La Medicina en el Renacimiento Investigaciones Cientificas Medicas



Médicos del Renacimiento
Investigaciones Científicas de Medicina

La medicina alcanzó gran desarrollo durante el Renacimiento, sobre todo en Europa occidental. Los tratamientos médicos, tan primitivos en la Edad Media, se convirtieron en verdadera ciencia. Gracias a sus infatigables investigaciones y a su lucha contra métodos anticuados, sabjos como Andrés Vesalio, Ambrosio Paré y Miguel Servet fueron figuras cumbres de este poderoso desarrollo. Sin embargo, todavía se ponían en práctica tratamientos ridículos, dolorosos, e incluso criminales

La Edad Media había menospreciado la cultura de la Antigüedad, pero el Renacimiento trató de restablecer el contacto con la Roma clásica y con Grecia. Al principio, este retorno al espíritu clásico se limitó al arte y a la literatura. Pero al cabo de un tiempo se extendió también a las ciencias. En efecto, éstas experimentaron gran desarrollo en los siglos XV y XVI. Su florecimiento fue tan evidente que se puede decir que para las ciencias nació una nueva era, que contrastaba con la paralización e incluso el retroceso característicos de la Edad Media.

Italia fue el país del renacimiento de las artes y las letras, mas no del de las ciencias, que en esta época alcanzaron su máximo desarrollo en naciones situadas más al norte: Países Bajos, Francia y el Sacro Romano Imperio. La medicina también cobró gran incremento en estos países.

Es indudable que Leonardo de Vinci ya se había interesado vivamente por la anatomía, pero este interés sólo era una de las facetas de su genio universal. En el terreno de la medicina fue mucho más importante la aportación de su más joven contemporáneo, el alemán Paracelso (1493-1541), cuyo verdadero nombre era Felipe Aurelio Teofrasto Bombast de Hohenheim.

Fue uno de los más grandes viajeros de su época. Además de sus vastos conocimientos médicos, era versado en filosofía, alquimia, magia, etc. Leibniz (siglo XVIII), el más grande filósofo alemán, dijo de él: «Es el más grande loco de los médicos, pero también el más médico de todos los locos.»

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Paracelso dio poca importancia a la anatomía. Se dedicó, sobre todo, al estudio de la patología y la bioquímica (química de las materias vivas).

El bruselense Andrés Vesalio (1514-1564) lo superó en popularidad. Instauró el estudio de la anatomía humana. Antes de cumplir treinta años publicó un atlas anatómico con ilustraciones dibujadas por John Stefan de Calcar. En 1543 publicó su obra maestra De humani corporis fábrica, que abrió nuevas perspectivas a la medicina. En esta obra, Vesalio emite observaciones críticas sobre ciertas opiniones en materia de anatomía. Estas opiniones habían sido profesadas por Galeno en la Antigüedad y comúnmente aceptadas desde entonces.

En su obra, el joven sabio bruselense insistió, entre otros, en los detalles concretos que diferencian el cuerpo humano del de los monos y perros. Esta diferencia no se había establecido hasta entonces porque no se conocía suficientemente la anatomía humana. Vesalio fundó sus teorías en experiencias personales y pudo concluir que, con frecuencia, Galeno se había equivocado.

Éste sostenía, por ejemplo, que el maxilar inferior del hombre constaba de dos partes, unidas por una articulación. Esta teoría se había admitido durante siglos. Vesalio demostró, por el contrario, la ausencia de toda articulación. A diferencia de sus colegas, Vesalio siempre disecaba él mismo los cuerpos humanos.



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De este modo podía realizar un concienzudo examen. El gran mérito de Vesalio no sólo estriba en no haber estado de acuerdo con conceptos caducos ni en elaborar una anatomía renovada sino, sobre todo, en haber encauzado la medicina por caminos distintos, gracias a nuevos métodos de pensamiento y trabajo.

A pesar de las críticas de algunos medios conservadores, Carlos I tuvo en gran estima las notables cualidades de Vesalio, que fue el médico personal del emperador. En la corte de Felipe II siguió desempeñando sus funciones, pero las intrigas de palacio se convirtieron en una carga para él. Además, deseaba regresar a su cátedra de profesor en la universidad de Padua. Pero antes hubo de ir a Jerusalén, y en el viaje de regreso murió.

Cuando le sobrevino la muerte, en la isla de Zante, apenas tenía cincuenta años, su coetáneo, el francés Ambrosio Paré (hacia 1510-1590), también adquirió gran reputación, sobre todo en lo concerniente a la cirugía. Tras haber perfeccionado sus conocimientos prácticos como alumno cirujano en el Hótel-Dieu de París, obtuvo el título de barbero-cirujano, y en calidad de tal acompañó al ejército francés que marchó a Italia, lo que le permitió adquirir gran experiencia cuidando a los heridos.

Basándose en estos conocimientos, elaboró nuevas teorías en materia de cirugía y las consignó en un manual. Se oponía a los brutales tratamientos practicados por sus antecesores y se esforzaba en cuidar a los enfermos con la mayor delicadeza posible.

También inventó numerosos instrumentos ingeniosos, no sólo para uso de la cirugía, sino también con otros fines, como por ejemplo el baño de vapor  fue uno de sus múltiples inventos. Se trata de una bañera cerrada que se comunica con una estufa llena de agua. Cuando el agua se calienta llena la bañera de vapor.

Durante mucho tiempo Paré ejerció gran influencia. A él se debe la fundación de la escuela de cirugía de Francia.

Al lado de estas dos grandes figuras hubo muchas más que encauzaron la medicina por caminos nuevos. En primer lugar debemos citar al médico y teólogo español Miguel Servet (1511-1553), descubridor de la circulación sanguínea pulmonar, de lo que dio cuenta en su obra Christianismi Restitutio (1553), pero anatematizado por Roma y perseguido por Calvino, éste logró que el Gran Consejo de Ginebra lo condenase a morir en la hoguera, en la que ardió también su libro. Su descubrimiento fue olvidado hasta los trabajos del médico inglés William Harvey (1578-1657).

Otro español, Francisco Valles (1524-1592), a quien se denominó el Divino, se destacó como clínico en esa época. Es, pues, indudable que el Renacimiento aportó, principalmente fuera de Italia, una profunda renovación en el campo de la medicina. Sin embargo, todavía subsistían algunos viejos conceptos, unas veces cómicos y otras criminales.

Así, por ejemplo, las ropas especiales que en el siglo XVIII usaban los médicos que cuidaban de los apestados habrían sido más adecuadas para una procesión de carnaval que para un hospital. Llevaban un traje largo y una máscara puntiaguda que llenaban con toda clase de ingredientes destinados, según creían, a purificar el aire que respiraban. Incluso en esa época, las personas de quienes se sospechaba que podían propagar la peste eran martirizadas hasta la muerte.



En sus métodos terapéuticos aún se aplicaban algunos sistemas dolorosos. Por ejemplo, cuando un miembro encogido no se dejaba extender, se colocaba al paciente en una especie de banco de tortura en el que se estiraba el miembro deformado hasta que se distendía.

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