Historias de Espionaje En La Guerra Fria F.B.I., Espias y Traidores



Historias de Espionaje En La Guerra Fría
El F.B.I., Espías y Traidores

Dentro de la variada gama de causas que ventilan los tribunales de todas las latitudes para cumplir con su misión de instruir justicia, tal vez ninguna revista caracteres tan apasionantes como los casos de espionajes mayor y de alta traición. Ello porque en esta clase de procesos, más allá de la suerte individual de los acusados, están comprometidos el destino de una nación, de una causa, o de una guerra; en suma, los grandes intereses que mueven y dividen a los pueblos. En su conjunto, estos juicios representan, ni más ni menos, un panorama y una síntesis de las complejas peripecias del acontecer mundial. Aisladamente, cada uno constituye en sí un trozo de momento histórico crucial.

HISTORIA DE ESPIONAJE: 1

EL «CRIMEN DEL SIGLO»: Tras el tan comentado caso Hiss, las investigaciones acerca de las actividades pro-comunistas en los EE.UU. se intensificaron, alcanzando no sólo a los altos funcionarios gubernamentales, sino que extendiéndose a la esfera de los hombres de ciencia, de algunos de los cuales se comenzó a sospechar que estaban entregando secretos estratégicos a la URSS. Así fue como aparecieron ante la luz pública los casos Fuch, Harry Gold y Rosenberg.

A comienzos de septiembre de 1949 el F.B.I., a raíz de un informe ultra secreto encontró pruebas irrefutables de que agentes al servicio de la URSS habían robado datos vitales acerca de la fabricación de la bomba atómica y su mecanismo detonador.

En pocos días se llegó a la conclusión de que el culpable principal debía pertenecer a la misión científica extranjera, que en combinación con los físicos norteamericanos trabajó en el centro de Alamogordo en los experimentos nucleares de EE. UU. hasta obtener la bomba en 1945. Mientras se desarrollaba la intensa búsqueda en procura del responsable de este grave hecho, el Presidente Truman sacudió a su país al anunciar que su Gobierno «tenía pruebas de que en las últimas semanas se había producido en la URSS una explosión atómica».

El mundo se enteró entonces de que los EE.UU. ya no tenían el monopolio de la mortífera arma. Así fue como quedó flotando en Norteamérica la imagen de que de algún modo un traidor tenía que haber contribuido en algo a aquella proeza científica de los ruso. De esta manera , el robo de información nuclear pasó automáticamente a convertirse en «el crimen del siglo».

Klaus FushA fines de septiembre de 1949 los indicios reunidos apuntaban acusadoramente a Klaus Fuch, sabio nuclear que, como tantos hombres de ciencia, había escapado de Alemania a Inglaterra en 1933, cuando Hitler conquistó el poder.

Posteriormente, Fuch había viajado a los EE. UU., en 1943, como miembro de una misión británica para trabajar en la desintegración del átomo, con pleno acceso a todos los secretos básicos de las experimentaciones que se llevaban a cabo en Alamogordo. Detenido en Inglaterra en diciembre de 1949, Fuch no tardó en confesar su delito.

Reconoció haber entregado secretos atómicos a los rusos desde que empezó a trabajar en investigaciones nucleares, en 1942, hasta septiembre de 1949.

Sintiendo simpatías por el régimen soviético, confesó haber buscado por su propia iniciativa a los rusos, los cuales le dieron las contraseñas de un «desconocido» en Norteamérica, «Raymond», al cual había suministrado información atómica en forma irregular, pero frecuente, Klaus Fuch compareció ante el tribunal de Old Bailey el 1° de marzo de 1950, acusado de proporcionar informes sobre el diseño y montaje de armas nucleares a los rusos.

En concreto, Fuch se declaró culpable de «entregar a personas informaciones que podían ser útiles al enemigo». Su principal abogado defensor, Derek Curtis-Bennet, alegó en su descargo que cuando Fuch obtuvo la ciudadanía británica en 1942, «era un comunista conocido y jamás fingió en ser otra cosa». Sin embargo, el presidente de la Suprema Corte, Lord Goddard, después de escuchar cientos de testimonios, dictó sentencia dirigiéndose a Fuch con estas palabras: «Usted ha pagado con la más grosera de las traiciones la hospitalidad y la protección que le brindó este país. . . La máxima pena prevista es la de catorce años. Esa es la condena que le impongo».



En EE. UU., en tanto, faltaba por determinar quién era el «desconocido» al que Fuch había entregado la información atómica, y que se hacía llamar «Raymond».

Después de muchas pesquisas fue al fin encontrado: se trataba de Harry Gold, hijo de emigrantes rusos y químico de profesión, que había llegado al país a la edad de tres años. Habiendo entrado en contacto con círculos comunistas en su adolescencia, Gold había terminado por convertirse en un espía al servicio de la URSS, siendo el trabajo más grande de su carrera el haberse desempeñado como enlace entre Fuch y los soviéticos.

El químico debió comparecer ante un gran jurado en Brooklyn, el 9 de junio de 1950, acusado de espionaje. Se declaró culpable en Filadelfia, el 20 de julio de 1950, y el 9 de diciembre de aquel mismo año era sentenciado por el juez James P. McGranery a treinta años de cárcel.

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HISTORIA DE ESPIONAJE: 2

EL ESPÍA NUNN MAY:  Treinta años después del enjuiciamiento de Casement, la severa Corte de Old Bailey fue escenario de un sensacional caso de espionaje y traición que tuvo por protagonista a Alan Nunn May, científico británico cuyas simpatías hacia el marxismo lo impulsaron a convertirse en espía de los rusos y a suministrarles informaciones atómicas.

Nunn May, hijo de un fundidor de bronce, había nacido en Birmingham en 1911 y tras obtener una beca para el Trinity College de Cambridge, se había doctorado en matemáticas y ciencias naturales. Habiendo viajado a Leningrado en 1936, sus inclinaciones izquierdistas lo llevaron a ponerse así servicio de la URSS.

En 1942, durante la guerra, le cupo participar en razón de sus brillantes méritos científicos en el proyecto Tubo Alloys, en el laboratorio Cavendish de Cambridge, firmando la solemne promesa de respetar el Acta de Secretos Oficiales de su nación. Al año siguiente era enviado a Ghalk River, Canadá, para proseguir sus investigaciones, que estaban directamente vinculadas con la investigación nuclear.

En la primavera de 1945, época en que la primera bomba atómica iba a ser detonada en Álamo gordo, Numm May, por mediación de la embajada rusa  en Otawa recibió instrucciones de suministrar información nuclear para la URSS. Al parecer, cumplió esta tarea con gran éxito, dando a conocer los avances atómicos logrados en los laboratorios de Canadá y ocasionalmente los obtenidos en EE. UU., habiendo viajado en una oportunidad a Chicago.

Después de dirigirse a Moscú para dar cuenta de su labor, Nunn May retornó a Londres en septiembre de 1945, pasando a servir un cargo docente en el Kimgs College, desde el cual intentó continuar su labor de espionaje en favor de la URSS. Pero un funcionario del Departamento de Cifrado de la embajada rusa en Ottawa, llamado Gouzenko, desertó por aquellos días, llevándose consigo comprometedores documentos que consignaban las actividades de May.

Gouzenko se puso bajo la protección de la Policía Montada canadiense, no trepidando en divulgar cuanto sabía. Así fue como la policía inglesa, convenientemente enterada, comenzó a vigilar estrechamente a Nunn Maiy en Londres, y cuando tuvo en sus manos los antecedentes necesarios para proceder, lo arrestó el 4 de marzo de 1946.



Bajo la acusación de traicionar el Acta de Secretos Oficiales, la Corte de Old Bailey abrió proceso contra Nunn May, el cual fue declarado culpable, sentenciándosele a diez años de prisión. «Todo el asunto fue extraordinariamente penoso para mí —declaró el inculpado durante el juicio—, y si me comprometí en esto fue porque pensé que era una contribución a la seguridad de la humanidad. No lo hice por las ganancias materiales.»

Esta confesión fue esgrimida por la defensa de May como atenuante del delito. Sin embargo, el juez Oliver, quien presidió el caso, al dictar sentencia expresó lapidariamente: «Opino que usted no actuó como un hombre honorable, sino que con deshonor. Si fue el dinero lo que le impulsó a realizar lo que hizo, en efecto, consiguió dinero por ello».

El Ministro del Interior británico de la época, Chuter Ede , afirmó en la Cámara de los Comunes que Nunn May «había vendido los conocimientos que había adquirido al servicio de su país a un gobierno extranjero para uso privado y particular». Sin embargo, a pesar de la relevancia que tuvo el caso, nadie pudo describir a May con precisión.

Para unos fue «un hombre encantador, no muy alto, triste, con un sentido muy adusto del humor». Otros le recuerdan simplemente como una persona «incolora» o como «una especie de empleadillo de banco insípido«. En el momento de ser arrestado, Nunn May vivía solo, muy retraídamente, cobrando un salario de 800 libras anuales como profesor de física del Kings College, Liberado en diciembre de 1952, habiendo cumplido seis de los diez años de su condena, el científico se retiró a vivir en Cambridge.

El fin de la Guerra Fría

A fines de 1989 -el año en que se celebró el bicentenario de la Revolución Francesa- los televisores de todo el mundo mostraron cómo una multitud de alemanes orientales se dedicaba a demoler el Muro de Berlín. El Muro simbolizaba la división de Alemania -y del mundo- en dos mitades, que representaban el orden capitalista y el orden comunista.

El proceso que condujo a la caída del Muro -y a sucesivos cambios- fue iniciado a mediados de la década de 1980 por el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijaíl Corbachov. El propósito de Gorbachov era la reforma del sistema soviético, que condensaba en dos términos: perestroika -que aludía a la reestructuración económica- y glasnost -que remitía a la transparencia y a la apertura política-.

Este proceso suponía, además, una progresiva eliminación de los conflictos estratégico-militares con el bloque occidental, es decir, la terminación programada de la Guerra Fría. Esta tendencia de desmilitarización se puso de manifiesto con los acuerdos para el desarme celebrados con los Estados Unidos.

La reforma «desde arriba» del sistema soviético no tuvo el desarrollo imaginado por sus iniciadores. En pocos años, el régimen comunista se desmoronó, la Unión Soviética se desmembró y prácticamente desapareció como potencia mundial, encerrada en los problemas provocados por la transición de la economía centralmente planificada y el sistema de partido único, a la economía de mercado y la democracia representativa.

Las consecuencias del fin de la Guerra Fría todavía no pueden ser apreciadas en toda su magnitud. Sin embargo, hay cambios profundos y perceptibles que pueden destacarse: la suspensión de la amenaza de una guerra atómica entre las potencias y la reconversión de la industria bélica; la alteración de los equilibrios políticos y militares en las zonas calientes de la Guerra Fría –la Guerra del Golfo y el proceso de paz entre israelíes y palestinos se relacionan con este cambio-; la pérdida de atractivo del modelo comunista frente al capitalismo liberal; el surgimiento de movimientos nacionalistas en los países de Europa del Este y en la ex Unión Soviética; el crecimiento del integrismo islámico, y la configuración de un nuevo esquema de poder internacional marcado por un relativo declive del poderío de los Estados Unidos y los ascensos de Europa y, sobre todo, del Japón.

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HISTORIA DE ESPIONAJE: 3

EL AFFAIRE HISS  CHAMBERS: Durante los años de la «guerra fría«, que siguió a la última conflagración mundial, el F.B.I. después de haberse destacado en la década del treinta en su lucha contra el gangsterismo, se convirtió en la principal palanca del gobierno norteamericano en el combate contra la ideología y espionaje comunistas en toda la extensión del territorio.

En algunos casos la búsqueda de «complots comunistas» se convirtió en una verdadera psicosis, que llegaría más tarde a su punto culminante con el irrazonable «McCarthysmo«.

 En este clima, muy pronto saltó al tapete de la discusión el tema «comunistas infiltrados en el Gobierno», al afirmarse que no pocos funcionarios de Estado que desempeñaban cargos de confianza aparecían ligados al «comunismo internacional». Fue en esta atmósfera cuando en 1948 estalló el gran escándalo del caso Hiss (foto), el cual produjo una conmoción pocas veces igualada en los EE. UU.

En agosto de aquel año un ciudadano llamado Wbittaker Ghambers se presentó ante la Comisión de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes confesando que había sido miembro del Partido Comunista desde 1924 a 1937, y agregando que había pertenecido también al sistema de espionaje soviético, traficando con documentos sustraídos al Gobierno norteamericano.

Pero la conmoción alcanzó su clímax al asegurar Chambers qüe uno de sus  colaboradores en esta actividad era nada menos  que Alger Hiss, un joven y brillante diplomático norteamericano, que antes de la guerra y durante ella trabajó al servicio del Departamento de Estado. Al ventilarse en los tribunales, el caso Hiss-Chambers atravesó por variadas y sorprendentes alternativas.

Primero, Hiss negó todos los cargos en su contra, afirmando que sólo conocía a Ghambers bajo el nombre de George Crosely, escritor de segunda categoría. Después el acusado inició una demanda por calumnia e injurias contra Ghambers por calificarlo públicamente de «comunista», exigiendo una indemnización de 75 mil dólares. A esto Chambers replicó exhibiendo los documentos del Departamento de Estado que le había entregado Hiss para darlos al coronel Boris Bykov, agente soviético, y además algunos microfilms comprometedores. Por último, Hiss tuvo que reconocer que algunos de los documentos mostrados por Chambers estaban escritos de su puño y letra.

La labor del F.B.I.. en el caso Hiss consistió en investigar la exactitud de los cargos formulados por Ghambers y de las negativas del acusado. Entre otras pruebas, los agentes federales comprobaron que algunas informaciones exhibidas por Chambers habían sido dactilografiadas por la máquina de escribir de Hiss.

Localizaron asimismo a una mucama que reconoció haber visto al inculpado en la casa del denunciante y descubrieron a un tal Félix Inslerman, fotógrafo afiliado al Partido Comunista, quien efectuaba las fotocopias en microfilms que el funcionario del Departamento de Estado suministraba al espía. El primer acto del proceso se inició en mayo de 1949, después que un gran  jurado federal reunido en Nueva York dictara orden de encausamiento contra Alger Hiss, ,por perjurio, el 15 de diciembre de 1948.

En este primer proceso el jurado no llegó a ningún acuerdo, por carecerse todavía de pruebas condenatorias. Pero en un segundo juicio, realizado en noviembre de 1949, Hiss fue declarado culpable y condenado a cinco años de prisión, saliendo en libertad en noviembre de 1954.

Al parecer, esta sentencia relativamente suave se debió al hecho de que las informaciones proporcionadas por Hiss a Chambers no revestían un carácter muy grave para la seguridad nacional. El propio Wihittaker Ghambers al relatar el caso Hiss en su obra «El Testigo», empresa: «Las fuerzas que en definitiva ganaron para la nación la causa Hiss fueron: Tomas Murpby, Richard Nixon, los hombres del F.B.I, junto con los dos jurados de acusación, y Tom Donegan, y los otros jurados del proceso».

El entonces representante de California y hoy Presidente de EE. UU., Richard Nixon —quien se ha caracterizado por su posición vehementemente anticomunista— no trepidó en calificar a Hiss y sus actividades simplemente como «despreciables». En cambio, el entonces Presidente Trumao y su Secretario de Estado Dean Acheson guardando prudente reserva.

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HISTORIA DE ESPIONAJE: 4

Fuente Consultada: Hechos Históricos Revista Nro.21 – Wikipedia – Secretos y Misterios de la Historia – Revista Muy Interesante

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