Vida Cotidiana en Buenos Aires Colonial: Casas, Agua, Matrimonio



Vida Cotidiana en Buenos Aires Colonial – Arreglo de Matrimonio Con Comerciantes

Las Casas en Buenos Aires Colonial – Vida Cotidiana en Buenos Aires Virreinal

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Las casas del centro de la ciudad de Buenos Aires Colonial

Las casas del centro de la ciudad, además de ser más grandes y mejor constituidas, a menudo incluían uno o más departamentos junto a la vivienda principal.

Para un comerciante próspero que vivía en el centro de la ciudad era costumbre alquilar una serie de dependencias a un artesano con su familia, mientras que los cuartos de la esquina podían ser destinados a un comerciante minorista.

Un edificio de este tipo (…) pertenecía a don Alonso de Arce, comerciante local que vivía con su esposa, un hijo y una hija, a tres cuadras de la plaza central.

Arce poseía tres esclavos (dos negros y un mulato) y una esclava, mujer de uno de los esclavos.

Los esclavos sin duda debían compartir las habitaciones por detrás de la cocina con una sirvienta mulata liberada, su marido que era un sastre portugués y la hija de ambos, además de otra mulata liberada, su marido que estaba empleado en la iglesia y la hija de éstos.

La casa de Arce también incluía cuatro departamentos.

El primero se alquilaba a un organista de Chuquisaca, Alto Perú, que vivía solo.

El segundo era ocupado por dos comerciantes españoles que compartían los cuartos con cinco esclavos.

En el tercero vivía un pardo liberado —que se ausentaba temporariamente porque trabajaba como peón en los barrios del otro lado del río— con su mujer mestiza y su hijo.

El último departamento lo alquilaba un peluquero francés que vivía con una joven sirvienta negra.

De un modo muy concreto, los edificios del centro de la ciudad representaban un microcosmos de su vida social y económica ya que alojaban bajo un mismo techo a las familias del sector comercial, burocrático y artesanal.

L Johnson, S. Socolow
“Población y espacio en el
Buenos Aires del siglo XVIII»

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Diario de don Juan Francisco de Aguirre (1783)

En Buenos Aires no hay casa de mayorazgo: sólo hay dos vecinos cruzados.

Rodarán de fijo veinte coches.

Se viste a la moda de España y singularmente al estilo de Andalucía, a cuyos hijos se parecen en muchas cosas los de este puerto.

Buenos Aires [colonial] es una ciudad en que se verifica al pie de la letra el refrán que dice: el padre mercader el hijo caballero y el nieto pordiosero.

No obstante ni la opulencia es excesiva, no tampoco la pobreza es tan andrajosa y miserable.

La gala y general de las damas de Buenos Aires consiste en topacios y porque los diamantes son contados decía un sujeto con chiste que el principal adorno de ellas era el de los caramelos.

Los hombres es una de las especies que España da a la América, a la que trasmigran por el comercio y mejorar de fortuna: entre ellos vienen algunos conocidos y muchísimos que no lo son, y según las utilidades con que se levantan a sus giros, se levantan también las casas de ese país, donde se regulan las primeras las más ricas (…)

La plaza de Buenos Aires es abundantísima de verduras, frutas, carnes, pan, pescado, aves, leche.

Se matan para el abasto de la ciudad diariamente cerca de mil reses en los corrales de la cercanía y se trae en carretillas a la plaza adonde está una casita de Fiel ejecutor que asiste frecuentemente.

El pescado es abundantísimo: se pesca a red con caballo: se vende muy barato el Suruby, Paty y sábalo que son los más ínfimos: algo más estimados son la liza y el Peje Rey que es grande.

El Dorado es más escaso: pero el Pacú lo es más que ninguno, como cosa buena.

Todo género de comestibles, pasa por mejor el de la Banda de Montevideo.

El agua es una pensión en Buenos Aires cuyo terreno llano carece absolutamente de vertientes: y así es menester tomarla de los negros aguateros, que la cogen a la orilla del río.

La desconfianza es permanente por la calidad que sólo es clara después de reposada, se lamenta la gente y no falta quién la haga venir del río Negro.

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MATRIMONIOS CONVENIDOS EN BUENOS AIRES COLONIAL

El casamiento entre un español y la hija criolla de un comerciante establecido constituía una ventaja mutua para el suegro y el yerno.

El comerciante ganaba un yerno muy trabajador un compatriota, a veces hasta de la misma patria chica, que lo continuaría en sus negocios. (El hijo del propio comerciante en general estaba más interesado en seguir la carrera eclesiástica, militar o legal, todas profesiones más prestigiosas, si bien menos remuneradas.)

El joven candidato conseguía importantes relaciones de familia y negocios, una dote (que en ciertas oportunidades incluía una buena suma de dinero en efectivo) y una joven esposa que la daba hijos para perpetuar su nombre.

El casamiento tenía un objetivo comercial y en la elección del favorecido no se le consultaba a la novia. Mariquita Sánchez de Velasco (Sánchez de Thompson), hija de un comerciante porteño, describe este proceso de la siguiente manera: ‘Un español llega a Buenos Aires para hacer fortuna Se convierte en comerciante (…) He aquí un candidato para casar a una de las hijas.

El padre arregla todo a su conveniencia Le cuenta a la mujer y a la novia unos tres o cuatro días antes del casamiento (…) La pobre joven no se atreve a hacer la menor objeción.

Una joven hermosa debía casarse con un hombre que no era ni atractivo, ni elegante, ni lindo y que por la edad podría haber sido su padre. Pero se trata de un hombre de juicios sensatos y buen olfato para los negocios’.

La edad promedio de la mujer al casarse era de 18 años; la de los hombres, que habían gastado primero ocho o diez años para establecerse en la profesión, era de 35 años.

Susan Socolow
“La burguesía de Buenos Aires en el siglo XVIII”

«La gran mayoría de esposas de comerciantes eran nativas de Buenos Aires; sus esposos generalmente habían nacido en España. Sólo un 9% de las esposas había nacido en España y el mismo número había nacido en otras áreas de las colonias, principalmente en las ciudades del interior del área del Plata o en el Alto Perú.

Por lo tanto, las esposas eran en su mayoría criollas de nacimiento, relacionadas con familias establecidas, con raíces locales, mientras que los esposos comerciantes generalmente eran de afuera.

El matrimonio servía como vehículo por el cual el comerciante nacido en España consolidaba su posición en la sociedad porteña.

Esta pauta de la mujer criolla socialmente establecida que se casaba con el recién llegado de España era la norma aceptada en Buenos Aires como en la mayor parte de Hispanoamérica; todas las otras pautas son algo atípicas.»

SUSAN SOCOLOW.
Los mercaderes del Buenos Aires virreinal:
familia y comercio.
Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1991.

«Aunque la mujer tenía derechos legales limitados (como el derecho a herencia) , ninguna mujer de clase media podía tener una profesión, porque se pensaba que era incapaz de cualquier tipo de vida fuera de su hogar.

Para las mujeres de Buenos Aires sólo había tres opciones: el matrimonio, la soltería o la entrada en un convento de clausura.

Por los informes de los viajeros que visitaron Buenos Aires sabemos que las mujeres que elegían el matrimonio o la soltería debían llevar una vida tranquila y cortés centrada en el hogar y en la iglesia.

En sus hogares, y en las reuniones sociales, las mujeres no debían desplegar inteligencia, sino las bien brindar el toque amable a los invitados, ser capaces de una charla agradable y vivaz, de bailar danzas españolas y francesas, tocar la guitarra cantar.

Otra cosa que podían hacer las mujeres era tocar el arpa. Siempre sean acompañadas cuando salían de sus casas, y las bien educadas no se mezclaban con la gente ‘vulgar’. […] Aunque las invitaban a bailes, fiestas y tertulias, quedaban excluidas de muchas de las reuniones que abundaban n la vida social de los hombres.»

Susan Socolow.
Los mercaderes del Buenos Aires virreinal: familia y comercio.
Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1991,

El matrimonio estaba condicionado por conveniencias económicas y, por su gravitación, dependía exclusivamente de la decisión del padre.

Era una elección en la que sólo eran protagonistas él y su futuro yerno.

Por lo general, las mujeres se casaban entre los diecisiete y dieciocho años, y los hombres, a los treinta y cinco años o más, una vez afirmados en su actividad comercial.

También ocurría que, por razones de conveniencia, se casaran entre primos, y hasta tíos con sobrinas.

Algunas jóvenes se rebelaban ante la perspectiva de tener que compartir su vida con hombres que no eran de su agrado, que aborrecían o detestaban.

Entonces, se las internaba en la Casa de Ejercicios o en la casa de Niñas Huérfanas y pese a que, excepcionalmente, como en el caso de Mariquita Sánchez de Thompson, alguna podía salirse con la suya, eran más las que se resignaban a aceptar la vida según los cánones tradicionales, de lo contrario, tomaban los hábitos.

Algunas jóvenes preferían  hacerse religiosas antes que casarse contra su gusto, «con hombres que les inspiraban adversión más bien que amor».

Esa elección constituía un severo golpe para el padre, por cuanto se esfumaba la posibilidad de una boda que contribuyera a consolidar el grupo familiar con una unión comercialmente ventajosa.

Resignar un yerno era perder un socio potencial.

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