La Historia de la Libertad Política Concepto e Ideologías



La Historia de la Libertad Política
Concepto e Ideologías

En las democracias liberales de Occidente, la libertad suele considerarse el más básico de los derechos humanos: un ideal por el que merece la pena luchar y, de ser necesario, hasta morir.

El gran valor atribuido a la libertad es un indicativo de las numerosas y enconadas batallas que se han librado para conseguirla: contra las Iglesias que estaban dispuestas a matar para defender sus ortodoxias; contra el poder absoluto de los monarcas; contra la opresión de las mujeres y de los disidentes políticos; contra la esclavitud, el prejuicio, la ignorancia y un millar de cosas más.

Desde las grandes revoluciones francesa y americana, en la segunda mitad del siglo XVIII, la libertad ha ocupado un lugar preeminente como principio definidor del liberalismo.

Según John Locke, un teórico político cuya obra inspiró a los Padres Fundadores de Estados Unidos, garantizar la libertad es la justificación última de la constitución legal de un Estado: «El fin de la ley no es abolir o constreñir sino preservar y aumentar la libertad».

La libertad de tener las opiniones políticas y religiosas que uno quiera, de expresar tales opiniones sin temor ni trabas, de decidir por uno mismo dónde y de qué manera vivir la propia vida: tales son los premios de la libertad.

Según la Declaración de Independencia de Estados Unidos de 1776, la libertad, además de la vida y la búsqueda de la felicidad, es uno de los derechos naturales e inalienables de los que están dotados todos los seres humanos por igual.

Es un derecho que no debe ser limitado, salvo por las más poderosas razones, pero que tampoco puede ser ilimitado o absoluto. (Fuente: 50 Cosas Que Hay Que Saber de Política – Ben Dupré – Edit. Ariel)

la libertad en la historia

La Declaración Americana de Independencia afirma que todos los hombres son iguales. Sin embargo, los negros de los Estados Unidos se vieron sometidos a un cruel y denigrante trato sin respeto alguno a su condición de seres humanos.

Libertad y poder:  he aquí dos términos contrapuestos.  ¿Qué frenos se oponen a la plena libertad del  hombre?  ¿Cuál  ha  sido   el  proceso  seguido  desde  la  Antigüedad  a  las   actuales  democracias?



En la cadena que relaciona al hombre actual con sus antepasados antediluvianos, el eslabón que marca el paso cualitativo más importante es la aparición del llamado Homo Sapiens.

Asi lo cree toda la tradición filosófica occidental: Aristóteles, Santo Tomás, Descartes, Kant, Hume… La capacidad que define al Hombre con mayor exactitud es su posibilidad de reconocer, relacionar, ampliar y dividir conceptos intelectuales.

El Hombre es el único Ser Racional, el único capaz de pensar. La libertad es una consecuencia de esa posibilidad de saber que existen diversas soluciones. Por eso el Hombre es el único ser libre. La libertad es algo más que la razón.

Dadas varias alternativas se tiene la capacidad de elegir lo que más convenga, sean cuales fueren sus motivaciones. Sin libertad, la razón sería la mayor de las frustaciones. La libertad, apoyada en la razón, es la máxima grandeza del Homhre: le hace dueño y responsable de su existencia.

Sin libertad, la exterminación entera de la humanidad y la sublimada lucha del pionero por hacerla más justa son actos iguales, intranscendentes. No existiría la responsabilidad.

Desde las leyes económicas hasta el derecho civil se reglamenta con toda minucia la vida cotidiana de cualquier mortal. Sus actos más insignificantes vienen también regulados por las normas de «convivencia».

La vida del trabajo, la circulación por calles y carreteras están reguladas como la vida matrimonial, la propiedad privada, la sanidad pública o los transportes de viajeros.

La Ley, en sus múltiples facetas, viene a oponerse a la libertad primera que hemos considerado propiedad inalienable del Hombre. Además, viene respaldada por la fuerza coercitiva del castigo.

Es evidente que existe una fuerza exterior al Hombre que reduce sus posibilidades de elección, un poder superior a la libertad del individuo.

En la historia de la humanidad, todo suceso, toda realidad tienen su justificación, sus causas y motivos. ¿Qué justificación tiene la castración de la libertad del Hombre? ¿Quién, y por qué, tiene derecho a recortar esa posibilidad y responsabilidad intrínsecas? ¿Qué fundamento tiene ese poder que limita y coarta a la persona en su misma esencia?.



Los filósofos de todos los tiempos y latitudes se han planteado este problema y han aventurado hipótesis. Podemos asegurar que toda doctrina ha tomado partido frente a este problema crucial, hoy tan olvidado.

La sociedad jerárquica: Toda doctrina se apoya en último término en postulados, especies de confirmaciones indemostrables. Existe siempre una opción primera. Toda cadena tiene un principio.

La elección de este axioma se justifica en muchos casos apelando a su evidencia. En realidad es fruto de múltiples condicionantes. Para los habitantes de la Tierra anteriores a Galileo era completamente evidente que el Sol giraba en torno de ellos, para los muchachos de nuestras escuelas elementales la evidencia consiste en lo contrario.

Toda doctrina que se ocupa de nuestro problema tiene también su postulado básico. Éste consiste en la respuesta a la siguiente pregunta: la fuente de derecho, la fuente de poder, ¿es exterior al Hombre?, ¿existe un algo que tenga potestad para dictar al Hombre su conducta?, ¿es el hombre mismo su único dueño ?

Las Creencias o Religiones: En general, las doctrinas vigentes en el mundo occidental hasta el siglo XVIII aceptaron la existencia de una fuente de derecho exterior al Hombre.

El Cristianismo influyó en todos los ámbitos, y más aún en el intelectual. Con la conversión de Constantino, el Derecho Romano inicia su decantamiento ante las ideas cristianas.

A la caída del Imperio la mutación se acelera y consolida. La única potestad posible reside en Dios Creador. El Hombre, como parte de esa creación, le está sujeto en razón de pertenencia.

Sólo es libre para aceptarle o condenarse. Entre ellos, todos los hombres son en principio iguales. Sin embargo, existe una estructuración de la sociedad. El hecho es que existe un órgano rector de la comunidad, que cada una de ellas tiene su propio gobierno.

La doctrina escolástica acepta la estructuración, y la justifica. Existen personas privilegiadas que disponen de una autoridad delegada por la fuente de toda potestad.

El rey es la persona que ostenta esa representación, es la «mano visible de Dios». El ceremonial de «consagración de los reyes» abunda en esta y similares ideas. Los actos y leyes de los monarcas son la plasmación de la voluntad divina (el poder del Rey por derecho divino).



El castigo que acompaña su transgresión, en verdad, es el fuego eterno. Los azotes, cárceles y demás minucias que en este mundo se pagan sólo sirven para dar acicate a la debilidad humana.

Todos son responsables ante el rey, y éste ante Dios. La Moral y el Derecho se confunden.

Paralelamente se desarrolló la estabilización de la propiedad de la tierra. Los colonos individuales pasaron a formar parte de la servidumbre del castillo, sus tierras de la propiedad del señor feudal.

El pacto de homenaje ligaba al siervo de la gleba con su señor, al que reconocía en lugar de Dios. Las mismas justificaciones para ambos poderes: nación y feudo.

elogios importantes para la mujer

La sociedad feudal se caracteriza por la inexistencia de movimientos. Cada cual en su lugar.

El Derecho Divino es inapelable: la resignación parece ser la virtud típica del pueblo. Su libertad y responsabilidad se desconocen por la influencia de la idea base de acatamiento religioso.

La soberanía del pueblo
filosofo rousseauSuárez defiende que la fuente de todo poder es Dios. Para Maquiavelo es la ley del más fuerte. Ambos creen en la sumisión del Hombre. El Renacimiento es una corriente de pensamiento que se basa en la lectura renovada de los clásicos griegos y romanos. En su seno se desarrolla el Humanismo.

Erasmo de Rotterdam, apartado al mismo tiempo de Lutero y Carlos V, es su máximo exponente. El Hombre —todavía como criatura— empieza a tomar importancia en las concepciones mentales de los pensadores. A través de Aristóteles y Platón se revive y defiende la grandeza del Hombre.

Frente al pecado original se le define como el único ser capaz de pensar, capaz de ser responsable de su conciencia directamente ante Dios. La afirmación de la supremacía del Hombre tiene, en aquel momento, una repercusión directa en su relación con la jerarquía eclesiástica. La Reforma fue esencialmente un movimiento basado en la exaltación del Hombre. Por eso Erasmo, humanista y católico a la vez, tuvo sus dificultades y no pudo tomar partido de un modo definitivo.

La estructuración de una nueva ideología que reemplazara a la medieval fue larga y costosa. Su plasmación en la realidad tuvo que esperar a la Revolución Francesa. El recopilador más importante fue J. J. Rousseau: aquella fue posibilitada en parte por la divulgación de éste. La aceptación general de su ideología se debe a la situación imperante. Socialmente y en el campo de las ideas se ha desarrollado un lento proceso que ahora cristaliza.

El Contrato Social aparece en el momento oportuno para ser aceptado por la mayoría. La esclerosis de las relaciones feudales llega a su colmo. El aumento del poderío de los monarcas ha desbaratado el dominio directo del señor sobre el vasallo. El auge de la artesanía y la primera industria hacen crecer las ciudades. Apoyada en el comercio surge una nueva clase. Su dinero comienza a ser poderoso.

La tierra, y con ella sus poseedores, la aristocracia, declina como factor básico de producción y de riqueza. En la escala social los terratenientes pierden puestos en favor de los comerciantes. La burguesía resquebrajó la cohesión social del antiguo régimen, el humanismo sus fundamentos ideológicos. El pueblo está preparado ya: capta su injustificada posición subalterna. La Revolución es  posible.

Desde los ideólogos que elaboraron los Derechos del Hombre y la Constitución hasta los últimos jacobinos de la campiña, todos se sienten identificados con J. J. Rousseau. Los enciclopedistas prepararon el desarrollo intelectual del «ateísmo» del Nuevo Régimen, pero no llegan a impresionar la conciencia popular debido a su identificación práctica con el antiguo. Rousseau fue en su totalidad un crítico reformista.

Frente a la alternativa básica de que hemos hablado más arriba, escoge con decisión por la absoluta supremacía del Hombre. Nada ni nadie por encima de él. Si puede existir un poder, un derecho, tiene que justificarse forzosamente en el mismo Hombre: nace así el Derecho Natural. Las leyes serán sólo un reflejo de este profundo cuadro intangible que se llama «naturaleza humana».

La contradicción entre la libertad «natural del hombre y su situación histórica se justifica, según Rousseau, por el pacto sellado entre cada individuo y un cuerpo abstracto formado por todos ellos: es decir entre el ciudadano y la sociedad. Junto a la libertad individual se coloca la necesidad de un orden social. Son los pilares incontestables del sistema. Ese orden está supeditado a la voluntad de cada hombre.

La voluntad de la sociedad es únicamente el reflejo de la voluntad de cada partícipe: la libertad no se coarta desde fuera, él mismo se pone límites. No deja de ser libre en ningún momento. Todos los elementos componentes de la sociedad son iguales y el orden se establece a través de la voluntad general expresada unánimente en una asamblea. La participación en la elaboración de esa voluntad general es el resguardo que libera al hombre en su acatamiento de la ley. El lector de Rousseau y el estudioso de la Revolución Francesa siente la grandeza que rezuman estos ideales, siente la aspiración de sublimidad del Hombre, la fuerza ingente que le da sentirse el centro del mundo.

Ver: Soberanía Popular

El constitucionalismo
El siglo XIX cristaliza las reformas instauradas en Francia por la Revolución. En todo el mundo occidental se establecen estructuras de gobiernos basadas, más o menos, en las ideas rusonianas. Los defectos que, aún antes de pulsar la realidad, podemos constatar en esta ideología se ciernen alrededor de su idealismo.

El Hombre se toma en su pureza espiritual y en el mundo se espera que todos los ciudadanos tengan los mismos deseos y con la misma intensidad. Lo material desaparece tras la sublimación. El Hombre es bueno radicalmente.

El siglo XIX muestra la lucha de los ciudadanos por ajustar a la realidad los deseos de igualdad, fraternidad y libertad. Su acierto o fracaso marcarán el acierto o fracaso de la tesis de Rousseau. La República, como forma de gobierno, se acepta como la más adecuada plasmación de la soberanía del pueblo.

Las Monarquías Constitucionales no dejan de ser un mero remedo, ya que tiene más fuerza el adjetivo constitucional que el sustantivo monarquía. El poder se reparte en tres estamentos independientes que se regulan recíprocamente. El Poder Legislativo representa la voluntad general, dicta las normas. Tiene preeminencia porque es el órgano representativo por excelencia.

El Poder Ejecutivo es su brazo actuante: sus miembros no son elegidos directamente por la base, sino por  sus   representantes  parlamentarios.

El Poder Judicial, con su independencia tradicional, vigila y castiga las infracciones individuales a la voluntad general. El fundamento pues del gobierno reside en la Cámara: al menos en teoría. Sus miembros pueden dictar leyes, y éstas son el marco que regula la vida toda del país. Aquí constatamos la primera constricción que la realidad impone a la idea de Rousseau: entre el pueblo soberano y la voluntad general se tienen que interponer unos intermediarios ¿Pueden ser realmente sólo mensajeros sin añadir o quitar algo?.

Si la asamblea total fue imposible, no en menor grado sucedió lo mismo con la unanimidad de pareceres. Está comprobado que toda la defensa de ideas lleva aparejada la salvaguarda o fomento de unos intereses particulares. Los diversos puntos de vista esgrimidos en los parlamentos pronto se relacionaron con las miras de determinados grupos o clases.

En un primer momento la lucha parlamentaria enfrenta a los «constitucionalistas» con los aliados del poder establecido.  La aristocracia todavía tiene en ese momento poder suficiente para retardar la imposición de una Constitución. Por otra parte, en ella ponen sus defensores todas las esperanzas de un sistema mejor: la negación del Antiguo Régimen con su sociedad jerarquizada y su comercio cortapisado. El pueblo no participa en esta lucha: ni su voz ni sus intereses entran en el juego.

Después de la primera Constitución, cuando ésta se ha hecho ya conservadora, cuando han sido ya conquistados los puestos de gobierno por la burguesía, cuando sólo se tiene en cuenta sus propios intereses, entonces se forja la segunda gran lucha. En la primera se han opuesto dos estamentos: aristocracia y burguesía.

En la segunda la burguesía y el proletariado son los protagonistas. Hay que notar que hablamos del desarrollo político de los países occidentales. El rasgo común a ambos enfrentamientos es la unión de los interesados en partidos o sindicatos: los representantes en la Cámara no hablan ya en nombre de individuos sino en nombre de intereses de grupo.

Los partícipes de estos grupos —y mucho más quienes no pueden organizarse— ven cómo cada vez se supedita más su libertad a las finalidades de organismos que se llaman sus representantes. La soberanía del individuo queda relegada. La supremacía de los intereses más fuertes es un hecho. Sin embargo, la aportación sindical a la vida política significaba la incorporación de todos los estamentos en la lucha por el poder: El enfrentamiento económico entre obreros y patronos se traslada al plano político.

Llegamos a la mitad del siglo XX. A la idea de Rousseau de un pacto, sustituye en ese momento .la idea de una contraposición para estructurar la elaboración de las Leyes. Se acepta como dato la discrepancia de intereses: la mayoría sustituye a la voluntad general.

No obstante, el léxico empleado en los discursos propagandísticos y en las cenas de gala intenta hacer creer que se respeta la existencia de una verdadera representación de los intereses de los individuos, que las leyes son fruto de la voluntad general, que el gobierno es neutral y no recibe influjos extraños al bien del país. Quienes en la práctica desmienten la idea rusoniana, en teoría se declaran sus adeptos incondicionales. No pueden frustrar la ideología aceptada generalmente, aquella que forma el sentir aceptado por todos.

El Nuevo Precio de la Libertad: Se dice que el precio de la libertad es la vigilancia eterna. La intención original era que las libertades civiles estuvieran sometidas a un escrutinio constante, ante el peligro de que la acción subrepticia del gobierno las deteriorara y se acabaran perdiendo. Hoy en día, en una inversión extraordinaria, son los propios ciudadanos los que se han convertido en objetos de vigilancia continua, y los organismos de seguridad utilizan tecnologías cada vez más complejas para vigilarnos. Nuestros movimientos son monitorizados por aviones espía, satélites y millones de cámaras de seguridad; nuestras características físicas y biométricas son analizadas; nuestros datos informáticos son vaciados y catalogados; nuestras llamadas telefónicas son pinchadas rutinariamente; nuestros correos electrónicos escaneados. Ciertamente, el Gran Hermano nos acecha.

Ver: Democracia como forma de Gobierno

Fuente Consultada: La LLave del Saber Tomo II La Evolución Social – Editorial Cisplatina

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