardo Costa destacó la necesidad de establecer un impuesto y de crear una partida fija en el presupuesto destinada a fondo escolar y propuso la organización de una inspección general destinada a vigilar la educación.

La iniciativa más importante de Mitre en orden a la educación fue la creación del Colegio Nacional de Buenos Aires, el 14 de agosto de 1863. La enseñanza secundaria había tenido hasta ese momento la finalidad de brindar a la juventud estudios de carácter preparatorios para ingresar a la universidad.

Esta enseñanza se impartía én establecimientos de distinto tipo, unos dependientes de la Nación, otros de las provincias y otros de las comunidades religiosas, siguiéndose distintos planes.

Después de haber estudiado la situación de los colegios existentes, Mitre creó el Colegio Nacional sobre “la base del Colegio Seminario y de Ciencias Morales”, destinado no tan sólo a la preparación para la universidad, sino para formar hombres útiles para la vida nacional. Al año siguiente se crearon colegios nacionales, a imitación del de Buenos Aires, en Salta, San Juan, Catamarca, Tucumán y Mendoza, quedando con ello definida nuestra enseñanza secundaria.

Avellaneda. — Sarmiento tuvo en Nicolás Avellaneda un ministro eminente en orden a la educación. A partir de su ministerio y luego de su presidencia; la acción del Estado en favor de la educación se consolidó paulatinamente en toda la Nación.

nicolas avellanedaAvellaneda encaró en sü totalidad el problema de la instrucción y presentó al Congreso el primer “plan de instrucción general” de que hablara la Constitución. Poseía una visión completa del problema y creía llegado el momento de encarar su solución definitiva. Para esto la formación del maestro era lo primordial.

“La escuela—decía— requiere la presencia del maestro, que es su alma, y del que depende su decadencia o progreso.” “El maestro no se improvisa; debe ser formado, y la Nación prestará su más valioso servicio a la educación primaria en las provincias, fundando y sosteniendo con sus rentas dos o tres establecimientos donde reciba la educación especial que ha de habilitarlo para desempeñar su elevada misión.”

En la memoria de 1875, Avellaneda exponía los males y las necesidades de la educación primaria: “Se echa de menos un impulso homogéneo, una ley común, un plan superior”.

El primer paso destinado a remediar en parte las deficiencias de la instrucción fue la sanción de la ley de educación común de la provincia de Buenos Aires (1875), que operó un cambio radical en la organización, dirección y régimen financiero de las escuelas.

La acción de la escuela debía ser completada por el libro. Para llevar a la práctica la iniciativa, el 23 de septiembre de 1870 se creaba la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares, bajo cuyos auspicios llegaron a existir numerosas bibliotecas, propendiendo con ello a elevar el nivel cultural del país.

En 1885 se sancionaba, también por su iniciativa, la ley universitaria, que tendía a dar a las universidades existentes (Buenos Aires, Córdoba) y las que vinieran en lo sucesivo, las normas legales que regularan su funcionamiento.

No podemos dejar a Avellaneda sin recordar su posición ante el problema de la enseñanza religiosa. Para Avellaneda el hombre es un ser esencialmente religioso. Por lo tanto, la educación, si quiere ser integral, debe procurar el cultivo del hombre entero.

“Dejemos a Cristo en la escuela. Representa la ley del deber y la independencia en la formación del alma humana. Pretende arrojarlo de su recinto una teoría política que se propone el avasallamiento del hombre interior por el Estado mediante lo que se llama ciencia. Lo borra en la escuela esa triste secta que se apellida positivista, porque cuenta, pesa, tritura el átomo y no encuentra a Dios en el fondo de su alquimia. La educación religiosa es fundamental para la formación total del hombre y en particular para los argentinos. La enseñanza religiosa debe mantenerse para no romper con el vínculo nacional y la tradición cristiana.”

PREDOMINIO PESTALOZZIANO Y POSITIVISTA

La Escuela Normal de Paraná señala toda una época en nuestra educación. La introducción de ciertos principios, modalidades y expresiones en nuestra enseñanza están unidos a sus orígenes.

La historia de la escuela normal en la Argentina es muy accidentada. Conocemos tentativas de instalación cuando se impuso el sistema lancasteriano, cuando se creó la Sociedad de Beneficencia, cuando abrió una el Estado de Buenos Aires, y cuando se autorizó un funcionamiento anexo a los colegios nacionales de Concepción y Corrientes, pero ninguno de estos ensayos fue satisfactorio.

Durante la presidencia de Sarmiento el problema encontró su solución definitiva: el 13 de junio de 1870 se aprobaba la erección de una escuela normal en Paraná. Dispuesto a infundirle un espíritu nuevo, contrató para el dictado de las cátedras a profesores norteamericanos y puso al frente de la escuela a Jorge Stern. La formación profesional que infundieron estos educadores era puramente empírica, limitada a la ejercitación de la observación y la práctica de la enseñanza.

En la Escuela Normal de Paraná primaron distintas influencias ideológicas y desde su creación hasta comienzos de este siglo, fue el centro difusor de los idearios filosóficos que han gravitado en la pedagogía argentina. Dos son sus momentos característicos: uno inicial determinado por los métodos traídos por los norteamericanos y por la aceptación de la pedagogía pestalozziana, y otro de madurez, conocido como el normalismo, donde imperan las doctrinas pedagógicas del positivismo cientificista y evolucionista.

La pedagogía pestalozziana. — El conocimiento de los principios de Pestalozzi en nuestro medio fue tardío. En 1867 se hace referencia a su sistema como reacción contra el sistema lancasteriano. En el proyecto de reformas a la enseñanza de Marcos Sastre, se propone aplicar la doctrinas del pedagogo suizo e introducir en la enseñanza las “lecciones de cosas”.

Años después los americanos aplicaron los principios pestalozzianos en Paraná, pero estas doctrinas no hubieran tenido divulgación si no hubieran encontrado un fervoroso propagandista en el que fue director de la escuela, José María Torres. Este maestro, que había estudiado en Madrid, difundió entre los normalistas, de una manera sintética, los famosos principios de Pestalozzi a través de un Curso de pedagogía, en tres tomos, que orientaron a nuestros primeros maestros. La influencia que ejerció esta obra sobre la enseñanza, fue muy amplia.

El positivismo pedagógico. — Mientras el pensamiento de Pestalozzi se iba difundiendo, la presencia en Paraná del profesor italiano Pedro Scalabrini determinó una nueva orientación pedagógica: el positivismo. El ambiente era propicio, ya que eran grandes los adelantos materiales y económicos que ocurrían en ese momento en el país.

Influenciado por las doctrinas de Comte, de Spencer y de Darwin, sostuvo Scalabrini la educación física y el cuidado de la salud como actividad primordial de la escuela, la concepción evolucionista como visión del hombre, y la prioridad de la enseñanza de las ciencias naturales y de las matemáticas sobre cualquiera otra otra clase de conocimientos.

Más tarde, defendió sus postulados a través de una revista, La Escuela Positiva, que dirigió en Corrientes (1889). “El camino de la investigación y de la experimentación —decía— estará siempre abierto. La escuela será un gabinete de ensayos, y el niño, el hombre y la sociedad serán estudiados en sí mismos, a fin de conocer su presente y poder transformar su porvenir.” Sus alumnos, los normalistas, al esparcirse, dice Korn, llevaron con una dedicación ejemplar, rayana a veces en el sacrificio, los conceptos del orden, de la disciplina y del método, sin sospechar cuan escaso era el caudal de su aparente saber enciclopédico.

Desconocían la duda. En ellos, el sentimiento de la propia suficiencia llegaba hasta la convicción de poseer la verdad definitiva y de hallarse habilitados para enseñarla con autoridad dogmática. Esta actitud de autosuficiencia, que tuvo su hora en nuestro magisterio, se. conoce con el nombre de “normalismo”.

La orientación positivista, que en cierto momento fue exclusiva en nuestra educación, pasó de la Escuela Normal a la Sección Pedagógica de la Universidad Nacional de La Plata y encontró su mejor expresión en las investigaciones psicológicas realizadas por Víctor Mercante y Rodolfo Senet.

El liberalismo y la legislación laica. — Alrededor de 1870 se dejó sentir entre nosotros la influencia del pensamiento económico y político francés. Numerosos exilados políticos que por diversas razones arribaron a nuestras playas, aportaron una considerable contribución al progreso de la educación y de la ciencia. Baste recordar los nombres de Moussy, Bravard, Jacques, Larroque, Cosson, Groussac.

Mientras tanto, una nueva clase social, una élite conservadora se fue apropiando de todas las posiciones del país. Un sentido aristocrático de superioridad social comenzó a aflorar en los hombres de esta generación. Preocupados por encauzar al país en la vida del progreso, les parecía necesario adoptar todas las soluciones del liberalismo europeo como la libertad mercantil, el Estado gendarme pasivo que se limita a mantener el orden, proteger la propiedad, estimular la enseñanza y fomentar las obras públicas, y considerar la religión como un problema privado de la conciencia individual.

Esta tendencia debía, a poco, conducirlos al problema de la enseñanza religiosa, cuyos antecedentes resumiremos. Al federalizarse Buenos Aires, las escuelas pasaron al dominio de la Nación, quedando por lo tanto privadas de leyes sobre instrucción. Cuando el Congreso se dispuso a dictarlas, se planteó el problema de si se modificaría o si se continuaría con la ley de educación común de la provincia de Buenos Aires.

En 1882, con motivo de la Exposición Continental, siguiendo la moda imperante, se dispuso la reunión de un Congreso Pedagógico cuyo tema principal era el estudio del estado de la educación en la República. A sus sesiones concurrieron toda clase de delegados, y los temas tratados fueron más o menos los contenidos en la ley de educación común, pero hubo una propuesta totalmente novedosa: el laicismo escolar.

Los ecos de los debates promovidos por Julio Ferri en Francia resonaban en las sesiones. Mediante una hábil maniobra de la presidencia, los católicos y algunos liberales moderados (Estrada, Goyena, Sastre, Lamarca, Navarro Viola) se vieron privados de defender sus ideas, sancionándose conclusiones contrarias a la enseñanza religiosa. El nuevo ministro de Instrucción Pública, Wilde, felicitó al Congreso Pedagógico en el discurso de clausura por las cuestiones traídas al debate, e hizo saber que hacía suyas las conclusiones como base de reformas indispensables.

En 1884, fundándose en la ley de. 1875 y en los antecedentes de este congreso, se sancionaba la ley 1.420, que sirvió de base a toda la organización de nuestra enseñanza primaria.

Fuente Consultada:
Historia de la Educación – Juan Carlos Zuretti – Editorial Itinerarium – Colección Escuela –
Enciclopedia Electrónica ENCARTA – Microsoft
Enciclopedia del Estudiante Tomo 19-Historia de la Filosofía – Editorial Santillana
Wikipedia –





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