Arte y Cultura Medieval:Monasterios Universidades Catedrales






Arte y Cultura Medieval:Monasterios Universidades Catedrales

La creación de un nuevo orden
LA EDAD MEDIA, es decir, los siglos entre la I caída del Imperio romano y el surgimiento de la Europa moderna, fue un período crítico en el nacimiento de la cultura occidental. Herederos de Grecia y Roma, los estados formativos de la Europa medieval evolucionaron hasta crear una nueva síntesis, en la cual las costumbres y tradiciones de Europa del norte jugaron un papel tan importante como las del Mediterráneo.

El impacto de los pueblos germanos sobre el Imperio romano tendría gran resonancia en los siglos venideros. Una vez terminadas las invasiones y finalizado el proceso de reacomodación espacial y político, comenzó la instauración de reinos más o menos estables en lo que antes había sido el Imperio romano occidental.

El apogeo se alcanzó con la formación del reino franco, que a través de sus gobernantes, sobre todo Carlomagno, llegó a conformar uno de los imperios más importantes de Europa occidental durante la Edad Media.
Este imperio, sustentado por principios cristianos, irradió su compromiso con la fe de Roma más allá de sus fronteras. Pero, al igual que su antecesor, el Imperio romano, debió enfrentar crisis internas y externas que fueron apagando su esplendor.

La parte occidental del Imperio romano no fue la única en reconstruir una nueva forma de vida; el Imperio romano oriental, que resistió mejor los embates del exterior, logró fundar, a través de su aproximación con el Cercano Oriente, otra de las grandes creaciones políticas de este período: el Imperio bizantino.

A comienzos de la Edad Media, en el siglo V d.C., el Mediterráneo era el centro de la Europa civilizada. Hacia el año 1300 d.C., luego de las depredaciones de los godos, vándalos y vikingos, había emergido una Europa transformada, cuyo nuevo y poderoso núcleo de civilización se situaba en Europa del noroeste en torno a las grandes ciudades de París, Bruselas y la región del Rhin. Esta nueva civilización importante de la Europa medieval fue la precursora inmediata del Renacimiento y el mundo moderno.

Cuando los bárbaros invadieron Europa occidental y meridional en los siglos V y VI d.C. no venían a destruir el mundo romano, aunque muchos en esa época deben haberlo creído así. Más bien vinieron a tomar el poder para asegurar el control de sus grandes riquezas y acceder al lujoso estilo de vida que veían al otro lado de la frontera romana. En cierto sentido, Roma había sido demasiado exitosa. Para aumentar su propio prestigio y reputación, había prodigado regalos a los reyes y caudillos nativos de Europa central y septentrional; la trampa fue que la admiración pronto dio paso a la envidia.

Durante casi toda su historia, el Imperio romano debió soportar sobre sus fronteras la presión de las hordas invasoras cuyo único fin era el saqueo. Las defensas fronterizas y un ejército profesional permanente habían logrado, por muchísimos años, mantener una relativa seguridad y estabilidad. No obstante, en el siglo V la situación cambió radicalmente. En el 376, 405 y 455 d.C. se produjeron invasiones a gran escala de pueblos que los romanos ya no fueron capaces de dispersar y controlar.

La irrupción de los hunos asiáticos abrió la brecha más seria, pues su llegada empujó y precipitó a pueblos ya establecidos, como los godos y los vándalos, sobre la frontera del imperio. Éste se esforzó por absorber a muchos de ellos, y es así como el ejército romano llegó a tener un gran número de soldados germanos. Finalmente, se perdió el control, el Imperio occidental se derrumbó y en su lugar se crearon varios reinos “bárbaros’ ostrogodos, visigodos, francos y otros. Así, la caída del gran imperio fue tanto el comienzo de una nueva historia como el final de una vieja, dado que de los llamados reinos “bárbaros’ iban a emerger las naciones-estados de la Europa moderna.

Supremacía germánica
LOS PUEBLOS que conquistaron y transformaron el Imperio romano occidental eran fundamentalmente de origen germánico. Los dos grupos principales, los ostrogodos y los visigodos, se habían asentado alrededor de los valles de los grandes ríos rusos y a lo largo de las costas del mar Negro cuando fueron atacados por los temibles hunos asiáticos hacia el 370 d.C.

Los ostrogodos, derrotados, presionaron a sus vean. visigodos, forzándolos a cruzar el Danubio y buscar refugio en la provincia romana de Moesía. Sin embargo, los visigodos no se quedaron en paz mucho tiempo y sus anfitriones romanos pronto tuvieron motivos para lamentar el asilo que les habían brindado. Se peleó una batalla decisiva Adrianópolis en el 378 d.C., en la que doblaron las campanas que anunciaban la muerte del imperio las legiones, que habían sido el soporte de los ejércitos romanos por tanto tiempo, fueron aniquiladas por el ataque de la caballería visigoda a pasar muchos siglos antes de que un ejército formado principalmente por soldados de infantería dominara de nuevo los conflictos bélicos en Europa.

 Con el ejército romano destruido y el emperador Valente muerto, los visigodos podrían haber conquistado fácilmente el Imperio oriental y no li existido una Bizancio que sirviera como I» contra las incursiones posteriores de árabes y turcos. En lugar de ello, pasaron a Italia, sacudiendo al mundo civilizado con el saqueo de Roma ‘Ciudad Eterna’, en el 410 d.C. La ciudad que había permanecido intacta por lo menos durante siglos, iba a ser saqueada en dos ocasiones más durante los siguientes 50 años, y de un modo más salvaje por los vándalos en el 455.

Mortalmente debilitada por el asalto visigodo, la periferia del imperio pronto se rindió ante otros invasores. Mientras los visigodos continuaban su emigración hacia Francia y España, los ostrogodos se instalaban en Italia. Lo peor quedaba por venir. En los últimos días del 406 d.C., los vándalos, al encontrar el Rhin congelado y la frontera desguarnecida de tropas, cruzaron hacia Galia y comenzaron una campaña intensiva de saqueo, pasando a través de España a África del norte, en el 429 d.C. Allí establecieron un reino en torno ala gran ciudad romana de Cartago. Con ello estaban emulando a los visigodos, que habían fundado el reino de Toulouse (Tolosa) una década antes.

Mientras tanto, en Italia, la corte del emperador romano occidental continuaba teniendo cierto grado de control, aunque cada vez más sujeto al dominio de los generales germanos. Tal vez el último gran beneficio político legado por los romanos a Occidente fue su actuación sobresaliente en la derrota de los hunos en los campos Cataláunicos, cerca de Troyes, en el 451 d.C. Lejos de ser el saqueador sin principios descrito por la leyenda popular, Atila el huno fue el gobernante de un imperio nómada organizado, con gobernadores regionales que esgrimían arcos de oro como símbolos de autoridad.

Sin embargo, la ayuda de los godos, alanos, burgundios y francos inclinó la balanza decisivamente en favor de los romanos, y los hunos fueron derrotados y repelidos. La victoria puede haber salvado a Europa, pero no salvó al Imperio occidental. Apenas 30 años después el último emperador romano de Occidente fue suplantado por el comandante germano de su ejército, Odoacro, y en el 493 d.C. éste fue reemplazado por Teodorico, rey del reino ostrogodo.

Europa transformada
HACIA FINALES del siglo V d.C. las conquistas bárbaras habían comenzado a estabilizarse en forma de reinos y emergió un nuevo mapa político de Europa. Aun así, la fuerza de la cultura romana resistió el cambio de gobernantes. El orden social romano había sido decapitado, los recién llegados habían tomado las posiciones principales; no obstante, los germanos siempre fueron una minoría. El poder estaba en sus manos, pero eran los habitantes locales los que aseguraban el normal desenvolvimiento de estos reinos. Gobernantes sabios como Teodorico el ostrogodo se esforzaron por reconciliar a godos y romanos en una Italia próspera y unificada y patrocinaron a los artistas y arquitectos romanos.

Su palacio y su tumba en Rávena son ejemplos notables de la sobrevivencia de las tradiciones arquitectónicas romanas. Incluso los más anti-romanos, los vándalos, conservaron mucho de la cultura romana adaptándola simplemente a sus propios fines: los príncipes vándalos vivían en lujosas villas equipando los edificios con baños y pisos de mosaicos, en forma muy similar a los antiguos aristócratas romanos.


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En Europa continental, las ciudades siguieron prosperando, aunque con menos riqueza y población que antes. La urbanización era un concepto básicamente desconocido para los nuevos líderes germanos, y la administración cívica recaía principalmente en los obispos, puesto que, si bien los súbditos romanos fueron despojados en gran parte del poder secular, la autoridad religiosa continuó en manos de los pueblos locales.

El Cristianismo seguía siendo la religión mayoritaria de gobernantes y gobernados por igual, proporcionando un poderoso vínculo con el pasado. Y a pesar de la supremacía de los soberanos de habla germánica, fueron las lenguas romances, basadas en el latín -el idioma de los pueblos romanos-, las que triunfaron en la mayoría de las ex provincias del Imperio occidental, a excepción de Britania.

El fin del dominio romano en Europa continental estuvo marcado, en consecuencia, no por una súbita crisis, sino por un cambio gradual, siendo sólo la culminación de procesos internos que venían desarrollándose por varias centurias. La economía siguió un patrón similar de cambio y transformación.

El Imperio romano había estado en decadencia económica desde por lo menos el siglo III y los intentos de reformas y renovación en el siglo IV habían tenido pocos efectos duraderos. Las ciudades del Imperio occidental languidecieron lentamente, la economía basada en el dinero se contrajo y el comercio y la industria decayeron. Estos procesos fueron acelerados, más que iniciados, por la ruptura política causada por la ascensión germánica al poder.

Los trabajos en vidrio de la zona del Rhin continuaron floreciendo durante los siglos V y VI, y sus artículos de lujo se exportaban a Britania, Galia, Alemania del norte y Escandinavia. El comercio vinícola también continuó realizándose por las rutas tradicionales durante algún tiempo después del desmembramiento político del imperio. Los mercaderes galos todavía suministraban vino a los monasterios de Irlanda en el siglo VI, y casi en la misma época los gobernantes locales en Cornwall importaban aceite de oliva desde Tunicia.

Sin embargo, aunque los lazos nunca se interrumpieron del todo, la decadencia económica y la fragmentación política disminuyeron gradualmente la frecuencia del intercambio, y estimularon en cada región de Europa occidental el desarrollo interno. De todas las provincias del Imperio occidental, en ninguna otra parte este proceso fue más pronunciado que en Britania.

Fuente Consultada: Atlas de la Historia Universal





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