El Besante La Moneda de Oro de Bizancio Tesoros de Justiniano



El Besante La Moneda de Oro de Bizancio

historia sobre el oro

Puede que los emperadores bizantinos degradasen moral y políticamente sus regímenes, pero la integridad, pureza, fama y aceptación del besante áureo fue una preocupación permanente para todos ellos.

La historia completa del Imperio bizantino se halla marcada por una fijación obsesiva en el oro, no sólo en forma de moneda sino también como manifestación de una opulencia sin rival.

El oro sirvió en calidad de instrumento crucial que los emperadores utilizaron junto con la crueldad y la represión para mantener unidos sus dominios territoriales dispersos y dispares.

El besante áureo financiaba las importaciones del imperio, sus ejércitos y las alianzas con otras naciones.

Los esfuerzos de Justiniano por superar a Salomón en la construcción de la iglesia de Santa Sofía con un tesoro heredado de unas trescientas mil libras de oro representó simplemente un caso del empleo pródigo de este metal para manifestar el poder.

Todos los laberínticos palacios que los emperadores alzaron en las orillas del Bósforo se hallaban recubiertos de copiosas ornamentaciones de oro y de piedras preciosas: la modestia no eta su estilo.

El besante fue una antigua moneda bizantina de oro o plata, que también tuvo curso entre los musulmanes y en parte de la Europa occidental. En un principio se llamó Sólido áureo, término que por deformación de la palabra «Bizance» (Bizancio), acabaría denominándose besante. La moneda hace referencia al «sólido de oro» del emperador Constantino quien pretendía mejorar la moneda romana. Su representación heráldica es el bezante.

El emperador Teófilo merece el premio a la ostentación por el árbol áureo que creó para dar sombra al trono de oro. Árbol y trono se hallaban flanqueados por aves, leones y grifos del mismo metal; a la llegada de un visitante, los leones agitaban la cola y rugían mientras que las aves entonaban trinos de bienvenida.

Los empleos del oro fueron tan variados y amplios que los diestros orfebres de Bizancio eran muy apreciados en roda la Europa occidental, sobre todo en Italia.



Los orfebres destacaron como artistas en la primitiva Edad Media antes de que la pintura, la escultura y la arquitectura se convirtiesen en formas predominantes del arte. Trabajaron en los mosaicos del atrio de San Marcos de Venecia y, al sur de esta ciudad, en los maravillosos de la iglesia de San Vital en Rávena o en los lejanos de Monreale, cerca de Palermo.

Cuando los orfebres europeos conocieron las bellas y delicadas obras de sus colegas bizantinos, el estilo de Bizancio se puso de moda por todas partes. De hecho, el santo patrón de los orfebres, san Eloy (588-660, también conocido como san Eligio), fue un monje y maestro de la moneda de la Galia del siglo VII que aprendió el arte en Constantinopla.

Su frecuente aparición en pinturas anteriores al siglo XV es testimonio de su importancia y preeminencia. Los orfebres ingleses contaban también con su propio santo patrón, san Dunstan, un fraile benedictino y artista diestro que fue arzobispo de Canterbury de 960 a 988. Tuvo que ser todo un hombre: un tapiz bordado en oro, de 1470, le muestra en su taller pellizcando la nariz del diablo.

Empero, la ostentación del oro revestía un carácter superficial. Entre bastidores, los emperadores atesoraban grandes cantidades de monedas y de lingotes de oro. Basilio el Bulgaróctono contaba con más de doscientas mil libras, en buena parte guardadas en cámaras subterráneas. Hacia 530, el emperador Anastasio era dueño de unas trescientas mil. La emperatriz Teodora, que gobernó unos cuarenta años después de Irene, murió dueña de cien mil libras de oro. Todas éstas eran grandes sumas en su tiempo, pero representan un contraste espectacular con nuestra propia época, en que los depósitos de oro son medidos en miles de toneladas en lugar de millares de libras.

El oro constituía un medio de protección. Los monarcas bizantinos iban con frecuencia a la guerra y había que pagar con ese metal a sus tropas; pero los emperadores jamás llegaron a un punto en que sus enemigos dejasen de constituir una amenaza. El imperio estaba amenazado sin cesar por hordas búlgaras y germánicas. hacia el oeste y, tras el siglo VII, hacia el este y el sur por musulmanes que atacaban a todo infiel que encontrasen en su camino.

Como no podían combatir simultáneamente en todos los frentes, los bizantinos abonaban un perpetuo río de caudales para mantener a raya a sus enemigos, sobornando a sus agresores potenciales y mediante el pago a sus aliados europeos para que les proporcionasen ayuda. Ahora denominaríamos estos procedimientos «medidas de seguridad de origen exterior».

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