Historia de la Venta de Alaska a Estados Unidos Por Rusia Resumen



Resumen Historia de la Venta de Alaska a Estados Unidos Por Rusia

Las primeras fuentes documentadas relatan que los primeros europeos en llegar a la región de Alaska provenían de Rusia. Sin embargo no hay hechos perfectamente contrastados sobre la fundación del primer establecimiento ruso en la misma.

Lo que si hay es una leyenda que habla de este primer establecimiento, fundado cuando los barcos de una expedición capitaneada por Semyon Dezhnev en 1648, fueron desviados de su ruta y desviados hacia lo que hoy es Alaska.

Venta de Alaska a Estados Unidos Por Rusia

Rusia estaba en una posición financiera difícil y temido perder el territorio de Alaska sin la remuneración en un cierto conflicto futuro, especialmente a sus rivales Británico, que podría capturar fácilmente la región del duro-a-defender. Por lo tanto el emperador Alexander II decidía vender el territorio a los EE.UU. y mandó al ministro ruso a los Estados Unidos, Eduard de Stoeckl, para entrar en negociaciones con Seward en el principio del marzo de 1867.

Las negociaciones concluyeron después de una sesión de la toda la noche con la firma del tratado a las 4 de la mañana de 30 de marzo, con el precio de compra fijado en $7.200.000 (alrededor 1.9¢ por acre).

Americano opinión pública estaba generalmente positivos, pero algunos periódico escritores y redactores tenía sensaciones negativas sobre compra de la tierra. Notablemente, uno de esos hombres era Horace Greeley de Nueva York Tribune.

AMPLIACIÓN DEL TEMA:

En 1867 la Rusia zarista tenía dificultades financieras y diplomáticas. El país tenía enormes deudas a raíz de su humillante derrota en la guerra de Crimea y los ministros del zar Alejandro II apenas podían administrar las vastas y dispersas tierras, propiedad del imperio. Alaska,. que era territorio ruso desde que el explorador Vitus Bering la reclamara en 1741, era una de esas propiedades enfadosas.

Aunque proveía de abundantes pieles de nutria y de foca, la Russian-American Company que operaba en el territorio requería de subsidios estatales para funcionar. Debido a su severo clima y limitado potencial agrícola, Alaska no era un lugar que atrajera a los colonos. Separadas del continente asiático por el mar de Bering, las inhóspitas costas de Alaska sólo tenían unas cuantas bases de comercio de pieles, un puñado de tramperos y algunos cientos de agentes y soldados rusos para mantener la autoridad del zar.

En caso de que Inglaterra o EUA codiciaran Alaska, el zar y sus generales no podrían defenderla de modo oportuno o efectivo. Los rumores de que en Alaska había oro y otros minerales valiosos sólo hacía más precaria la situación de sus dueños. El zar estaba seguro de que, en cuanto los estadounidenses supieran algo acerca de lo que yacía bajo la árida superficie de Alaska, surgiría una estampida similar a la que arrancó a California de México en 1849. Era mejor vender en ese momento el territorio por una suma modesta que permitir su pérdida a cambio de nada pocos años más tarde.
Alza de precio
A principios de marzo de 1867 el zar instruyó a su embajador, barón Eduard de Stoeckel, para que ofreciera por cinco millones de dólares el vasto territorio al secretario de Estado de EUA, William H. Seward. Se iniciaron de inmediato cordiales conversaciones en Washington.



Pronto quedó claro que Seward no sólo se interesaba en esta transacción: le urgía concluir las negociaciones. Expansionista declarado y creyente en el «destino manifiesto» de EUA para extender su dominio en Norteamérica, Seward estaba convencido de que Alaska, a pesar de su lejanía, cobraría con el tiempo un gran valor para su país. Tomó toda una generación comprender su verdadera valía. Pero Seward tenía que procurarse el apoyo del Congreso antes de que los enemigos del presidente Andrew Johnson tuvieran tiempo para reunir fuerzas y montar una contraofensiva.

Stoeckel, intuyendo la urgencia de Seward, adoptó una actitud despreocupada hacia la venta. Supuso que, conforme se elevara la ansiedad de Seward, ocurriría otro tanto con el precio potencial de Alaska. El ardid funcionó. En las siguientes dos semanas Seward elevó su oferta al indiferente Stoeckel. Finalmente, la noche del 29 de marzo, el representante ruso recibió una promesa de 7.2 millones de dólares y ambos estrecharon las manos. Seward insistió en firmar el tratado esa misma noche: ambos sacaron de sus camas a sus respectivos asistentes y se reunieron en el Departamento de Estado, donde rubricaron el tratado de 27 páginas a las 4:00.

Fuente Consultada: Secretos y Misterios de la Historia Reader´s Digest

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