Francisco Solano: Su Profecía Sobre Esteco Ciudad Colonial






HISTORIA DE ESTECO Y SAN FRANCISCO SOLANO

Fue algo así como la Sodoma de la antigua tierra saltona: una ciudad de gente disipada, más propensa a las trapacerías y al goce inmediato de los placeres que a los esfuerzos disciplinados o a la sobriedad. Se llamaba Esteco, y los españoles la fundaron en el lugar más estratégico.

Quedaba más cerca del Perú que cualquier pueblo nacido con anterioridad y esa cercanía influyó, parece, en la conducta de sus pobladores, que tuvieron fácil acceso al lujo, las mercancías y las tentaciones de la mundana capital del Perú. Las encomiendas se fueron multiplicando én los alrededores a medida que los indios eran sujetos a regímenes de trabajo más severos y extenuantes.

Francisco Solano Santo

La riqueza producida por esa mano de obra esclava dió nacimiento a grandes fortunas. Se construyeron buenas casas, abundaron los muebles de lujo transportados desde el Perú a lomo de mula, se multiplicaron las fiestas y diversiones.

Según la tradición, San Francisco Solano advirtió severamente que, de continuar la población con esa vida disipada, un terremoto destruiría la ciudad junto con sus habitantes. Su voz fue desoída y no faltaron los que se burlaran de la profecía: se cuenta que a raíz de los sermones de Solano, cuando algunas niñas estequeñas iban de compras a las tiendas de Salta, preguntaban con tono picaresco a los vendedores sino tenían “cintas color temblor”.

Indiferente a las burlas, el santo permaneció un buen tiempo en Esteco y sus alrededores, donde moraban los indios del Gran Chaco o Chaco Gualamba, como se llamaba por entonces  la  impenetrable llanura que se extendía hacia el oriente salteño.  Cuentan antiguos cronistas que para entenderse con los numerosos grupos aborígenes de la región resultaba indispensable dominar decenas de dialectos.

Así lo hacían, empeñosamente, los escasos misioneros jesuítas y franciscanos consagrados a la reducción de los indios, puesto que las gentes de espada mostraban más inclinación a exterminar a los aborígenes  que  a  comunicarse   con ellos.

Según los relatos populares, San  Francisco  Solano  apelaba a sus dotes de violinista para atraer a los indios, que, sorprendidos al principio por la dulce música ejecutada por el sacerdote, se prestaban luego a escuchar sus referencias sobre el Dios, misericordioso, muerto por amor a los hombres.   Sin embargo, se mostraban más  bien  escépticos:  aquello de que “todos los hombres son hermanos” resultaba difícil de entender a la luz de su experiencia con los españoles.

Luego de sembrar su mensaje entre indios y blancos, San  Francisco  prosiguió  sus  andanzas por el norte y el noroeste, alejándose para siempre de la pecaminosa Estece  Su terrible profecía, no obstante, quedaba en píe y no tardó mucho en cumplirse.

ruinas de esteco

En septiembre de 1692 un violento terremoto sacudió las comarcas salteñas.   Aquel   “jardín   de   Venus” que era Esteco, cuyos caballeros montaban —según se cuenta— en cabalgaduras herradas con plata y oro, se desplomó, y bajo sus muros perecieron todos los habitantes.   Por si eso fuera poco, el río cercano salió de su cauce e inundó las ruinas formando sobre ellas un gran lago: sus aguas sirven de lápida para las vanidades y miserias de Esteco.

OTRA ANÉCDOTA SOBRE FRANCISCO SOLANO

La Conquista es pródiga en historias heroicas y empresas inverosímiles protagonizadas por barbados hijos de la península ibérica, Nada agradable, en cambio, era el panorama que se presentó a los idios después de la irrupción hispánica. Los hijos de la tierra se veían obligados a engrosar con su trabajo esclavo las fortunas de los encomenderos, que financiaban a su vez nuevas expediciones de conquista.

Esos personajes, que nunca tuvieron demasiados es-crúpulos, basaban su dominio en un sistema de explotación que horrorizaba a los espíritus sensibles, como lo era el de Francisco Solano, noble sacerdote que protagonizó muchos episodios que ya ingresaron en la leyenda.

Quien años después sería santificado por la Iglesia, anduvo por La Rioja cuando la opresión a los indígenas era más fuerte que nunca. Los aborígenes habían sido desalojados de sus tierras, en algunos casos trasladados en masa de sus comarcas para acallar rebeldías, destruÍdos inexorablemente por un régimen de trabajo brutal.

Los que intentaban escapar eran cazados con jaurías de perros amaestrados, y cuando se los atrapaba sufrían tormentos y humillaciones infamantes, como el de grabarles con hierro candente en carne viva la marca de su amo.


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Cierta vez, invitado a almorzar por una de las familias más encumbradas de La Rioja, fray Francisco aceptó, pero antes de empezar a comer —dice la leyenda— tomó un trozo de pan y apretándolo con fuerza entre los dedos observó que de él escurría un líquido rojo: era sangre. Entonces el santo, que no era de los que hacen la vista gorda, se puso de pie y exclamó con energía: “¡No comeré jamás en la mesa en que se sirven alimentos amasados con la sangre de los pobres!… Carmelo Valdéz anota en sus Tradiciones Riojanas que San Francisco, al comprender que la prosperidad de los campos, los jardines y las huertas de la comarca era el fruto de la sangre, el dolor y la vida de los indios, “sacudió sus sandalias y diciendo “de La Rioja ni el polvo”, se marchó para no volver más”.

Fuente Consultada:
Hombres y Hechos de la Historia Argentina – Editorial Abril





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