Historia de la Mujer en la Sociedad Primitiva Rol Social y Logros



Historia de la Mujer en la Sociedad Primitiva
Su Rol Social y Evolución Histórica

Se creía comúnmente que el cerebro del hombre era mucho mayor que el de la mujer, hasta que a principios dei siglo XX, se determinó,que, en proporción al tamaño de su cuerpo, la mujer tiene un cerebro mayor. El peso del cerebro de la mujer es respecto del del hombre como 90 es a 100; pero el promedio del peso de la mujer es respecto del del hombre solamente de 83 a 100. En el siglo pasado el profesor Manouvrier, el antropólogo francés, fue más lejos y estimó que la masa orgánica activa del cuerpo de la mujer es respecto de la del hombre como 70 a 100. También es menos vellosa y está más delicadamente construída. En una palabra, es «un niño más desarrollado» y debe congratularse de ello. Su superioridad comparativa en cuanto a la masa del cerebro no implica, sin embargo, superioridad intelectual, sino que es, sim plemente, una característica de los bajos de estatura y de los niños.

Por otra parte, no parece haber razón para creer que las mujeres sean un poco menos inteligentes que los hombres. Muchas de las diferencias entre los adultos de ambos sexos de las comunidades civilizadas se deben a diferencias de educación. Entendemos por educación no solamente el adiestramiento mental, sino, principalmente, la educación muscular y el influjo sobre el desenvolvimiento individual de la organización nerviosa.

El hombre posee, indudablemente, algunas ventajas naturales sobre la mujer es más fuerte de cuerpo, por ejemplo, mientras que la mujer es más fuerte de constitución. Este hecho ha determinado la división natural del trabajo entre los sexos. Desde el comienzo el hombre ha sido el animal luchador y la mujer la fuerza domesticadora. La mujer ha hecho el hogar y el hombre lo ha guardado.

El hombre ha inventado las armas que han dado a la Humanidad la supremacía sobre las fieras salvajes, y la mujer ha descubierto los medios de convertir las plantas en alimento. El hombre ha emprendido generalmente los trabajos que exigen gran esfuerzo, realizado repentinamente y por un corto espacio de tiempo, mientras que la mujer ha realizado la mayor parte de los trabajos más ingratos de la existencia.

En apariencia, una mujer de tipo salvaje es la criatura más oprimida de la tierra. Todavía se la puede ver entre los cazadores inferiores caminando afanosamente, conduciendo un centenar de libras de utensilios domésticos y con frecuencia al hijo más pequeño a sus espaldas o sobre sus hombros.

Así tiene que andar veinte millas por día. Delante va el marido, libres las manos, salvo algún arma de fuego. «Esto parece mal», dice el obispo Selwyn, «pero es realmente una excelente división del trabajo. Una mujer salvaje puede conducir una carga muy pesada, pero no puede defenderse como el hombre.»

Con una pequeña alteración, este cuadro de la vida salvaje moderna puede ser trazado para representar el estado primitivo de la relación de los sexos. La mujer llevaba toda la carga y el hombre marchaba al frente con su clava o su hacha de piedra dispuesto a defender su mujer y su prole de las bestias de presa y de los rivales humanos.

Cuando comienza el bienestar humano, el trabajo más rutinario recae sobre la mujer, y el más arriesgado y peligroso sobre el hombre. Probablemente durante centenares y aun millones de años el genio inventivo del varón se aplicó principalmente a idear instrumentos de destrucción. Desechó su clava de madera y comenzó a tallar rudas hachas y armas de hueso o de pedernal; llegó a ser experto en poner lazos y conocedor de los caminos de los animales que temía como de los que cazaba para su alimento.

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Es indudable que la mujer fundo el hogar; es indudable que en los primeros tiempos la mujer fué la que soportó las cargas de la humanidad. Sobre la mayor parte del mundo, la sujeción física de las madres de la raza ha sido desterrada y la mujer se ha convertido en el centro del hogar, en la creadora y sostenedora de las comodidades de la vida de familia.



El hombre el cazador y la mujer la fundadora del hogar: Primero en la caza y luego en la guerra el hombre aprendió a actuar en concierto con las bandas de sus compañeros y estableció los cimientos de aquella cooperación social en gran escala de que nacieron el clan, la tribu y la nación. Su campo de acción se amplió, así, más que el de la mujer y en circunstancias favorables parece haber desenvuelto algo más los poderes de su espíritu. Estos poderes, sin embargo, no los aplicó al desenvolvimiento de la vida doméstica.

Esta fue abandonada a la mujer y ésta, probablemente, creó las industrias de la paz. Quizás el hombre encontró la cueva, pero la mujer hizo la casa. Además, hay indicios para creer que la casa primitiva se usó antes que la caverna. Los más inferiores de los cazadores no tenían lugar fijo de residencia. No podían permanecer mucho tiempo en un lugar una vez que agotaban la caza y otros recursos naturales. Aun los cazadores de tipo superior, como los indios americanos, necesitaban, aproximadamente, diez millas cuadradas; esto poseían en Nueva York antes de que los blancos los expulsasen. Como regla general, pueden vivir un centenar de agricultores en el área que requiere un solo cazador.

La mujer errante que conduce su casa por el mundo: Actualmente los indígenas australianos recorren veinte millas entre el nacimiento y la puesta del sol. Las mujeres conducen todos los enseres. He aquí una lista de ellos, hecha por Sir Jorge Grey: una pala de piedra para machacar raíces; tierra para mezclarla con las raíces; piedras para tallar hachas; panes de goma para arreglar las armas y pegar las ligaduras de las bolsas de tela que guardan los instrumentos de piedra; nervios de canguro para coser; pelo de zorra para cinturones; adornos hechos con pequeños huesos de canguro; trozos de piel de canguro para limpiar los arpones, alguna grasa y cuchillos y hachas de piedra. Además de todas estas cosas la mujer salvaje conduce una azada para coger raíces. También construye utensilios.

Cuando la familia llega a un buen lugar para acampar, la mujer abre ocho agujeros con su azada. En estos agujeros pone ocho postes inclinados de modo que se unan por el extremo superior y tan bien unidos que no hay que atarlos, gracias al arte con que la mujer construye su casa. De unos a otros postes se cruzan pequeñas cañas y sobre ellas coloca un tejido de hierba y hojas o pedazos de corteza.

Así se forma una tienda para la lluvia, sirviendo muy bien como aposento temporal, pero representando escasamente un pequeño avance respecto del nido de los pájaros. La mujer de la raza bosquimana, que es algo superior en cultura a los indígenas australianos del tipo más bajo, hace una estera portátil. La mujer india conduce también consigo su choza cuando marcha. Es muy valiosa y está constituida por pieles de animales.

La invención de los vestidos en Europa donde hacía cada vez más frío: Todo nos muestra que la mujer de las primeras razas nómadas fue la primera edificadora de la casa. El refugio era para ella más importante que para el hombre porque tenía un niño frágil que proteger de las inclemencias del tiempo. Quizás, también, en consideración al niño, inventó la mujer los vestidos. Entre las toscas hachas de piedra de las primeras razas de Europa se encuentran las agujas de las mujeres para coser la piel.

Estas agujas se hallan en gran número entre los restos prehistóricos más antiguos y fueron la prueba más tangible de las actividades de las primeras mujeres. Ahora aparece claramente que nuestros más remotos antepasados estuvieron vestidos por sus mujeres y sus hijas. El frío aumentó en Europa en aquellos días remotos y es posible que las mujeres empezasen a hacer los vestidos para ellas mismas.

Esta etapa de cultura se ha encontrado recientemente entre los indígenas de Tasmania. El hombre va desnudo, pero la mujer lleva una indefinida cubierta de pieles. El hombre, el cazador, fue el último en adoptar los vestidos, porque le impedían el ejercicio, sobre todo antes de acostumbrarse a ellos.

El primer sastre y el primer tejedor del mundo primitivo: Con pocas excepciones, las razas salvajes del mundo dejan todavía a la mujer la tarea de trabajar las pieles de animales para hacer vestidos, tiendas y cubiertas de canoas.

Ofrece alguna duda el que la mujer inventase la costura; al menos el profesor Guillermo J. Thomas se inclinó a atribuir al hombre el descubrimiento del uso de los huesos y tendones correosos de las costillas o de las patas del ciervo y de otros mamíferos. Se ha supuesto que los usaron primero los cazadores para unir las pieles cazadas y luego los adoptaron al propósito de coserlas. Aunque sea así, lo cierto es que hoy la mujer salvaje es usualmente la sastre, así como la cosedora de pieles de su tribu; también es la zapatera y la constructora de tiendas. Es verdad, sin embargo, que los varones de los indios norteamericanos se construyen por sí mismos sus vestidos de guerra.



Por otra parte, el joven zulú tiene por costumbre hacer para su novia un abrigo de pieles que le llega a la rodilla; las curte y trabaja hasta que son tan suaves y tan finas como una tela. Pero esto parece ser un rito. En conjunto, todos los indicios permiten creer que la mujer fue la inventora del vestido.
ha mujer fue también la primera tejedora. Empieza con cañas, hierbas y mimbres flexibles. Siendo la que llevaba la carga y la portadora del agua, necesitaba algo en que conducir sus cosas. Ya había practicado un tosco género de cestería tejiendo mimbres en una estera como protección contra la lluvia.

El lejano y primitivo comienzo del arte de la cerámica: Eos salvajes más inferiores de los que conocemos pueden, por lo menos, tejer unos mimbres de un modo tosco. Sobre ellos están las tribus que hacen rudos cuévanos: desde luego son las mujeres las que hacen la labor. Entonces aparecen los cestos construidos con toda clase de materiales: maderas, cortezas, cañas, mimbres y raíces. El mejor ejemplo de este género de trabajo femenino es un cesto de raíces o de cañas tejido unido con una doble cuerda tan junta y cerrada que parece convertirlo en vasija para el agua. Aquí tenemos el origen de la cerámica.

Estas vasijas tejidas pueden portear el agua como las pieles de cabra o las piedras ahuecadas, y se usan para cocinar. En ellas se coloca el agua y la comida. Se calentaban piedras en el fuego y se arrojaban en el agua. Cuando el cesto estaba en condiciones, se ie revestía de arcilla húmeda, y cuando ésta se secaba y endurecía era posible poner la vasija al fuego.

Eos restos de la cerámica más antigua se distinguen por señales de cestería tejida, las cuales son la prueba que demuestra que la vasija estaba hecha plasteciendo con arcilla un cesto y quemándolo.

Este es, sin embargo, un procedimiento muy laborioso y complicado, y el paso de avance que dio la mujer fue el de «tejer» un puchero. Enrollaba un poco de arcilla como cinta larga y tomando un cesto bajo como un cuenco lo envolvía con una serie de anillos de arcilla. Después de alcanzar el nivel del cuenco todavía seguía tejiendo círculos de arcilla hasta que formaban una vasija tres o cuatro veces superior al cuenco. Cada anillo de arcilla era apretado fuertemente contra el inferior de modo que la vasija quedaba impermeable. Se la ponía después a secar y se la frotaba con una piedra fina.

Las cosas sorprendentes que proceden del primitivo cesto de la mujer: El próximo paso de avance que dieron las mujeres puede registrarse entre las mujeres de Nueva Caledonia. En vez de envolver con una cinta de arcilla un cesto, colocaban la arcilla húmeda en un cuenco de arcilla seca, que hacían girar rápidamente conforme modelaban la arcilla con sus dedos. Aquí encontramos la forma más primitiva de la rueda del alfarero; así tenemos que reconocer que la mujer es la inventora de una de las artes domésticas más útiles.

Aquel su cesto primitivo fue, verdaderamente, como la cesta del moderno prestidigitador. De él salieron una porción de cosas sorprendentes. Al hacer su pequeña casa de ramas y de mimbres utilizaba unas varas para unir las ramas. En los trabajos más finos de cestería la vara se afinó en una especie de lezna de madera.

Después vino una más fina lezna de hueso, la cual se encuentra en casi todas las sepulturas de la mujer primitiva. Ea mujer fue, seguramente, la que primero pensaría en hacer un agujero en el instrumento que ella sólo usaba y usaba constantemente. Así podemos concluir, contra la opinión del profesor Tilomas, que de la cestería de la mujer nació la aguja. Entonces apareció la tela y el vestido.

Eos vestidos primitivos fueron hechos de las fibras de la corteza y de las hojas de los árboles. Por ejemplo, puede obtenerse filamentos tan finos como la seda cortando las fibras de la corteza del cedro americano con un buen cuchillo. Este fue el método adoptado por las mujeres indias en las proximidades del río Fraser, en la Columbia Británica.

En las tierras calientes de Sudamérica y en África y la Polinesia se usan la corteza del cocotero, la fibra de la hoja de la palmera y fibras de pita. Eas hebras se obtenían hilándolas. Se aseguraba para ello el cordón a una piedra y se hacía girar a ésta hasta que el hilo estaba suficientemente trenzado. Se ataba luego el hilo a la piedra y se repetía indefinidamente el proceso. Así fue descubierta la idea del huso y el huso mismo, al fin.



El telar que sale de la cesta mágica, gracias a la mujer: Entonces, de la cesta mágica, la mujer, la inventora de todas las artes domésticas, sacó el telar. Consistió en un principio en dos hileras de varas fijas en el suelo, opuestas una a otra. La urdimbre era atada a estas varillas y las hebras de la trama se pasaban con la mano y se les apretaba mediante un tosco peine de madera. La forma más sencilla de telar es la que se ha visto entre las mujeres de la Guayana inglesa. Lo usan para hacer sus delantales.

La trama consta de dos rollos: uno flexible y doblado en semicírculo, el otro recto y atado en sus extremos con los del pri mero. Así se forma un simple bastidor con la forma de una D. La urdimbre hilada pasa de un rollo a otro y la trama se teje en ellos medíante una delgada varilla, a la que se ata el hilo. Mucho antes de ir los hombres blancos a América las tribus de las etapas más bajas de cultura usaban el algodón y el cáñamo. Aun las mujeres caníbales de las Indias Occidentales tenían una pri mitiva plantación de algodón.

La agricultura, la más importante de las conquistas de la mujer: Esto nos lleva a la más importante de todas las conquistas de la mujer. Ofrece poca o ninguna duda que ella descubrió la agricultura, y domesticando así al hombre, fundó la civilización Ni los cazadores superiores ni los inferiores son capaces de sostenerse y sostener a la familia con los despojos de la caza.

La mujer primitiva es la que aporta principalmente los víveres. En la explotación de su reino peculiar—el reino vegetal—, la mujer aparece primero en el acto de tomar de manos de la Naturaleza aquellos frutos y partes de la planta que están dispuestos a ser comidos. Después aventura un paso más.

elogios importantes para la mujer

Con su azada y su cesto iba en busca de raíces que tenían que ser asadas o cocidas con piedras calientes hasta convertirlas en alimento humano. Después, a la tercera jornada—todavía permanece en ella en las partes salvajes de Australia—, recogía las semillas de la hierba.

la mujer y l a agricultura

En nuestra lista de los enseres de la mujer australiana omitimos una curiosa piedra de diez y ocho pulgadas en cuadro y unas cuantas pulgadas de espesor. Parece haber una gran distancia entre una de nuestras piedras de molino y esta pequeña piedra cuadrada que las mujeres de los negros llevaban siempre consigo en sus viajes, pero todas estas son etapas en el desenvolvimiento de esta piedra hasta llegar al moüno moderno.

Una vez reunidas sus semillas, la mujer abría un agujero de doce pulgadas de profundidad y ponía en él el haz y machacaba hasta separar ei grano. Limpiaba entonces el hoyo y cogía el grano y aventaba en un gran cuenco, acudiendo a su aliento si el viento no soplaba. Después esta semilla era laboriosamente molida sobre la piedra cuadrada y mojada y amasada en el cuenco para comerla luego cocida o cruda.

Esta es la mayor aproximación de los indígenas de Australia a las artes de la Agricultura. Los casi extinguidos bosquimanos escasamente estuvieron más avanzados. Sus mujeres recogen las semillas de las plantas silvestres, que muelen en agujeros de la roca.

La mujer prehistórica de Europa que molía el grano: Eos bosquimanos, desde luego, vivieron en tierras donde la caza fue siempre muy abundante, pero parece que sus mujeres lograron, por la presión del hambre avanzar mucho en el cultivo de las plantas que les rodeaban. Piedras con mucha semejanza a las de moler se encuentran entre los restos prehistóricos m is antiguos de la Gran Bretaña.

Estas piedras planas las coge la molinera para moler sobre otra piedra plana, o en un agujero de la roca, o en un mortero portátil, las semillas, las nueces o las bellotas, para hacer una harina tosca.

Parece como si la mujer prehistórica de Europa estuviese al mismo nivel que su moderna hermana de California quien cosecha las bellotas, las pinas y las semillas de las hierbas. Con el mismo movimiento libre del cuerpo con que las modernas lavanderas lavan su ropa, sus hermanas salvajes golpeaban con la piedra. La labor se hacía de rodillas y era muy dura. Agujereando la piedra de abajo y convirtiéndola en un mortero, se hace la tarea más fácil; y del mortero se llega al molino de mano manejado por dos mujeres.

mujer muele grano

En la California Septentrional, donde, como en la Antigua Bretaña, se recogen las bellotas para alimento, encontramos la forma más primitiva existente de granero. Consiste en un enredijo envuelto en ramaje y colgado en la choza. En la California Meridional estos cestos graneros plegables son muy grandes. Fuertemente cubiertos o techados y sostenidos por pilares de madera clavados en el suelo, muestra el mismo arte y previsión que los de nuestros modernos agricultores.

Hay una sólida prueba de que entre las tres divisiones típicas de la Humanidad que permanecen todavía en el salvajismo—los indios americanos, las razas negroides y los malayo-polinesios— las mujeres son las constructoras y propietarias de los primeros graneros y almacenes. Es razonable pensar que el mismo estado de cosas hubo entre los pueblos ahora más elevados cuando estuvieron en una etapa inferior de cultura.

El trabajo de las mujeres entre las razas salvajes en nuestros días: Y si admitimos que la mujer fue en todo el mundo la fundadora y propietaria del primitivo granero, tenemos que conceder que fué la inventora de la agricultura. Porque el granero fué el último paso hacia el campo labrado y sembrado. En América las mujeres cogían una hierba que todavía crece silvestre y la cultivaban como el trigo indio.

En África ella lo cultiva, muele y amasa como ahora. En Asia transformó el arroz silvestre, y probablemente en los campos de Asia y de Europa cultivó el trigo.

El hecho general de que la mujer siga siendo prácticamente entre todas las razas salvajes existentes la cultivadora y cosechera, es una nueva prueba de que ella debe haber sido la fundadora originaria de las artes de la Agricultura.

La mujer domesticó al hombre, al gato y a la planta; el hombre domó al perro, la cabra, el carnero y varias bestias de caza. Ambas adquisiciones produjeron un hogar estable y una abundante provisión de alimento para toda la familia.

Lo conseguido por la mujer es el paso más importante dado por la Humanidad: En algunas partes del mundo donde— hasta el advenimiento del hombre blanco—era desconocido el pastoreo de rebaños en gran escala, fué dado enteramente a la mujer abrir las sendas de la civilización. En diversas regiones del Antiguo Mundo, sin embargo, el hombre parece haber guardado y apacentado rebaños antes de que la mujer se entregase a la agricultura en gran escala. No obstante, el primitivo pastor permanece casi nómada, trashumando de los pastos de invierno a los pastos de verano Las disputas por el rebaño y las semillas tribales le mantienen continuamente en guerra.

Por regla general, hasta que un pueblo organiza su agricultura o su industria no alcanza un tipo de vida suficientemente permanente para que se desenvuelva la civilización. A las mujeres, por consiguiente, hay que atribuir el avance más importante logrado por la Humanidad.

Debemos recordar que su vida fué muy fácil en los días pastoriles, cuando la mujer hizo su último y gran descubrimiento. El hombre no sólo la defendió y la alimentó a ella y a sus hijos, sino que afrontó una gran parte del trabajo cotidiano. Conducía las manadas y los rebaños por el campo y los defendía de los animales de presa y de los enemigos. Con frecuencia tuvo que luchar tanto como había luchado en la edad de la caza y tuvo además que vencer a las fieras salvajes que atacaban sus rebaños. Estuvo más continuamente ocupado que cuando vivía de la caza, pero este nuevo modo de vida alivió a la mujer de algunas de sus más pesadas cargas.

Estas cargas, entiéndase claramente, no le fueron impuestas por el hombre. Fueron cayendo sobre sus hombros en el curso natural de las cosas.

La división del trabajo, que estableció la igualdad económica entre los sexos: No debemos, acabamos justamente de indicarlo, censurar al pobre salvaje que reposa ocioso al sol después de volver de la caza mientras su fatigada compañera trabaja afanosamente sin quejarse.

Porque cuando consideramos la cantidad de ejercicio que le exigía su lucha por el alimento y por la vida con la Naturaleza y con sus semejantes, comprendemos que tema que utilizar todas las oportunidades de reposo que tuviera para mantener y prolongar su vida. De su fuerza dependía directamente el bienestar de su esposa y de su prole.

Desde los comienzos de los tiempos hasta que el hombre inventó la máquina de vapor ha habido una igual división del trabajo entre los sexos. El hombre ha hecho la mayor parte del trabajo que exige fuerza ejercida repentina y violentamente; descubrió, probablemente, el uso del fuego y dejó a la mujer, desde luego, que lo mantuviese y lo emplease para cocinar.

Construyó la chalupa que capacitó a la raza humana, probablemente en la Edad de piedra, para extenderse por el mundo habitable, y resolvió el problema de tener carne y leche aseguradas, domesticando muchos de los animales que cazaba. Fundó la religión, la filosofía y el derecho y muchas de las artes superiores de la vida. La mujer, como hemos visto, descubrió las artes domésticas y agrícolas y probablemente averiguó el valor medicinal de las hierbas.

Trabajando juntos, aunque en cosas diferentes, el hombre y la mujer llegaron a una condición de igualdad económica La mujer se hizo agricultora y el hombre pastor.

Este estado de cosas se describe bellamente en el «Libro de los Proverbios», de Salomón. Esta fue una etapa dichosa en la Historia de la Humanidad y de ella hicieron los poetas antiguos la bella fábula de la Edad de Oro del pasado. Ya hemos trazado en capítulos anteriores sobre la familia y el matrimonio el efecto que ejerció sobre la mujer misma su aumento de valor desde el punto de vista económico.

Su posición como hija, esposa y madre se hizo más estable; el abandono o el divorcio se hicieron más raros; los niños recibieron más atención y el horizonte general de la vida humana fué ensanchado.

Este fué también el momento en que la mujer comienza, en general, a tener acción política. Desgraciadamente, las noticias de la mayor parte de las naciones civilizadas no retroceden muy lejos. Conocemos muy poco acerca de los egipcios de la primera dinastía, y mucho menos acerca de los cretenses, que parecen compartir con ellos el honor de ser la primera de todas las razas de la Humanidad que llegó a la civilización.

Él tiempo en que las mujeres comienzan a intervenir políticamente: Esto ocurrió, probablemente, hace seis mil años. Dos mil años después encontramos en las leyes del rey de Babilonia, Hammurabi, la primera clara evidencia de la posición ganada por la mujer en el primer estado agrícola. Su libertad y dignidad fueron muy notables. Su marido le entregaba una dote y cuando moría, ella llegaba a ser el jefe de familia. En caso de divorcio se entregaba a la mujer inocente la dote y la custodia de los hijos de su marido tenía que pagarle una anualidad.

Infamar una mujer casada era un crimen tan grave como infamar una vestal sagrada, y el difamador era marcado y hecho esclavo el resto de su vida.

En Egipto, además, la herencia se obtenía a través de la línea femenina, y la sucesión a través de la madre. Como en Inglaterra en las épocas de Victoria y de Isabel, las reinas reinaron por propio derecho—como Nitocris, en la octava dinastía; Scemiophrus, de la doce, y la famosa reina Hatshepsut.

La igualdad de la mujer con el hombre parece extenderse en ciertos tiempos incluso al sacerdocio, porque encontramos sacerdotisas en templos dedicados a divinidades femeninas. Significativo también es el rango ocupado por las diosas en el Panteón de las dos grandes naciones agrícolas de los tiempos antiguos.

En Babilonia, Istar fué la madre de todos los dioses, y viniendo a los días en que se fundó la Iglesia Cristiana, la egipcia Isis, esposa de Osiris, tuvo de hecho la supremacía entre todas las di vinidades del Egipto. En Asiria, Astarté fué la más alta diosa; en la Antigua Arabia las diosas tenían más poder que los dioses, y así parece haber ocurrido en Moab y en otras regiones.

Ver: El Hombre Vs. La Mujer En El Mundo Actual

Fuente Consultada:
Colección Moderna de Conocimientos Universales – La Sociedad Humana – Tomo II – Editores W.M. Jackson, Inc.

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