Primeras Edificaciones en el Virreinato Tecnicas y Caracteristicas



Primeras Edificaciones en el Virreinato (Buenos Aires) Tecnicas y Caracteristicas Constructivas

EL ARTE ARQUITECTÓNICO. — Producido el descubrimiento y exploración de nuestras costas marítimas y fluviales, y establecida la comunicación directa con el Perú mediante la expedición encabezada por Diego de Rojas, fueron surgiendo las primeras poblaciones argentinas en las rutas convergentes al Río de la Plata.

Haciendo una digresión al tema, es interesante consignar aquí la minuciosa reglamentación que disponían las Leyes de Indias para dar nacimiento a las ciudades y que explica, en cierto modo, esa uniformidad de delineamento que revisten todas las poblaciones de la América hispana:

«Cuando hagan la planta del lugar, repártanlo por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor, y sacando de ella las calles a los puntos y caminos principales, y dejando tanto campo abierto, que aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda proseguir y dilatar en la misma forma…

De la plaza salgan cuatro calles principales, una por medio de cada costado; y además de éstas, dos por cada esquina: las cuatro esquinas miren a los cuatro vientos principales, porque saliendo así las calles de la plaza no estarán expuestas a los cuatro vientos, que será de mucho inconveniente; todo en contorno y las cuatro calles principales que de ella han de salir, tengan portales para comodidad de los tratantes que suelen concurrir; y las ocho calles que saldrán de las cuatro esquinas, salgan libres, sin encontrarse en los portales, de forma que tengan la acera derecha con la plaza y la calle».

Primeras Edificaciones en el Virreinato Tecnicas y Caracteristicas
Imagen de Buenos Aires en los incios del siglo XVII

Ver: La Ciudad Colonial Americana

Los primitivos colonizadores se vieron abocados a serias dificultades en la edificación de sus viviendas por la carencia de los elementos de construcción.

De aquí el carácter de pobreza que caracterizó el nacimiento de nuestras ciudades, muchas de vida tan precaria que sólo nos han dejado el nombre.

En la región montañosa del centro y noroeste del país se empleó la piedra yuxtapuesta, pero sin cemento alguno, techándose la vivienda con maderas de cardón revestidas con barro y paja.

En el litoral, la falta de piedra hizo que la vivienda fuese más rudimentaria aún, reduciéndose a un tipo único de construcción: el «rancho», tal como lo conocemos todavía en nuestros campos, con paredes de barro mezclado con hojas de totora y espadaña, tan abundantes en las riberas de nuestros ríos, y el suelo de tierra apisonada.

De la rusticidad de estas viviendas dan testimonio los cronistas y viajeros de las dos primeras centurias, desde Schmidel hasta el Padre Sepp.



He aquí el juicio que emite el jesuíta al hablar del «pueblecito» de Buenos Aires: «Las casas son de paja, O, mejor dicho, cabanas de barro; tienen un solo piso y apenas duran más de siete años…»

Más tarde empezó a estilarse el uso de tierra amasada o apisonada, a lo que se refieren los documentos de ía época cuando hablan de las «tapias de tierra».

Para construir los tapiales se empleaban tableros sujetos a las paredes, los que servían de molde, dentro del cual se iba echando, por parte, la tierra húmeda, que luego era apisonada con angostos pisones, como se
practica hoy en el encofrado de las estructuras de cemento armada Una vez colmado el molde, se ascendían y aseguraban de nuevo los tablones para continuar con otra sección horizontal.

Es de advertir que las aberturas para las puertas y ventanas se Practicaban a través de las paredes después de terminadas estas de modo a poder colocar convenientemente los marcos.

El revoque de las paredes se practicaba con boñiga fresca, o a base de tierra, arena y estiércol caballar seco y molido con agua arcillosa, agregándosele mas tarde yeso de las barrancas del Paraná.

He aquí una descripción tan amena como interesante, que de la construcción de estos tapiales nos ha dejado, a mediados del siglo XVIII, el jesuíta alemán P. Florián Baucke:

«Cuando se quiere levantar un muro, se hacen primero de tablas gruesas y cepilladas parejamente unas tablazones largas y altas en una longitud de más o menos de cinco o seis varas, pero en una altura de diez varas; éstas se clavan pareja y espesamente en el dorso sobre travesanos de modo que en el interior las tablas son completamente lisas; en cada travesano o crucero se ata soga larga con la cual se pueden clavar las tablas y ser tiradas más o menos a lo alto, conforme el muro se eleva más.

A espalda de estas tablas se colocan profundamente en tierra, tras cada crucero, unos postes de palmas gruesas y altas que están afirmados en contra y aseguran los tablas para que no cedan cuando se comienza con pisonear la tierra en el interior entre las tablas; y para que la pared sea levantada también derecha, se cortan en una longitud, en cuanto a la pared debe ser gruesa, unos palos iguales que deben servir adentro como separadores para que las tablas no se inclinen tampoco en el interior cuando las tablas arriba en las puertas se unen por sogas.

Se puede observar los encofrados de madera que se van subiendo para formar las pardes

«También hacen de rajas de cañas un enrejado tejido [zaranda], echan la tierra a través de él y la vuelcan adentro por entremedio de las tablas sólo en altura de un dedo parado, suben luego entre las tablas y pisan primero con los pies la tierra, luego con angostos pisones de madera, preparados al efecto, pisonean poco a poco tan firme hasta que esta primera carnada de tierra ya empieza a retumbar y la uña del dedo puede ser impresa [solo] con dificultad.

Después se vuelca adentro la segunda capa de tierra, otra vez en la misma altura como antes; ésta se pisa y pisonea como antes; así se acostumbra hacer hasta que la tierra está pareja con las tablas.



Si cada capa ha sido bien pisoneada, no queda más gruesa que un dedo. La tierra no debe estar demasiado seca ni demasiado mojada, sino únicamente algo húmeda.

Yo tenía hasta diez tablas iguales de fuertes maderos gruesos de las cuales colocaba cinco a cada lado; por lo tanto yo podía construir en una mañana con suficiente pisoneo un trecho de pared de una longitud y altura como tenían los maderos.

Luego las tablas se tiraban hacia arriba aseguradas de nuevo abajo en la pared terminada, y se seguía como al principio.

Las tablas abarcaban abajo un cuarto de vara de alto de la pared, contra la cual en parte se afirmaba por las palmas mediante cuñas hechas; arriba se colocaban otra vez los separadores para que la pared acaso no se ensanchara o angostara, y las palmas también se unían de nuevo por las sogas, y en igual forma como al principio, la tierra se echaba en altura de un dedo y se apisoneaba.

«Ahora hay que advertir que en la construcción de las paredes no se hace ninguna ventana ni puerta, sólo se colocan derechos en los cuatro costados grandes postes labrados, uno al lado del otro, en grosor de la pared, lo mismo también donde debe estar la puerta. Sobre estos postes se echa de nuevo la tierra y se sigue pisoneando.

Después que la pared ya tiene una altura de seis o siete varas, son retirados a un lado las tablas y palmas y donde se ve estar los postes que muestran la altura de las ventanas y puertas, se coloca una plomada en el cordel y se dibuja la anchura y altura de la ventana y de la puerta, luego con una fuerte barra de fierro, puntiaguda de un lado, afilada por el otro, de un peso de a lo menos veinticuatro libras, se hace la abertura a través de la pared y se la arregla de manera que los marcos de ventana puedan ser colocados convenientemente.

La pared si bien aún no secada y todavía húmeda se atraviesa difícilmente y la tierra que se tira hacia afuera es aún más firme si se pisonea humedecida y de nuevo se usa para la pared.

Pero cuando hay que romper una pared ya secada y reseca, está tan fuerte que se apercibe hasta fuego cuando se la labra a través mediante la barra de fierro.

«A causa de haber allá poca cal, aunque se encuentran suficientes piedras de cal en otros parajes, cuesta sin embargo mucha fatiga, trabajo y dinero para conseguir ésta, por eso hacen diferentes revoques en las paredes: el primero es de tierra, arena y estiércol caballar seco molido que se mezcla con agua arcillosa; este revoque no se raja jamás, y mucho menos aún, el segundo que se hace de puro estiércol vacuno fresco sin una mezcla de otra materia; el tercero se mezcla con arena, caliza de puras ostras quemadas y con polvo de ladrillo.

Al principio he usado siempre el primero hasta que he encontrado yeso en el Paraná; después he revocado las paredes por completo con yeso.



Esto ocurrió en los últimos siete anos cuando yo me había edificado una casa completa y la había cubierto por entero con tejas quemadas.

El comerciante holandés Acáratte de Biscay, que visitara la ciudad en 1658, nos ha dejado al respecto una interesante descripción de Buenos Aires, entre cuyos párrafos sacamos:

«Las casas del pueblo están construidas de barro, porque hay poca piedra en todas estas regiones hasta llegar al Perú; están techadas con caña y paja y no tienen pisos altos; las habitaciones son de un solo piso y muy espaciosas; tienen grandes patios, y detrás de las casas, grandes huertas llenas de naranjos, limoneros, higueras, manzanos, perales y otros árboles frutales, con legumbres en abundancia… Las casas de los habitantes de la clase elevada están adornadas con colgaduras, cuadros y otros ornamentos y muebles decentes, y todos los que se encuentran en situación regular son servidos en vajilla de plata y tienen muchos sirvientes».

Con la prosperidad económica y el advenimiento del adobe y el ladrillo, el descubrimiento de la cal en varias regiones del país y la introducción y poco después la fabricación de tejas, pronto mejoró la arquitectura solariega de Buenos Aires y de los pueblos del interior, y el primtivo «rancho» fué evolucionando, hasta convertirse, no sólo en vivienda confortable, sino también elegante, como de ello dan testimonio numerosos ejemplares que todavía podemos admirar en algunas ciudades, sobre todo en Córdoba y Salta.

Las casas se construyeron más sólidas y más amplias, adoptándose la disposición española: un zaguán, un patio rodeado de habitaciones y a veces, en el fondo, un huerto o un corral.

Este patio central, privilegio de que sólo gozaban en Europa las casas señoriales, se debió al singular ingenio de los fundadores de nuestras ciudades, quienes dotaron a sus casas de este recurso edilicio tan indispensable al confort y a la salud.

vivienda colonial en salta
Vivienda colonial en salta

El zaguán presentaba un artesonado más o menos caprichoso, y de un fuerte soporte, incrutado en la pared, pendía el farol con velones de aceite. Los pisos se pavimentaban con ladrillos y las puertas se fabricaban con madera dura. Próximos al umbral, un par de poyos, de recio material, completaban el buen gusto y la comodidad.

Mención aparte merecen los frentes de las casas, adornados con molduras, florones y pináculos cónicos, y con pilastras a ambos costados de las puertas (estilo colonial).

Cobra importancia la arquitectura civil con la construcción de
los cabildos y de algunas la arquitectura religiosa, mediante la erección, en las ciudades de amplios templos y conventos.

Balcon colonial de una casa en Salta
Balcon colonial de una casa en Salta

La aparición del ladrillo y de la teja, que tanta importancia tuvo en la evolución arquitectónica, data de fines del siglo XV en Córdoba, y principios del xvn en Buenos Aires.

A esta industria hace alusión el gobernador Hernandarias en cartas del 5 de abril de 1604 y 30 de junio de 1608, cuando escribe, en la primera: «Porque para perpetuidad y lustre de todos los edificios y particularmente de las iglesias, hacía gran falta en toda esta Gobernación la teja, he dado orden se haga en la ciudad de la Asunción, Santa Fe y en ésta [de Buenos Aires], y se va haciendo con gran diligencia y cuidado» ; en la segunda, aclara:

«He puesto por obra casas de Cabildo y Cárcel que no había en esta ciudad [de Buenos Aires], y será una de las buenas casas que halla en ella, y de mucho momento… y con la teja que he ordenado se haga, quedarán cubiertas de ellas».

Los primeros tejeros con que contó Buenos Aires fueron portugueses, entre ellos Joseph de Acosta y Antonio Franco a quienes el gobernador permitió entrada y estadía «por la utilidad que viene a la República por estar por cubrir las casas de esta ciudad» ; en 1608 hace su petición el Cabildo el tejero de oficio, Fernando Alvarez, y, a partir de esos años, las industrias tejera y ladrillera fueron creciendo sin cesar durante los siglos XVII y XVIII.

En cuanto a la cal, tan necesaria para la construcción, pero tan escasa en esa época, se mencionan tres tipos: la cal de conchilla, procedente de Magdalena y sus alrededores, la cal de Córdoba, la más apreciada, y la cal de la Banda Oriental.

Hacia 1700 empiezan a edificarse casas de dos pisos, y algunas construcciones, por sus proporciones y ornato, adquieren categoría señorial.

Puerta y ventana de una casa Colonial en el virreinato
Puerta y ventana de una casa colonial

Cincuenta años más tarde, los techos cubiertos de tejas tipo español y a dos aguas, van cediendo a casas con azotea con caños salientes o gárgolas para el desagüe de las aguas pluviales; se generaliza el uso del vidrio en las ventanas, separadas de la calle por sencillas rejas salientes o «voladas», de hierro forjado ; las puertas de calle son amplias y de cuarterones, y
simple cornisa, y en la balaustrada de la azotea, las pilastras rematan por un motivo en forma de vaso, florón, pina o perillón.

El patio interno, adornado con magnolias y glicinas y rodeado de macetones con plantas y flores de malvones, presenta en la parte céntrica un aljibe destinado a recoger el agua de lluvia para el lavado de ropa, estando decorado con hermosas mayólicas, ya florentinas, ya sevillanas.

Este es el tipo de casa que constituye la mayoría de las existentes en la ciudad si descontamos algunas raras excepciones como las de Azcuénaga o de la «Virreina, que lucían regios portales inspirados en el lujoso barroco andaluz del siglo XVIII esta misma monotonía es la que da a la ciudad ese aspecto frío y falto de elegancia de que nos habla Brackenridge: «Buenos Aires se extiende sobre la barranca unas dos millas de largo sus cúpulas y torres y las pesadas masas de edificación le dar un aspecto imponente, pero algo sombrío. Inmensas moles de ladrillos pardo oscuros, con poca variedad, pesadas y tristes, demostraban que no había surgido bajo el patronato de libertad.»

Poco a poco, las principales ciudades y villas más importantes van perdiendo su característica de pobreza al surgir una edificación homogénea pero de líneas armoniosas, sobresaliendo, por sus proporciones arquitectónicas, las cúpulas de las iglesias y las torres de los cabildos.

Como reliquias de este antepasado histórico aún podemos admirar, además de esos templos y cabildos, algunas casas señoriales que han resistido a la acción del tiempo y a la piqueta del progreso moderno.

Resumiendo las impresiones de los viajeros de mediados del siglo XVIII sobre la edificación de Buenos Aires, consignamos el juicio de don Juan F. de Aguirre, miembro de la Comisión de Límites:

«Ningún edificio hay en Buenos Aires que merezca el nombre de magnífico; estoy cierto que si el viajero de España viera la ciudad no encontraría en qué formar la consideración de las Nobles Artes; pero también me inclino que le gustaría y se diera por satisfecho de examinar la medianía general que se observa.

No se ve lo magnífico, pero tampoco lo miserable; se entiende en el casco de la ciudad, pues a… de tierra es la mayor parte de ranchos.

«Las casas de Buenos Aires comprenden por lo general una superficie cuadrilonga; las principales dan por zaguán entrada a un patio al que caen las viviendas, que es circunstancia apreciable y muy ventajosa miren las puertas y ventanas al norte.

Son buenas casas y capaces: la mayor no ocupará media cuadra. Las de segundo origen siguen el mismo estilo y también el de comunicar a las calles sin zaguán, sino inmediatamente por salas y cuartos».

Este juicio que acabamos de emitir, y con el que coinciden todos los viajeros de esa época, abstracción hecha de los poco halagadores juicios británicos, podemos hacerlo extensivo a todas las demás ciudades del Virreinato.

Por lo que respecta a la edificación en los años de la independencia, he aquí el interesante relato que nos dejara el inquieto viajero y hombre de ciencias inglés Charles Darwin, que nos visitara a los pocos años de los acontecimientos de Mayo:

«Consideradas desde el interior, las casas tienen un patio cuadrado y todas las habitaciones se abren sobre este pequeño pero confortable patio. Las casas, por lo general, sólo tienen un piso, pero con azotea, estando ésta provista de asientos utilizados frecuentemente por los inquilinos en los días de verano.

El conjunto de estas casas (que rodean a la plaza) ofrece un aspecto bello tomadas en conjunto, aunque ninguna en particular puede vanagloriarse de su arquitectura».

Urbanismo. — Conocemos que el trazado de las ciudades se realizaba de conformidad a minuciosas ordenanzas reales sabiamente estudiadas; en cuanto a su ubicación, fué tan acertada, que casi todas las grandes ciudades con que cuenta hoy nuestro país datan de años anteriores a 1810.

Respecto a la estética edilicia y a la higiene, podemos afirmar que regían en las ciudades de América las ordenanzas vigentes en la Península. Sería un error creer que era lícito edificar al capricho de cada uno sin tener en cuenta los intereses vecinos o las reglas de la estética y de la higiene.

La misión de los «alarifes, veedores y medidores» tenía por objeto impedir que la edificación invadiera terrenos ajenos.

Como los hormigueros, en esa época, constituían en Buenos Aires un problema muy serio para los cimientos, se introdujo la práctica de emplear piedra en esta parte a pesar de la escasez de ese material, que se traía de la otra banda del Río de la Plata.

No se permitía que las aguas de lluvia se vertieran sobre el tejado del vecino, a menos «que conste por instrumento el haberse convenido el uno y otro vecino en consentirlo»; de lo contrario, debía retirarse la obra de construcción cuanto fuere menester para que las aguas cayesen dentro de la misma propiedad y no en la ajena; las aguas de las azoteas debían encauzarse de tal suerte que no cayeran sobre las veredas , y por esta misma razón los aleros de los tejados con pendiente a la calle debían tener «canalones de plomo o de hoja de lata»; en cuanto a las aguas de cocina y otras menores, deben ser conducidas hasta donde más convenga por «un conducto con arcones vidriados».

Las paredes de calle, revocadas de cal y arena hasta dos varas y media de alto, y las veredas, estar cubiertas «con baldosas de piedra berroqueña de tres pies en cuadro, que han de tener un agujero en medio para poderlas levantar con palancas cuando se necesite».

Desde 1627 se había ordenado en Buenos Aires el empedrado de las calles, dejando un espacio de una vara de la pared para veredas, cuya construcción se urgió años más tarde.

Además, en 1638 se nombró un almotacén o encargado de la limpieza de las calles.

A los alarifes incumbía verificar la «entera nivelación de la ciudad, según y conforme está mandado, y queden construidas todas las veredas, que han de servir para lo sucesivo de balizas constantes por donde se dirija no sólo la fábrica de las casas, sino también el general arreglo del plano de las calles por su centro».

Y ya en 1754 se había ordenado por Bando que los dueños de terrenos baldíos, dentro del ámbito de la ciudad, los rodearan de cerco; de lo contrario serían desposeídos de su propiedad.

Todas estas ordenanzas minuciosas, que uno tomaría por disposiciones modernas, nos demuestran las preocupaciones de los gobernantes de esa época por el mejoramiento edilicio de los pueblos y que sus habitantes no vivían, como pudiera creerse, a la manera de nómades o gitanos.

Por sus iniciativas edilicias y el espíritu práctico, culto y progresista que los animó, merecen citarse el virrey Vértiz y el gobernador-intendente Francisco de Paula Sanz.

Supuesta la mísera condición económica que aquejó al Virreinato por ese entonces, y teniendo presente su escasísima población, hay que convenir que las condiciones higiénicas y el aspecto estético de nuestras ciudades eran mejores que los de no pocas poblaciones de nuestro siglo embriagadas de riqueza y de progreso.

Fuente Consultada:Historia de la Cultura Argentina de Francisco Ariola Tomo II Editorial Stella

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