El Pacifismo La Lucha Por La Paz en el Mundo Objetivos y Líderes



El Pacifismo – Objetivos, Movimientos y Líderes Pacifistas

“La tarea más crítica y urgente del momento, es eliminar la amenaza de una guerra mundial, de una guerra nuclear. La humanidad se halla ante un dilema: debemos detener la carrera de armamentos, o enfrentarnos a la aniquilación” (Asamblea sobre Desarme, 1978).

El fuerte auge experimentado por las ideas y organizaciones pacifistas después de la Segunda Guerra Mundial llega a su cenit en los años ochenta del siglo XX, debido al desarrollo de las armas nucleares y a la importancia que adquieren las cuestiones vinculadas a la seguridad de las personas en la formación de los movimientos sociales. Los grupos pacifistas son cada vez más numerosos y actúan en todos los pueblos. Algunos de sus dirigentes, —los más conocidos aunque no necesariamente los más meritorios—, han sido galardonados con importantes distinciones. Entre ellas sobresale el “Premio Nobel de la Paz” que se otorga anualmente a personas o instituciones más destacadas por su actividad pacifista.

Entre los así recompensados figuran:

Henri Dunant, fundador de la Cruz Roja Internacional, en 1901.
Woodrow Wilson, Presidente Norteamericano, impulsor de la Sociedad de las Naciones, en 1919.
Luther King, en 1964.
Albert Schweitzer, médico en Lambarené, África Ecuatorial, en 1952.
La Madre Teresa de Calcuta, misionera en la India, en 1979.
Desmond Tutu, obispo metodista de Sudáfrica, líder contra la segregación racial en su patria, en 1983.

Dos argentinos, se han hecho hasta el presente acreedores a tan alta distinción:
Carlos Saavedra Lamas, ministro de Relaciones Exteriores, por su esfuerzo como mediador en la Guerra del Chaco, entre Paraguay y Bolivia, en 1936.
Adolfo Pérez Esquivel, pacifista, activo miembro de “Servicio de Paz y Justicia”, entidad vinculada a la defensa de los Derechos Humanos, en 1980.

Los significados del pacifismo están asociados a diferentes ideologías y orientaciones para la acción, desde las creencias religiosas de los primitivos cristianos y el budismo, las ideas liberales favorables a la reconciliación internacional que proponen trasladar el modelo del Estado liberal a las relaciones interestatales y las del pacifismo radical contemporáneo. Este último surge a raíz de la industrialización de los países occidentales y la expansión mundial de sus Estados, y engloba aquellas ideas, actitudes y movimientos que rechazan el uso de la violencia y la guerra en cualquier circunstancia.

Una variante inicial es el pacifismo social, que se centra en las causas sociales de la guerra, expresa el descontento de los obreros y campesinos y denuncia el servicio militar. El pacifismo radical ha estado vinculado al anarquismo y a personajes como Goodwin, Proudhon, Thoreau, Dewey, Ghandi, Shelley y Tolstoi. Se funda en la interdependencia entre medios y fines en política (que exige renunciar a la violencia incluso para imponer la paz y cuestiona el derecho a la guerra justa), considera legítimo el uso de la fuerza no violenta en defensa de la paz, y tiene como principal estrategia la desobediencia civil. La difusión del pacifismo también tiene un componente institucional importante, debido a la proliferación de organismos internacionales en

defensa de la paz. La interrelación que existe entre los movimientos sociales contemporáneos se manifiesta desde la campaña por el desarme nuclear, que promueve algunas de las movilizaciones de los años cincuenta, al movimiento contra la guerra de Vietnam y el antinuclear, que han impulsado a organizaciones estudiantiles y ecologistas en las décadas de los sesenta y de los ochenta.

El movimiento antinuclear

El antinuclear es el movimiento por excelencia de la modernidad, por cuanto toda su dinámica interna gira, encubierta o abiertamente, en torno al conflicto de sus únicos valores universales: la libertad y la vida. La consideración de ambos aspectos como «valores universales» no significa que sean inconcebibles los conflictos y choques entre ellos en forma teórica o práctica; más bien al contrario. La breve historia de la modernidad está llena de tales polémicas, que incorporan distintos niveles de discusión:

el nivel cotidiano, el nivel de la nación, la clase y otras integraciones superiores y el nivel de la humanidad. La esencia de la cultura moderna se perderla si se considerase como mera hipocresía la evidente tensión entre los genocidios cometidos regularmente bajo su égida, a veces a una escala sin precedentes, y el reconocimiento por consenso social de los valores universales de la libertad y la vida. Es precisamente esta dualidad, esta trágica tensión, la que provoca los constantes esfuerzos por redefinir el grado permisible y no permisible, respectivamente, de los actos violentos colectivos, que en ocasiones dan lugar a autoridades punitivas en sí mismas, incompatibles con las reglas del juego establecidas por esta civilización.

En el discurso generalizado acerca del supuestamente inminente holocausto nuclear, que absorbe por igual a la vida académica, la pantalla de televisión y la prensa, el conflicto global de la vida y la libertad ha alcanzado el nivel de antinomia. En consecuencia, tanto la libertad como la vida tienden a perder su carácter de valor universal. Es una antinomia precisamente porque no es posible escoger uno de los dos polos, y algo que no se puede escoger difícilmente puede ser un valor universal. Sin embargo, hay un peligro más grave: la autobarbarización de nuestra cultura.

Por un lado, no se puede optar por la libertad frente a la vida en un sentido general. Donde no hay vida, tampoco hay libertad. Todos aquellos que conciben la bomba como una fuerza de disuasión, es decir, la consideran un arma con la que debería librarse una guerra total, por muy amantes de la libertad que sean sus motivos, destruyen teóricamente la libertad, además de la moral.

El movimiento antinuclear se basa en la crítica, y en última instancia el rechazo, de la fuerza de disuasión. El rechazo puede ser inmediato y unilateral, o su abolición concebida como resultado de un largo proceso. Existe una identificación, muy extendida y extremadamente errónea, de las posturas pacifistas con las antinucleares. Aunque es obvio que, por definición, todos los pacifistas tienen que ser antinucleares, o contrario no es cierto. De hecho, hay dos tipos de militantes antinucleares que no son pacifistas: los nacionalistas y los revolucionarios para quienes «las justas guerras de los pueblos oprimidos» son actos loables.

El pacifista, en los tiempos actuales, no representa un tipo homogéneo, unificado. Las esperanzas iniciales del pacifismo en la temprana Ilustración, la promesa de que el racionalismo, el liberalismo y la industria (individual o conjuntamente) traerían la paz eterna, en la actualidad están evidentemente muertas. El pacifismo se ha vuelto mucho más resignado o mucho más radical.

El tipo de pacifista escéptico está representado por Bertrand Russell, autor de la fórmula «Más vale rojo que muerto», claramente partidaria del valor universal de la vida frente al valor universal de la libertad. El contexto de esta dudosísima sabiduría es un excesivo escepticismo. No se puede saber, sugiere el escéptico, qué es ser libre, qué vale la libertad, ni cuál es el valor de los preceptos morales sugeridos por diversos profetas. Pero al menos se puede saber con certeza dónde termina la vida, dónde comienza la muerte. Mientras haya vida se pueden recomenzar los esfuerzos por recuperar la libertad. Un tipo de pacifista diferente, radical, está representado por Lessing, Tolstoi y Gandhi: son los hombres del gran rechazo.

A pesar de las leyendas, su postura no es la del sacrificio del valor de la libertad a favor de la vida. Su concepción del pacifismo (compartida por ellos sin interconexiones filológicas) es resumida por Lessing: la desobediencia pacífica frente a los poderes opresivos anula su fuerza opresiva. El poder no es una entidad mítica. Nosotros somos poder; con nuestra sumisión y colaboración con tiranos y opresores. Sin nuestra sumisión no hay tiranía. Lo que predicaba Gandhi, y que al parecer estaba más allá del aguante humano en general, era una desobediencia no violenta, pero total, frente a los poderes tiránicos, que frenara por completo a estos últimos.



En cierto modo, esta idea aparentemente infantil encierra una profunda sabiduría. Las grandes revoluciones políticas transcurren, la mayoría de las veces, pacíficamente; cuando la desobediencia general paraliza la maquinaria de la opresión, cuando la transformación es no violenta porque los órganos de coacción dejan de obedecer las órdenes.

Sin embargo, este modelo no puede servir a los fines de los movimientos y tendencias antinucleares occidentales porque sólo es apropiado en condiciones de tiranía política. Hay que mantener la unidad de la libertad y la vida como valores universales, como medidas comunes del nivel de humanidad de nuestra civilización. El deber de los movimientos sociales, que son conscientes de los peligros actuales pero que quieren transformar el presente estado de cosas, es precisamente reformular los problemas mediante la creación de un nuevo campo social de alternativas.

El crecimiento y fortalecimiento del movimiento antinuclear no es el resultado de un peligro inminente de choque nuclear global entre las superpotencias. Es más bien la poderosa reacción simbólica de amplias capas de la sociedad occidental ante tres acontecimientos de la pasada década, cruciales y relacionados entre sí: la depresión económica global (que también significa la erosión de diversos beneficios y valores fundamentales del modo de vida occidental), el fin de la hegemonía global estadounidense y la desaparición de toda esperanza en un nuevo mundo o un socialismo reformado.

Breve Reseña Histórica

Numerosos han sido los proyectos de paz perpetua mediante federaciones de Estados, desde Enrique IV, Leibniz y el abate de SaintPierre, a J. Rousseau, Bentham, Kant, Saint-Simon, etc. A partir de mediados del siglo XIX, la idea de crear un organismo de arbitraje entre Estados, se desarrolló en los congresos internacionales reunidos por la sociedad londinense de Amigos de la Paz (1847). Frédéric Passy fundó la Liga Internacional y Permanente de la Paz (1867); en 1901 recibió el primer premio Nobel de la paz, junto con Henri Dunant.

Tras la creación, en Berna, de la Oficina Internacional para la Paz (1892), a instancias de Nicolás II se reunió una conferencia para la paz en La Haya (1899), seguida por una segunda, celebrada en la misma ciudad en 1907. De ella surgió la institución de un tribunal de arbitraje. Entonces, el pacifismo fue esencialmente defendido por las organizaciones obreras y socialistas, pero ante el estallido de la Primera Guerra Mundial olvidaron sus planteamientos, que fueron recogidos por la izquierda socialista y el comunismo.

La Sociedad de Naciones, creada después de la contienda con el objetivo e mantener la paz mediante la solución pacífica de los conflictos, fundó el Tribunal Permanente de Justicia Internacional (1920), que funcionó de 1922 a 1945, fecha en que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) instaló en su lugar el Tribunal Internacional de Justicia. Tras la Segunda Guerra Mundial, ante la amenaza de guerra nuclear, se formaron varios movimientos de la paz (1950), el Instituto internacional de Estocolmo de Investigaciones por la Paz (SIPRI), en 1966, los Combatientes de la Paz y el Congreso Mundial de la Paz. Mientras, la ONU organizaba sus propios foros de discusión y las grandes potencias, las conferencias de desarme de Ginebra.

La presión del movimiento pacifista mundial en su oposición a la carrera armamentista y, más particularmente, a la implantación de misiles en Europa, logró una gran victoria, en este sentido, al crear un clima pacifista que llevó a los acuerdos de desarme de 1987, firmados entre el presidente estadounidense Ronald Reagan y el de la antigua Unión Soviética, Mijail Gorbachov.

Actualmente, el pacifismo de la sociedad civil es un denominador común de diversos movimientos: pacifistas en sentido estricto, que consideran la guerra como un crimen colectivo; no violentos, que proponen una defensa basada en la resistencia pasiva; ecologistas, que condenan la energía nuclear bajo todas sus formas; antimilitaristas, hostiles a la institución militar; objetores de conciencia; feministas, y un gran número de partidarios de los derechos del hombre, así como diversos institutos e instituciones culturales no gubernamentales.

MOVIMIENTOS PACIFISTAS:

Si bien las guerras han sido una constante en la historia de la humanidad, sólo a comienzos de nuestro siglo, los pueblos han llegado a la convicción de que los conflictos bélicos son el método más irracional para solucionar los problemas entre las naciones. Ello tal vez sea fruto del convencimiento de que las guerras modernas, no serán nunca más limitadas —ni en su extensión ni en sus efectos— sino totales y que de ellas resultará una sola víctima: la humanidad entera.

Fruto de este convencimiento, se viene desarrollando en nuestros tiempos un intenso MOVIMIENTO PACIFISTA en el que se enrolan hombres y mujeres de todos los países y de todas las ideas políticas y confesiones religiosas, animados “del mismo ideal: alejar el peligro inminente en que se halla la humanidad de desaparecer a causa de un conflicto nuclear, y complementariamente, imponer un nuevo sistema que haga posible la pacífica convivencia humana.

El Movimiento Pacifista es impulsado por Organizaciones Internacionales, y además, cuenta con difusores de destacada personalidad en todos los países.

Entre las primeras se destaca la Organización de tas Naciones Unidas, que confiesa como uno de sus objetivos fundamentales y como la razón de ser de su existencia, el mantenimiento de la paz mundial. Esta organización, creada después de la Segunda Guerra Mundial, está integrada por numerosos organismos especializados, dedicados a sus fines específicos, entre los que sobresalen, la UNICEF, la FAO, la UNESCO, y muchos más. Todos ellos, en su conjunto, proclaman como uno de sus objetivos fundamentales, el mantenimiento de la paz mundial.

LÍDERES PACIFISTA: Los Movimientos Pacifistas se han propagado por todo el mundo, y en todos los países cuentan con destacadas personalidades dedicadas a esta misión: muchos de ellos, por su trascendencia, se han convertido en proceres no de un país determinado, sino de la humanidad entera.

• El Mahatma Gandhi (1869-48), líder indio, dedicó su vida al logro de la independencia de su patria, en poder de Gran Bretaña. Para conseguir sus fines repudiaba todo acto de violencia, e incitaba a sus partidarios a adoptar todos los medios de acción pacífica a su alcance, como el boicot a los productos de la metrópoli, la desobediencia civil, la quita de colaboración, actos masivos de protesta, y en forma personal, prolongados ayunos. Su cruzada pacifista de más de cuarenta años, consiguió su propósito, y en 1947, la India recuperó su independencia. Al año siguiente, Gandhi fue asesinado por un extremista.

Luther King, pastor bautista norteamericano, bregó incansablemente por conseguir mejores condiciones de vida y la igualdad de derechos, para los negros, sus hermanos de raza, apelando a métodos puramente pacíficos. Fue asesinado en 1968.

• Los PONTÍFICES ROMANOS de los últimos tiempos, se han convertido en verdaderos “propagadores de la paz”, señalando al mundo con sus documentos el pensamiento de la Iglesia al respecto.

Paulo VI, en su encíclica Populorum Progressio, traza un valiente alegato contra las injustas condiciones socio-económicas que padecen vastos sectores del mundo, a las que atribuye la principal responsabilidad de las actuales tensiones mundiales.

Juan Pablo II, pronuncia frecuentes alocuciones en forma directa frente a los más variados auditorios de la tierra, sobre todo en los países subdesarrollados. En su encíclica Pacem in Tenis, insta a la construcción de un nuevo orden social, advirtiendo que debe hacerse aplicando los principios de la justicia y de la caridad, evitando todo sectarismo.





OTROS TEMAS EN ESTE SITIO



Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *