Características de Gobiernos Totalitarios Hitler-Stalin-Videla



Características de Gobiernos Totalitarios
Hitler-Stalin-Videla

«Totalitarismo» es un término relativamente moderno y se usa para designar una concepción filosófico-política del hombre y del Estado.

Frecuentemente se confunde totalitarismo con «gobierno absoluto» con «gobierno fuerte» o con «dictadura». Aunque tiene algo de común con todos ellos, en su sentido estricto, es algo diverso.

El vocablo totalitarismo expresa sometimiento total, de todo el hombre, al Estado o al partido.

El totalitarismo es un fenómeno de reacción contra el liberalismo individualista, padre del capitalismo desalmado, explotador de la clase obrera y causante de tantas injusticias sociales. Generalmente los movimientos totalitarios conquistaron el poder en forma camouflada, encarnando una aspiración colectiva nacional o la reivindicación de flagrantes injusticias. Una vez instalados en el mando dieron a conocer sus ideas totalitarias y mostraron sus tentáculos absorbentes.

La doctrina, tesis general, del totalitarismo sostiene que «el Estado es un ente absoluto y los individuos, las familias y los grupos son relativos, y reciben del Estado todos sus derechos«. Por consiguiente, «la vida y la actividad individuales deben desarrollarse en el Estado y para el Estado». El Estado es el fin supremo que ejerce derechos ilimitados, independientemente de la ley natural.

La doctrina totalitaria acerca de la función de Estado, lleva a las siguientes funestas consecuencias:

• Convierte al Estado en un Dios.

• Deja el Estado de ser un medio y se transforma en un fin al cual todo y todos deben someterse.

• La persona humana queda convertida en esclava del Estado, el cual se apropia hasta de los derechos naturales del hombre.

• Se niegan los derechos que el Estado no quiera o no le convenga reconocer.



• Se extinguen las libertades individuales.

Por diversas razones, no todos los gobiernos totalitarios han llevado esta doctrina a sus últimas consecuencias. En la práctica algunos de ellos han maniobrado procurando adaptarse a las circunstancias.

Cada movimiento totalitario tiene, como se verá, sus carac teres peculiares. El prototipo do crudo y sangriento totalitarismo existente en la actualidad lo constituye el comunismo bolchevique, el yugoeslavo, el chino y el cubano. Otros regímenes’ totalitarios, fascismo, nazismo, coincidieron por su carácter netamente anticomunista, por su respeto a ln propiedad privada y por la promoción de las sociedades de obreros y patronos.

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Características de Gobiernos Totalitarios Hitler-Stalin-Videla

Adolf Hitler (Alemania)Josef Stalin (Rusia)Pol Pot (Camboya)Jorge R. Videla (Argentina)Los Jóvenes Turcos

CONCEPTO DE GOBIERNOS TOTALITARIOS O AUTOCRACIAS Aunque las ideologías totalitarias habían echado raíces en el siglo XK, en los escritos de Darwin, Marx y Nietzsche, su realización práctica sólo fue posible en el siglo xx, en el que la llegada de las comunicaciones a gran escala y de la producción en serie permitió que la sociedad y la economía se movilizaran para un objetivo único. Lo que caracteriza al totalitarismo, de derecha o de izquierda, es su ambición de totalizar, de someter todos los aspectos de la vida a la supervisión de una autoridad central.

En Italia, los fascistas empezaron a «totalizar» de verdad cuatro años después de tomar Roma. En la Unión Soviética, el Partido Comunista había empezado el proceso tras ganar la revolución de 1917 (pero sufrió reveses en los primeros años). En Alemania, en cambio, los nazis manifestaron sus intenciones totalitarias mucho antes de llegar al poder en 1933.

En 1928 el director de propaganda, Joseph Goebbels, ya utilizó publicaciones del partido para configurar las opiniones de los alemanes no sólo en materia política sino también en esferas hasta aquel momento consideradas no políticas, como educación, música, deportes y literatura. Cuando el partido y el Estado constituyeron una sola cosa, el gobierno empezó a controlar todas estas esferas y más.

Tanto el fascismo como el nazismo prometieron la gloria nacional eterna, o casi eterna: una resurrección del Imperio Romano y el Reich de mil años. Los pueblos de las dos naciones, los italianos y los alemanes «arios», eran superhombres, elegidos por el destino para gobernar a los demás. A la vez sólo constituían el barro que un ser verdaderamente trascendental modelaría: el líder. En Italia y en Alemania todas las decisiones provinieron de un hombre al que prácticamente se consideraba un dios, y fueron transmitidas a través de una jerarquía de individuos e instituciones encargados explícitamente de transmitir su voluntad.

El dictador de la Unión Soviética resultó tan despiadado como Hitler y objeto de una adulación similar. Sin embargo, había importantes diferencias entre el régimen político de derecha y el de izquierda. Stalin no estaba considerado como la encarnación de un principio eterno (el Führerprinzip de Hitler), sino solamente como una fase transitoria en el desarrollo del comunismo mundial: la dictadura del proletariado.



Los comunistas insistieron en que esta forma de gobierno era una medida defensiva necesaria en la Unión Soviética a causa de los enemigos capitalistas. De acuerdo con la teoría marxista, duraría hasta que todas las naciones se hallaran en manos de la clase trabajadora, con lo cual el Estado (y las fronteras nacionales) desaparecería.

El igualitarismo y el internacionalismo declarados de los comunistas se encontraban en las antípodas de la obsesión nazi-fascista por el autoritarismo y el nacionalismo (que finalmente desembocó en la Segunda Guerra Mundial), y de la obsesión nazi por la raza (que llevó a la muerte a seis millones de personas).

Esta distinción ayuda a explicar por qué, en los años treinta, muchos intelectuales —desde poetas hasta físicos— se afiliaron a los partidos comunistas de sus países. Asimismo, ayuda a explicar por qué algunos intelectuales antiigualitaristas declarados (y antisemitas incidentales), el más destacado fue Ezra Pound, optaron por el fascismo. En realidad, incluso los izquierdistas podían sentir el encanto oscuro del fascismo, la tentación de reclamar los privilegios feroces del superhombre.

La Gran Depresión trajo consigo la sensación de que el sistema capitalista estaba condenado. En mi país, Inglaterra, como en otras naciones occidentales, la pobreza y el desempleo dieron lugar a llamadas revolucionarias: hubo manifestaciones y disturbios. Sin embargo, en Alemania, donde viví a principios de los años treinta, el desorden que culminó en el ascenso de Hitler resultaba verdaderamente abrumador.

Allí la economía apenas se había recuperado de la derrota de la Primera Guerra Mundial (y de los pagos de las reparaciones que siguieron) cuando la Depresión asestó su golpe. El gobierno de Weimar, impopular sin remedio, saltaba de crisis en crisis mientras los representantes de 29 partidos se gritaban furiosamente unos a otros en el Parlamento.

En nombre de la democracia, el canciller Brüning gobernó antidemocráticamente, por decreto aunque no pudo decretar un final para las peleas callejeras entre los militantes de los dos partidos que crecían con más rapidez: los nazis y los comunistas.

Mujeres jóvenes que habían pertenecido a la clase media vendían sus cuerpos en las esquinas de las calles, frente a restaurantes donde los ricos cenaban lujosamente. Casi todo el mundo se hizo miembro de algún grupo político. El odio aumentaba en estos grupos.

Para escritores jóvenes como yo y Christopher Isherwood (que pronto alcanzó la fama con sus Historias de Berlín), el ambiente de Alemania resultaba extraordinariamente estimulante, y —con su vanguardismo vibrante en arte, arquitectura, música, teatro, incluso en relaciones sociales— incomparablemente más libre que el de nuestro país natal. Pero también era siniestro. Para muchos intelectuales de Occidente, Alemania se erigía como una premonición. Parecía que la humanidad podía elegir entre dos opciones: el infierno del fascismo o el posible paraíso del comunismo.

Mi propia decisión de adherirme al último giró en torno a varios factores. Había leído mucha literatura nazi y la encontró cruel y cínica: junto al racismo, al antisemitismo y al militarismo expansionista, los dirigentes nazis aceptaban abiertamente a la Gran Mentira (como Goebbels la llamó) como una herramienta indispensable para la organización. Por otro lado, me fascinaban las nuevas películas soviéticas que se proyectaban a diario en Berlín.

Obras maestras como El acorazado Potemkin satisfacían mi hambre de esperanza, belleza y heroísmo así como mi sensibilidad moderna. Asistía a reuniones políticas y me enzarzaba en discusiones eternas en los bares y cafés. Y cuando un amigo de Isherwood volvió de la Unión Soviética, ardiente de entusiasmo por los logros de Stalin, empecé un proceso de conversión.



Características de los estados totalitarios
• La dictadura, es decir, concentración de todo el poder en manos de una sola persona.

• El desprecio por el sistema democrático y sus instituciones.

• La organización política teniendo como base un solo partido, el oficial; este es e! único partido reconocido legalmente; todos los demás son ilegales.

• El partido gobernante está dirigido por una minoría.

• Existe una policía secreta que controla a los opositores políticos y vigila la ejecución de la política del gobierno.

• Hay un severo control de la vida nacional en todos los aspectos: industria, comercio, vida sindical, enseñanza, iglesia, etc.

•  La propaganda estatal se efectúa por medio de la radio, el cine, la prensa y demás medios de expresión.

• La enseñanza, en todos sus niveles, está controlada por el estado y la misma sirve de medio de adoctrinamiento y propaganda política.

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