Casos de Espionaje Mas Famosos de Historia



Casos de Espionaje Mas Famosos de Historia

Está escrito en la Biblia. Para vengar una afrenta amorosa, el pelilargo Sansón descargó una y otra vez su descomunal fuerza sobre los filisteos. Estos le tendieron infinidad de trampas para matarlo, pero ninguna dio resultado: siempre podía más la furia del gigante.

Sin embargo, cuando su figura ya adquiría dimensiones de imbatible, alguien propuso una nueva técnica para derrotarlo: averiguar el origen de su fortaleza.

Leyenda de Sansón y Dalila

En esos días, Sansón acababa de conocer a una hermosa nativa del valle de Soré: Dalila. Sagaz, el autor del plan la tentó para que entrara en el complot: le hizo saber que 1.100 monedas de plata serían suyas si le arrancaba al forzudo el secreto de su poderío y la convenció. Al principio, el gigante eludió con mentiras las astutas preguntas de la cortesana. Pero al final, la inteligencia de la seductora pudo más. «Soy un nazareno —le dijo— y son mis cabellos los que me hacen fuerte; si me los cortaran, me volvería débil como los demás hombres».

Con suprema picardía, Dalila lo hizo dormir sobre sus rodillas y, tras rasurarlo, lo entregó a ios filisteos, manso y vulnerable. El contrato se había cumplido.

Para muchos historiadores, la mercenaria actitud de Dalila de cambiar por dinero el secreto de la fuerza de Sansón inauguró el tráfico clandestino de información, por eso consideran a este dramático pasaje bíblico como el antecedente más remoto del espionaje.

Sin embargo, otros sostienen que los primeros «agentes secretos» datan de mucho antes y que su jefe fue Moisés.

Según la Biblia, envió —por orden de Jehová— a los representantes más destacados de las doce tribus que conducía rumbo a Canaán (la Tierra Prometida), para que averiguaran todo cuanto pudieran de ella y de sus habitantes. Más allá de las referencias bíblicas, los arqueólogos encontraron en Egipto, China, Grecia y Roma testimonios elocuentes de que los espías existieron mucho antes de la Era Cristiana.

• La primera policía secreta

El espionaje siempre ocupó en Oriente el rango de «ciencia preferida». «El espía es el ojo del rey; quien no lo tiene está ciego«, dice uno de los Proverbios para destacar su importancia. Hace 2.500 años, los espartanos ya tenían su policía secreta.

Se llamaba «Crypteia» y los jóvenes que la formaban eran famosos por sus sistemas de represión. Iban a las poblaciones de esclavos y mezclados entre ellos trabajaban a brazo partido para enterarse de cualquier intento de rebelión. Entre los atenienses también había un «James Bond«. Su nombre era Anaxilas y pese a su astucia fue descubierto por Demóstenes, quien lo mandó asesinar.

Emperador Julio César

Por relatos de la época se sabe que Epaminondas también era afecto a esta actividad, aunque no en carácter activo.



El famoso general contaba con un ejército de agentes que le proporcionaba datos sobre las filas enemigas. Era tan aficionado a esta materia que jamás planificó un combate sin antes conocer el informe de sus allegados. ¡Hasta la fecha de sus batallas dependía de esos mensajes! Pero, según surge de prolijos trabajos, fue Alejandro Magno quien hizo un «oficio» del espionaje.

Para desorientar a las fuerzas rivales, enviaba al campo enemigo personal entrenado para hacer circular noticias falsas.

Con ese método, más de una vez consiguió que el adversario gastara sus fuerzas atacando ejércitos fantasmas. ¿Qué sistemas se utilizaban para trasmitir los mensajes? Hasta la época de Julio César, macabros. Ninguno fue tan cruel como el empleado por un griego que, a punto de ser sorprendido, grabó a fuego palabras claves en el cráneo de un rapado esclavo.

Las técnicas sutiles llegaron con Julio César. El fue quien inventó los «mensajes cifrados». Mediante la trasposición de letras, armó un insólito alfabeto imposible de entender para quienes no estaban «en el tema». César, que heredó su predilección por el espionaje de Escipión, revolucionó el «arte» del acecho.

• La red de los venecianos

En el medioevo, junto con la intriga palaciega, el espionaje alcanzó formas refinadas y hasta un rey de Inglaterra llegó a practicarlo: Alfredo el Grande, quien en el siglo IX incursionó campamentos daneses.

Disfrazado de bardo y arpa en mano, convivió con la soldadesca enemiga y rescató toda la información que se le ocurrió. Poco después, desatada la guerra entre ambos países, Inglaterra se alzó con fácil victoria.

Siglos más adelante fue la República de Venecia la que marcó el rumbo. Su red de espionaje fue la mejor concebida hasta entonces. Integrada por multitud de agentes, su eficacia era asombrosa.

Allí estaban enrolados personajes famosos —como Marco Polo— y desconocidos científicos, panaderos, turistas, tenderos, niños y mujeres.

La Iglesia también conoció el espionaje. Carlos V estuvo empapado de todo cuanto ocurrió en las altas esferas eclesiásticas gracias al «brazo derecho» del papa Adriano IV. Volviendo a Venecia, era curioso el sistema empleado por el Consejo de los Diez, encargado de guardar el orden en la República. Diariamente trataba decenas de denuncias por «traición a la patria» o por «servir a potencias extranjeras». Tras cuidadas investigaciones, juzgaba. Si se confirmaba la denuncia, todos ios bienes del acusado pasaban a manos del acusador.

• Las ideologías también cuentan

Durante la época de la Reforma el espionaje se hizo más por ideología que por cuestiones materiales. Ejemplar fue el servicio de inteligencia español, que contó en sus filas con el embajador inglés en Francia (Stafford). Paralelamente al apogeo español, crecía en Inglaterra la figura de uno de los cerebros más grandes del espionaje mundial: Francis Walsingham, fue quien desenmascaró a Stafford, y en otras de sus gestiones, permitió conocer los planes de la famosa Armada Invencible. Por eso se lo considera  padre del espionaje británico.



Catalina la Grande —después zarina de las Rusias—, comenzó a cambiar paquetes de libras esterlinas por informes y le dio la razón. El espionaje francés alcanzó buen nivel durante la época de Richelieu, que reclutó ciertos eclesiásticos para su misión. De Napoleón se dice que desconfiaba de los espías y que los trataba como a traidores.

Sin embargo, su policía secreta fue una de las más costosas del mundo. Entre sus agentes sobresalieron Joseph Fouché y Karl Schulmeister, dos verdaderos «monstruos» de la información clandestina. Gracias a Wilhelm Stieber los alemanes tuvieron «su cuarto de hora». Su sistema fue uno de los más perfectos que se organizó en todos los tiempos.

En la guerra franco-prusiana, 36.000 agentes suyos pulularon sin ser advertidos por territorio galo. En nuestro continente, uno de los más entusiastas aficionados al espionaje fue George Washington, quien recurrió a los más insólitos ardides para difundirlo.

• El triunfo de los contraagentes

El estallido de la Primera Guerra Mundial encontró a las grandes potencias con el «sistema Stieber» listo para ser empleado. Sin embargo, su cometido fue casi nulo. Pese a que durante el conflicto participaron 45.000 espías (20.000, aliados), lo que en realidad funcionó a la perfección fue el contraespionaje.

En 1939, cuando el gobierno alemán tenía montado uno de los aparatos de informaciones más grandes de la historia, ocurrió casi lo mismo. Comandado por Walter Canaris, un genio en la especialidad, cosechó más fracasos que éxitos. Funcionó con eficacia en la crisis de Munich y en las conquistas de Noruega, Bélgica, Francia y Holanda.

Por un espía alemán, el capitán Günther Prien concretó una de las maniobras bélicas más audaces (penetrar con un submarino U-47 en la base de Scapa Flow, «un almacigo de minas», para volar el acorazado Royal Oak). El ataque a Pearl Harbor, inclusive, se desató por la información que le proporcionó a los japoneses Otto Kuehn. Pero todo eso resultó demasiado poco para el despliegue efectuado.

En 1941, el contraespionaje norteamericano acabó casi por completo con la red nazi. Después de la guerra, las tensiones entre Oriente y Occidente se encargaron de alentar al espionaje. Con una metodología y un instrumental que marchan al compás de los avances tecnológicos, los espías de hoy son casi científiecs Los ejemplos del literario «James Bono»‘ cada vez pertenecen menos a la ficción.

Los artificios tramados por Fleming comienzan a ser realidad y el canje del agente ruso Abel por el aviador norteamencano Powers revela que los espías ya tienen patria y que sus gobiernos «dan la cara» por ellos.

UNA SITUACIÓN REAL DE LA ÉPOCA:

Estaban cenando. La comida parecía de rutina y se desarrollaba con toda normalidad. El agente era un comensal más. De pronto, su «olfato» le hizo pensar que algo raro estaba sucediendo. Pensativo, se puso a «juguetear» con su tenedor en un plato y se encontró con algo sorprendente: el corazón de una aceituna en vez de contener un carozo escondía un… ¡micrófono! El hecho ocurrió en el país, no hace mucho, y sirve para testimoniar los insólitos recursos a que echan mano los espías para cumplir con su cometido.



Cualquier elemento les resulta eficaz para esconder sus «útiles» de trabajo. Un alfiler de corbata, un encendedor, un anillo, una flor o un botón. Detrás del más inofensivo adminiculó puede «latir» una cámara fotográfica, un micrófono, un somnífero y hasta un arma. Es una especie de arsenal clásico para todo tipo de espía.

Las cartas que juega para obtener con «elegancia» la información que busca. Cuando no lé queda otra alternativa, recurre a la violencia. Utiliza el rapto o el secuestro de las «cabezas» que le interesan (generalmente, militares o científicas) para someterlas a un variado método de confesión que abarca torturas, drogas, «lavados» de cerebro y el empleo de máquinas «de la verdad». Otros, en cambio, utilizan sistemas más refinados de persuasión: el soborno o la amenaza, por ejemplo. Una vez que el dato está con ellos, se disponen a superar la etapa más difícil de su oficio: la trasmisión de la información. Lograr que la película, la cinta grabada o el mensaje escrito traspongan la barrera que tiende el contraespionaje es, sin duda, la tarea más escabrosa.

Por eso quienes practican esta profesión aguzan permanentemente su imaginación, tramando los ardides más raros para obtener el éxito. Pero los ojos expertos que escrutan los medios habituales que usa el espionaje son tan hábiles que «ven debajo del agua». En este terreno, ya nadie es «autodidacta».

En escuelas especializadas—de alto nivel universitario— se educan tanto los espías como los contraespías. Allí aprenden el manejo de potentes y miniaturizados medios de radiotrasmisión, microfotografía y el estudio de la criptografía, disciplina que «arma» y «desarma» los mensajes cifrados.

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• Los mensajes en clave

Y es precisamente el andarivel de la criptografía uno de los mayores del espionaje. «Inventada» por los egipcios —más de un investigador moderno se declaró impotente para traducir sus misteriosas tablillas—, también la usaron los romanos. Julio César fue el primero en advertir lo útil que sería su aplicación en la trasmisión de los informes, incorporándola así oficialmente a las técnicas del espionaje. Un abate español, Tritemio, a fines del siglo 15 la hizo popular con la edición de su libro Poligrafia. En el Renacimiento ya gozaba de total aceptación y recurrieron a ella inclusive los Reyes Católicos.

En la República de Venecia, que según señalamos en la página cuatro contó con perfecta red de espías, crearon cargos de «secretarios de cifras». Sobre su habilidad es bien elocuente esta frase que Felipe II dijo sobre ellos: «Venecia tiene brujos«. Entre los franceses, Richelieu empleó un código llamado «la gran cifra» para su correspondencia con los ministros y otro, el de «la pequeña cifra», para su carteo con autoridades menores.

Los dos conflictos mundiales le dieron a la criptografía carácter de técnica indispensable, contribuyendo en mucho a su perfeccionamiento. Su permanente empleo por parte de todos los escalones de mando, ya sea por teléfono, telégrafo o radio, obligaron a ajustaría al máximo para evitar que los mensajes fuesen comprendidos por sus enemigos. Hoy, en tiempos de paz, el extraño lenguaje «vuela» por todos los cielos del mundo.

Los espías lo cambian de continuo para confundir mas Pero los gabinetes especializados igual se las ingenian para traducirlos. ¿En qué se basan para efectuar su tarea? Tres son los caminos que se siguen para enviar un mensaje cifrado. Uno altera el orden de las letras que componen el texto. Otro, las sustituye por otras distintas y hasta por signos o números. Un tercero mezcla los dos anteriores para hacer todavía más compleja la tarea de los interpretadores.

El cifrado de los mensajes corre por cuenta de máquinas, del tipo de las de escribir, cuyo teclado está especialmente adaptado. Como cuentan con una infinita gama de símbolos, aseguran la complejidad del trabajo. Paralelamente a la criptografía se mueve la «quimiografía».

Su tarea consiste en detectar las trampas que tienden las tintas invisibles o especiales. Precisamente, bajo un simple e «inofensivo» punto se escondió no hace mucho un valioso informe. ¿Cómo fue posible hacerlo? Mediante la reducción fotográfica del trabajo, que ocupaba más de una carilla en su tamaño original. El experto ubicó el nada gramatical punto de pura casualidad. Creyendo que se trataba de una mancha, raspó el papel con su uña sin otra intención que quitarla. ¡Y se encontró con la sorpresa!

* Los nuevos sondeos

Hoy, la tecnología, la electrónica y la ciencia espacial relegan un tanto a estas mañas clásicas. Las graneles potencias cuentan con satélites que orbitan día y noche en busca de «grandes noticias» sin desechar las menores. Sobre su capacidad de captación, es terminante el resultado arrojado por una prueba norteamericana. No hace mucho, una cápsula fotografió … ¡la pelota de golf! con la que el presidente Nixon jugaba en su casa! Los espías modernos utilizan también el aire y el mar.

Como en el caso del aviador norteamericano Powers, derribado en territorio ruso cuando pilotaba un U-2, aparato supersónico capaz de alcanzar un techo muy elevado y provisto de cámaras fotográficas de formidable alcance y precisión. O como el caso del buque Pueblo,^ detenido en aguas coreanas, con particular instrumental. Pero, pese a la nueva ciencia de espiar, de ninguna manera puede decirse que se haya desterrado «la de siempre». ¿El «carozo», de moda?

A TODO O NADA:

SEMANA tras semana se devoraba las últimas entregas de la historieta. Las aventuras del «agente S-83» lo tenían fascinado. De Singapur saltaba a Perú; de allí a Brasil o a México. Siempre acompañado de beldades y frecuentando palacetes, el protagonista se movía como pez en el agua en un mundo peligroso, espectacular, que despertaba la envidia del lector. Esa es la imagen que la literatura, ej cine y la televisión dan en muchos casos del espionaje.

Una imagen que no es real porque la labor de los agentes secretos no es un «reino rosado» y su oficio generalmente se remunera con la muerte o el desprecio. Para los sicólogos, son «enfermos». Según ellos, solo fallas anímicas justifican tanto amor por el riesgo y no por los valores habituales.

Acusados de egocentristas, varios son los móviJes que impulsan su acción. Pueden ser sentimientos patrióticos o convicciones ideológicas; ambición de fortuna o de poder. «No hay espía humanista», sentencia un experto del tema al referirse a la metodología que aplican. Y enfatiza: «No reparan en los medios con tal de conseguir el fin». Pese a esta desolación, muy distinta de la que «pintan» el cine y la literatura, millares de seres se enrolan en esta actividad.

Son hombres y mujeres anónimos. Solo un número o una clave los distingue las más de las veces. Astutos, fríos y hasta macabros, cualquier lugar de la Tierra puede ser escenario de su misión.

Expertos en el arte de entregar datos erróneos, echar a correr falsos rumores o robar secretos de Estado, sus trabajos por lo general están rodeados de un profuso manto de silencio. En épocas de guerra, el menor descuido les es fatal y casi nunca son homenajeados por el país al que prestan servicio, excepto raras excepciones. Ni héroes —como el quimérico «S-83″— ni «padres de la patria». Solo son engranajes de un ejército de sombras, de fantasmas sin rostros. ¿Nadie es humano entre ellos? Algunos, sí. Y hasta hay auténticos genios. Figuras que escapan del anonimato para ingresar a la galería de agentes famosos. ¿Conocemos a los popes de este oficio? Pero, ¡cuidado con ellos!

Informes de Japón y de Turquía

Uno de ellos es Richard Sorge. Nacido en Bakú (URSS), donde su padre trabajaba como ingeniero petrolero del lugar, peleó en las filas alemanas durante la Primera Guerra Mundial. Herido, durante su internación fue ávido lector de textos marxistas y se convirtió al comunismo. En 1933, como miembro del Servicio de Inteligencia ruso fue enviado al Japón. Para los nipones era un periodista alemán, corresponsal de un diario y de una revista importantes de «su» país. Excelentes notas le permitieron granjearse amigos y vincularse con personas influyentes.

Sorge Richard

Fue así como instaló una formidable red que diariamente engarzaba sus novedades con Moscú. A fines de 1940 concretó el golpe maestro. Averiguó… ¡la fecha en que Alemania atacaría el territorio soviético! Sin demoras avisó a Moscú: «El 20 de junio de 1941, los nazis sobre nosotros», decía el lacónico mensaje. Cuando le llegó la respuesta, Sorge se quedó asombrado. ¡El Kremlin no le creía! Sin embargo, dos días después de la fecha anunciada por él (22 de junio), 170 divisiones de Hitler se descolgaban sobre Rusia. Sorge tenia razón. En 1944 murió ahorcado, víctima de la «Tokko» (policía secreta) nipona.

La URSS, en una demostración sin precedentes, lo honró poniendo su nombre a un barco y a una calle de Bakú. Hasta emitieron un sello de correos con su figura como homenaje final. Mientras su nombre se convertía en leyenda, en otro país de Oriente, en Turquía, comenzaba su carrera de espía un diligente yugoslavo: Elyesa Bazna, más conocido como «Cicero». Trabajando como camarero de la Embajada inglesa, se topó con ultrasecretos documentos sobre el escritorio del diplomático. Puesto en contacto con un hombre de la SS, ofreció el material a los alemanes a cambio de 20 mil libras esterlinas. Esa y otras entregas le permitieron acumular una montaña de dinero, pero falso. Murió en diciembre, al lado de su esposa —otra ex agente— en un modesto refugio monegasco. Fueron dos casos espectaculares. Uno, por ideas; el otro, por dinero.

• El hombre que engañó a Hitler

Sin embargo, ni Sorge ni Bazna alcanzaron la dimensión del «pequeño almirante». En 1935 tenía 48 años y una gran foja de espía. Ese fue el año clave de su carrera, porque le permitió encaramarse en el más alto puesto de la Abwehr (servicio de inteligencia alemán). Amante de los perros, del violín y de la equitación, Wühelm Canaris se convirtió así en el corazón del espionaje nazi. Merced a una exitosa campaña de falsos rumores que desató entre los aliados, hizo posible que Hitler entrara triunfante en Checoslovaquia.

Adolf Hitler

Su premio fue el grado de contraalmirante. Sin embargo, su desacuerdo con la crueldad de los SS lo llevó a complotar contra el Führer. Consiguió una prueba de que Hitler había estado bajo tratamiento siquiátrico en 1918 e inclusive tramó una conspiración para que un tribunal popular lo juzgara como demente. Decidido a malograr su política, envió agentes para que alertaran a los aliados sobre inminentes ataques a Dinamarca y Noruega.

Lo mismo hizo cuando se preparaban invasiones a Holanda, Bélgica e Inglaterra. Hasta consiguió que Franco se negara a unirse al Eje, por un mensaje en el que consignaba que la derrota alemana era inevitable. Su más acérrimo enemigo, Reinhard Heydrich («cabeza» de los SS), sospechó de él y laGes-tapo le colocó micrófonos en su oficina.

En febrero de 1945 Hitler disolvía la Abwehr y lo detenía. Dos meses después, una dura cuerda asfixiaba al «pequeño almirante» aunque sin darle muerte. Una argolla de hierro se encargaría de dejarlo de a poco sin aire. Fue una muerte «oriental» para uno de los más grandes espías de todos los tiempos. Sorge y Canaris integran un dúo de célebres, ya que fueron dos grandes «tiburones» en el arte de pasar información. Pero muchos otros también espiaron con perfección. Como el múltiple —arqueólogo, escritor, militar, aviador— Thomas Lawrence, más conocido por «Lawrence de Arabia». Como Mata-Hari, la sensual bailarina de la «danza de los siete velos».

Físicos como Fuchs y Pontecorvo, que en Inglaterra y Alamogordo recogieron informes sobre las bombas de uranio y plutonio para Rusia. Marinos como e! inglés Montagu, que tras lanzar en el mar el cadáver de un hombre de 30 años con mensajes, hizo entrar en una celada a los nazis.

Como Trepper, que dirigiendo una «orquesta» de 700 «músicos» lienó de informes alemanes a la URSS. Todos ellos —y muchos más— también ejercieron con maestría este oficio, evidenciando nervios de acero y mentes ideales para la intriga. Para cerrar, un caso insólito. Según el historiador español Vicens Vives, hasta Américo Vespucio, de quien viene el nombre de nuestro continente, fue espía de los españoles en Lisboa.

Fuente Consultada:
El Espionaje Fantasmas en Clave Historia Viva Fasc. N°191 La Razón

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