¿Que es un Ídolo? Características, Cualidades y Función Social



¿Que es un Ídolo?
Características, Cualidades y Función Social

Los ídolos: La necesidad del ídolo tiene raíces psicológicas, pero es estimulada  por la sociedad de consumo. Antiguamente un ídolo era una imagen o figura de una deidad adorada como objeto mágico o personificación de un poder divino, pero hoy, a partir de la sociedad de capitalista-industrial del siglo XX, un ídolo también puede ser un artista de cine, un cantante o un destacado deportista.

Por ejemplo en los años 70, nacía un ídolo moderno, James Bond quien representaba la sexualidad y violencia y que parecen conformar un ideal masculino masivo. En él se proyectaban fantasías de poder, de sexo, de omnipotencia, valores propios de esa etapa socio-económica del mundo, post segunda guerra mundial.

james bon idolo de los años 70

El cantante de moda termina de aullar su canción, marcando el compás con movimientos frenéticos de sus caderas. Y con su último aullido crece otro desde la platea: el de la multitud de adolescentes que intentan abalanzarse sobre el ídolo, tocarlo, besarlo, arrancarle las ropas, llevarse una parte de él… Este fenómeno, tan común en nuestro tiempo, se repite en todas partes.

La sociedad de consumo «produce» ídolos… y los consume. Pero para entender el aspecto social del problema hay que conocer sus aspectos psicológicos.

¿QUÉ ES EL ÍDOLO?
El ídolo, como su nombre lo indica, es un objeto idealizado, al cual otras personas invisten de cualidades valiosas, tales como poder u omnipotencia. Cualidades que esas personas desean poseer en su fantasía.

Los primeros ídolos son la madre y el padre. Cuando un niño dice «quiero ser como mi papá», cuando una niña dice «quiero ser como mi mamá», están manifestando su aspiración a un ideal. En la infancia dicho ideal sirve como modelo de identificación, y el niño aprende así el papel masculino o femenino que culminará en la adultez.

En la adolescencia la necesidad, del ídolo se exacerba. Los jóvenes, en su búsqueda de sí mismos, en su lucha por la independencia, se alejan de los padres y buscan otros ídolos. Los encuentran en el actor de cine, en el cantante, en el rebelde. Están buscando en ellos características que desean poseer, y como en la fantasía se identifican con esos ído-
los creen tener las virtudes que atribuyen a éstos.

En los adultos quedan resabios de las etapas anteriores, y por eso no es raro que también ellos tengan ídolos.

ÍDOLOS Y LÍDERES
El ídolo, indudablemente, goza de un prestigio que le da una popularidad enorme. El prestigio consiste en una especie de fascinación que, por una parte, simboliza esos valores que el individuo desea poseer, y que por otra simboliza valores colectivos.

Cuando a ese prestigio se agrega el ascendiente moral, aparece una figura que tiene algo del ídolo, pero que en cierto sentido es más que él. Nos referimos al líder.

El prestigio significa en cierto modo ilusiones mágicas, y confiere al ídolo un poder irracional y a menudo ilusorio.

El ascendiente convierte a ese prestigio en efectos positivos.

Es así como el ídolo se encuentra en ios personajes «inalcanzables», mientras que el líder aparece entre los compañeros de colegio, entre los amigos del barrio, entre personas que están cerca y con las que se puede mantener una comunicación más o menos directa.

No nos referimos aquí al líder en sentido político, en el cual la masa suele ver encarnados sus anhelos individuales, sabiendo al mismo tiempo, inconscientemente, que forma con los otros un todo solidario identificado con aquel líder.

ÍDOLOS INDISCUTIBLES DE LOS AÑOS 70

Keneddy en un discurso

La relevante personalidad de otro líder: John Kennedy.
Presidente de los Estados Unidos, contaba con enorme adhesión, gracias a su prestigio y ascendiente.

idolo de los años 60 elvis presley

La atracción física y talento musical de Elvis Presley.
Pero también una dosis de sexo y de violencia que fascinó a los adolescentes de todo el mundo.

LOS ÍDOLOS DE LA VIOLENCIA
Desde hace mucho tiempo la sociedad de consumo advirtió que po-, día explotar la necesidad masiva de ídolos y se dedicó a la producción de ellos, adaptándola a supuestas necesidades del público, o creando directamente, mediante la propaganda, dichas necesidades.

Así con el nacimiento del cine, nacieron personales como Rodolfo Valentino quien encarnó al ideal romántico del latin lover, Clark Gable al «recio», James Dean al «rebelde»…

En el presente parecen proliferar los ídolos de la violencia. Quizás el arquetipo sea James Bond, que reúne condiciones de sexualidad, valor, agresión y muchas «cualidades» que definirían al ideal de una supermasculinidad.

Este ídolo violento sirve para canalizar las tendencias agresivas que todos tenemos, y que por razones de convivencia social se reprimen.

Estos ídolos violentos entrarían dentro de lo que Erich Fromm, en su libro El corazón del hombre (Fondo de Cultura Económica), denomina violencia juguetona o lúdica. No está motivada por un impulso realmente destructor, sino por el juego que plantea la ficción (ya sea en el cine, la televisión o la literatura).

Es cierto que el exceso de espectáculos violentos puede resultar negativo. Pero también es negativo adoptar una actitud tremendista, y prohibir absolutamente a los niños o jóvenes esos espectáculos que, como dijimos, les sirven para canalizar los impulsos destructivos o agresivos normales en toda persona.

EL ÍDOLO EN CASA
¿Pero qué ocurre cuando tenemos al ídolo en casa? ¿Qué ocurre, por ejemplo, si atribuimos cualidades deídolo a la mujer o al hombre que comparte nuestra vida?

Toda persona lleva en su inconsciente un modelo de lo que para ella debe ser el compañero o compañera de su vida. Este modelo nace en su propia historia personal, en las pautas personales y en el bagaje psicológico hereditario.

Una persona madura, al casarse, podrá jerarquizar siempre a su pareja. Pero su misma madurez hará que pueda aceptar y comprender las imperfecciones, los defectos, la probable ausencia de esas cualidades que se consideraban insustituibles… y que en realidad no lo son.

Una persona inmadura, en cambio, al proyectar su propia realidad interna distorsionará la figura del compañero, pretendiendo que actúe siempre como el ídolo. No ve lo que en verdad el compañero es, sino lo que en su inconsciente necesita ver.

Y cuando la relación está basada en eso, cuando exige la repetición automática de determinados clisés, los resultados sólo pueden ser dos: o el derrumbe o una armonía superficial para esconder el desequilibrio. Esto último sucede cuando el ídolo, también por motivos inconscientes, concuerda con la patología de su pareja.

Con un ídolo en casa será difícil la realización personal de los cónyuges individualmente. Y también la maduración de esa unidad que es la pareja. Los hijos acentuarán estas falencias, alterando el vínculo o viéndose obligados a aceptar aquellos clisés impuestos por sus mayores.

En una pareja sana sus integrantes deben aprender a conocerse y a aceptarse como lo que son: seres humanos, sin un exceso de cualidades irreales. Esto no implica minimizar ni desvalorizar al otro, sino medirlo en su realidad y complementarlo con la propia.

Fuente Consultada:
HOMBRE Y MUJER Para Vivir en Pareja Tomo N°3 Editorial SALMO S.R.L.

 

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