Sistemas Bismarckianos Objetivos Unión de los Tres Emperadores



SISTEMA DE EQULIBRIO POLÍTICO MILITAR DE BISMARCK

Después de Sadowa, Sedán había asombrado a Europa. Prusia, victoriosa, permitía a Alemania resurgir como potencia, después de más de seis siglos de historia oscura. Pero aquella victoria alemana había trastornado el equilibrio europeo. Desunida, Alemania servía como de almohadillado entre las distintas potencias europeas: era un cómodo campo de batalla en el que se enfrentaban los imperialismos rivales, ruso, austríaco y francés. Pero ahora la tenacidad de Bismarck viene a imponer en Europa un «statu quo» al servicio de los intereses alemanes.

Sadowa: En la guerra franco-prusiana el ejército de Prusia conquistó Hannover y Hesse-Kassel, invadió Sajonia y Bohemia, y finalmente infligió una aplastante derrota a los austríacos en la batalla de Sadowa (cerca de la localidad austriaca de Königgrätz, hoy Hradec Králové, en la República Checa) el 3 de julio.

LOS TEMORES DE ALEMANIA
En efecto, gracias a la indemnización de guerra pagada por Francia, Alemania dispuso de capitales que podían ayudar al desarrollo de su industria, pero esta construcción económica requería un período de paz, por lo que Alemania tuvo que practicar una política exterior defensiva. Sin embargo, esta política, defensiva en sus fines, resultaba ofensiva en sus medios. Así, Alemania no podía menos de temer a Francia, que, tras una severa derrota, no estaba en modo alguno, abatida.

La rapidez con que, recurriendo al ahorro, pagó la indemnización de guerra y logró la evacuación de su territorio lo demostraba. Ahora bien, Francia restaurada por Thiers, estaba animada por un espíritu de desquite, tanto más vivo cuanto que la pérdida de Alsacia y de una parte de Lorena suponían una dolorosa amputación. Los franceses tenían su mirada puesta en la frontera, en la «línea azul de los Vosgos».

Bismarck temía a Francia, pero sabía que ésta no podía actuar sola. ¿Cuáles eran los posibles aliados de una Francia «revanchista»? Inglaterra, ciertamente no. Como siempre, la política inglesa estaba inspirada por un doble principio: mantenimiento de su superioridad en el mar (la flota inglesa equivalía a todas las flotas mundiales reunidas) y mantenimiento de un cierto equilibrio europeo, que permitiese a la intervención inglesa inclinar la balanza, sistemáticamente, a favor de sus preferencias o de sus intereses. Italia, tampoco. Esta joven potencia no podía ligarse a los intereses franceses. Era una nación que todavía no había terminado de organizar su reciente unidad.

Bismarck, el Canciller de Hierro Prusiano Ideólogo de sistemas de equilibrios militares

EL PRIMER SISTEMA BISMARCKIANO
Quedaban, pues, Rusia y Austria. Estos dos Estados tenían ambiciones muy concretas, pues ambos miraban a los Balcanes. El imperio de Austria-Hungría comprendía incluso nacionalidades eslavas del Sur:  eslovenos   y   croatas.

Los   austríacos   querían seguir  extendiéndose en los  Balcanes,  aumentando  así su dominio  sobre el Adriático,  que había recobrado su antigua importancia, cuando, en 1869, se había abierto a la circulación el Canal de Suez, y el comercio en el Mediterráneo había vuelto a ser uno de los primeros del mundo. Los rusos, por su parte,  seguían buscando un mar abierto.

El Báltico estaba lejos de las grandes vías comerciales, y los estrechos daneses   estaban   demasiado   bien   guardados por la flota inglesa. El Mediterráneo era una tentación para San Petersburgo. Y a los rasos no les faltaban posibilidades: los eslavos de los Balcanes volvían sus ojos hacia la poderosa  «hermana  mayor»,  defensora de la raza eslava y de la fe ortodoxa. Austria y Rusia se preocupaban, pues, de los Balcanes, y Bismarck tuvo que emplear mucha habilidad y diplomacia para envolver en una misma alianza a Alejandro II y a Francisco José.

Así surgió la Unión de los Tres  Emperadores, establecida en  1873, y que  agrupaba,  precisamente,   a  los  emperadores   de   Alemania,   Austria-Hungría   y Rusia.   Asegurada   la   neutralidad   austro-rusa,   Bismarck   pudo   entonces   intimidar a  Francia,  dejando  entender que no podía  descartarse  una  «guerra  preventiva», dado   el   espíritu   francés   y   su   reforma militar.

Los   franceses   se   impresionaron: «Nos negaremos a batirnos», declaró, incluso, un ministro. Inglaterra y Rusia, interesadas en que no se rompiese el ya inestable equilibrio en Europa, tuvieron que intervenir cerca de Bismarck.



Entonces, se suspendieron las amenazas alemanas, pero Bismarck había conseguido ya uno de sus propósitos, el de demostrar a los franceses que de nada les serviría el querer vengar su derrota con la esperanza de recuperar Alsacia: así les obligaba a volver su mirada hacia las aventuras coloniales (1875).

Ver: La Crisis Balcánica

EL CONGRESO DE BERLÍN Y EL SEGUNDO SISTEMA BISMARCKIANO
La elección de Berlín como lugar de reunión de las distintas potencias es un claro indicio del papel predominante desempeñado por Alemania y por Bismarck, que se aprovechó de ello para establecer muchos y útiles contactos. Por ejemplo, insinuó al ministro francés: «Ustedes no pueden dejar Cártago en manos de los bárbaros».

Y el francés comprendió perfectamente. Alemania animó a Francia a intervenir en Túnez, la invitó a emprender una política colonial que la distrajese de sus reivindicaciones europeas. De este modo, los franceses no sólo pensaron menos en Alsacia y Lorena, sino que, además, chocaron con Italia, que tenía en Túnez intereses preferentes.

Crear nuevos enemigos de Francia, equivalía a aumentar su aislamiento, pero el problema central planteado en Berlín sguía siendo el de los Balcanes. Se decidió que Servia, Rumania y Montenegro obtuviesen su independencia, y el sultán no pudo protestar. En cuanto a Bulgaria, sería autónoma, pero quedaría dividida en dos provincias, y, sobre todo, no tendría salida al mar Egeo. Austria adquiría también el derecho de administrar una provincia antiguamente otomana: Bosnia-Herzegovina.

Los rusos fueron, pues, los grandes vencidos por el Congreso. No ocultaron su resquemor por haber combatido y triunfado, para obtener, al fin, beneficios menos tangibles que los concedidos a Austria-Hungría. Pero, ¿qué podían hacer los rusos? ¿Romper sus alianzas anteriores y acercarse a Francia?

Sin embargo, el zar, autócrata, jefe de la muy santa Rusia, no podía aliarse con una Francia republicana y que predicaba malsanas ideas liberales. Por otra parte, ¿era Francia un aliado suficientemente sólido? A Rusia no le quedaba, pues, más posibilidad que la de conservar la amistad alemana, lo que permitía a Bismarck poner fin a su segundo sistema, singularmente más elaborado que el primero, y cuya finalidad esencial era la de evitar la renovación del «accidente» de 1878, es decir, un conflicto entre sus dos principales aliados.

En 1879, Alemania firmó un acuerdo con Austria-Hungría, pero sin comprometerse a apoyar a su aliado en una guerra balcánica que no podría menos de perjudicar sus intereses, por lo que, en 1881, reconstituyó la alianza de los tres emperadores.

Fuente Consultada:
Enciclopedia de Historia Universal HISTORAMA Tomo IX La Gran Aventura del Hombre



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