Premios Nobel Argentinos Grandes Hombres de Ciencia de Argentina






PREMIOS NOBEL ARGENTINOS

En 1943, se produjo un golpe de Estado. En aquellos días, algunos intelectuales decidieron manifestar su oposición a los golpistas publicando una declaración en la que apoyaban la “normalidad constitucional, la democracia efectiva y la solidaridad latinoamericana”.

El médico Bernardo Houssay estaba entre ellos. El gesto le valió la expulsión de la universidad. El científico, finalmente, fundó su propio instituto privado, donde terminó de realizar las investigaciones que le harían merecedor del premio Nobel.

Esa experiencia seguramente alentó a Luis Federico Leloir a fundar, en 1945, el Instituto de Investigación Bioquímica Fundación Campomar. No contó con ninguna clase de apoyo a sus investigaciones, que condujo con equipos y laboratorios sumamente precarios. Es conocida la anécdota que relata que, mientras sus colegas en otros lugares del mundo contaban con las mejores instalaciones, el bioquímico argentino hacía sus cultivos en recipientes de plástico que habían contenido yogur Sin embargo, se hizo acreedor a un premio Nobel.

César Milstein dejó su Bahii Blanca natal para estudiar en la Universidad de Buenos Aireí donde conoció la intolerancia política y la falta de recursos. En 1962, el Instituto Malbrán, en el que trabajaba, fue arrasado por los militares. Al año siguiente, se fue a trabajar al laboratorio de Biología Molecular de Cambridge, en Gran Bretaña.

Esa decisión le evitó padecer la noche de los bastones largos, como se llamó a la brutal golpiza a profesores y estudiantes con la que la dictadura militar termino con el autogobierno universitario en 1966. En 1983, el futuro premio Nobel ofreció su colaboración al nuevo gobierno democrático. Pero siguió residiendo en Cambridge.


1-En 1947, el fisiólogo Bernardo Alberto Houssay (1887-1971) obtuvo el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por sus investigaciones sobre la glándula pituitaria, que mejoraron el tratamiento de la diabetes.

2-En 1970, Luis Federico Leloir (1906-1987) recibió el Premio Nobel de Química por el descubrimiento de los procesos químicos en la formación de los azúcares en plantas y animales.

3-En 1984 el inmunólogo César Milstein (nacido en 1927) ganó el Premio Nobel de Fisiología y Medicina por producir anticuerpos capaces de reconocer en la sangre moléculas extrañas a sistema ínmunológico.

Fuente Consultada: Sociedad en Red EGB 9 A-Z Editora

UN POCO DE HISTORIA SOBRE LA ENTREGA DE LOS NOBEL DE MEDICINA
REFLEJO DE UNA ÉPOCA

Creado al terminar el siglo XIX y adjudicados por vez primera en 1901, los Premios Nobel son reflejo de esos decenios que alcanzaron a ser bautizados “la bella época” y que para sus protagonistas adinerados era la expresión máxima (y al parecer definitiva y eterna) del mejor estado que podía alcanzar en todos los órdenes la especie humana. Con ellos se pretendía destacar ante el mundo civilizado a aquellos individuos que realizaran obras, en formas de descubrimientos o invenciones, singularmente dignas de aprecio por su calidad y por la contribución trascendente al mantenimiento y perfeccionamiento de ese estado de bienestar general, que se creía haber establecido firmemente en el planeta.

En el área de la medicina, el primero de esos galardones correspondió a un investigador de la bacteriología, el alemán Emil Adolph von Behring, entonces de 47 años de edad. Gracias a él se había conseguido un método von Behring eficaz para arrancar a miles de personas de las garras inevitablemente mortíferas de enfermedades infecciosas tan temidas como la difteria y el tétano.

Al comprobar que el suero de animales, infectado, bajo circunstancias especiales, con los gérmenes productores de tales enfermedades, adquiría la propiedad de disminuir o impedir el ataque de los mismos en personas que fueran inyectadas con tal suero, von Behring había dado comienzo a la “sueroterapia”, que por varios decenios fue arma única y eficaz contra epidemias cuyo recuento de víctimas fatales se tasaban por millares hasta ese momento.

Contra el cuadro ideal de un mundo muy cercano a la perfección se levantaban insistentemente, como lo venían haciendo desde la remota antigüedad, las enfermedades epidémicas. Algunas de ellas, como el paludismo o la malaria, se consideraban parte inevitable de las condiciones de vida en ciertas regiones, a veces tan importantes como los alrededores de la imperial y sacra ciudad de Roma; otras, como la tuberculosis, tenían carta de naturaleza aún en los más elevados estratos sociales, donde la palidez, la tos persistente, la sensación de gran debilidad y permanente desgano vital, no se miraban con repulsa o preocupación sino con ojos comprensivos, como a uno de los finos estigmas propios de quienes tenían la delicada complexión aristocrática y no la fuerte contextura del gañán campesino.

Pero esa tolerancia hacia la enfermedad era más bien resignación y cuando el combate de los científicos empezó a tener éxito, el aplauso social no se hizo esperar: el primer triunfo importante contra la tuberculosis fue premiado en 1905 en la persona del alemán Robert Koch por haber identificado y cultivado el bacilo causante de este mal, que desde entonces se pasó a conocer como “bacilo de Koch”. Contra el paludismo, se había premiado ya en 1902 al inglés Sir Ronald Ross, por descubrir que la hembra del mosquito anofeles era el transmisor de la enfermedad de los pacientes enfermos a las personas sanas, y en 1907 al francés Charles Louis Alphonse Laveran, por descubrir el germen mismo de la enfermedad.

Por supuesto, no habían sido descubrimientos realizados ese año ni trabajos del momento; el premio fue el reconocimiento a labores ya cimentadas, que habían tomado largos años para completarse, como continúa sucediendo hoy.

POLÉMICAS NO FALTAN
Siempre es posible que, cuando hay algún tema de gran interés e importancia para la ciencia, más de uno de los investigadores que trabajan en ese campo específico llegue a conclusiones exitosas al mismo tiempo. Rara vez los hallazgos importantes tienen autor único.

El comité del Premio Nobel está siempre muy atento a esta posibilidad y la regla, desde hace más de cuatro lustros, es la premiación conjunta para los dos o tres pioneros de la investigación respectiva.
Pero esa conducta no alcanza a impedir el surgimiento de polémicas, bastante amargas a veces, que giran alrededor de la verdadera primacía en el descubrimiento o por el olvido que perjudica a científicos también autores de trabajos tan importantes como los galardonados.

El primer episodio de esta clase ocurrió muy pronto, en la sexta ocasión del premio (1906) que fue también la primera en que se premiaron trabajos relacionados con el conocimiento del sistema nervioso. El comité consideró entonces que dos de los más respetados sabios europeos del momento, el español Santiago Ramón y Cajal y el italiano Camilo Golgi, merecían la distinción por igual: así la adjudicó y publicó, pero la solemne sesión de entrega tuvo caracteres de emotivo enfrentamiento entre ellos.

Empeñado en dilucidar la compleja anatomía microscópica del cerebro humano y los demás órganos que forman el sistema nervioso, Golgi había ideado, hacia 1873, un método para teñir las células de dichos órganos utilizando sales de plata, pues aquéllas no tomaban bien los colorantes con que se estudiaban otros órganos del cuerpo bajo el microscopio de luz. Con la “impregnación cromo-argéntica”, pudieron apreciarse al fin muchos detalles de la arquitectura encefálica y medular. “

De otra parte, don Santiago Ramón y Cajal, que venía estudiando la anatomía al lado de su padre (profesor de disección en la Facultad de Medicina de Zaragoza, España) desde la adolescencia, ideó hacia 1888 algunas modificaciones al método de tinción de Golgi, consiguiendo aún mayores y más completos datos sobre la neuroanatomía microscópica. Por tal trabajo se llegó a considerar su labor en ese campo tan trascendental como la que en el siglo XVI había realizado, en cuanto a la anatomía general, el gran Andrés Vesalio.

Golgi, de 63 años, y Cajal, de 54, tenían méritos suficientes para el premio en 1906; el mundo científico lo reconocía sin problemas; pero en la sesión solemne ni siquiera intercambiaron saludos protocolarios y sí se oyeron en cambio, inesperados párrafos del discurso oficial de Golgi, con amargas observaciones sobre prioridades y” propiedad intelectual” de los logros galardonados.

Similares situaciones se han planteado en otros años, aunque tal vez de modo menos espectacular. El más reciente episodio fue en 1989, cuando recayó el premio en los norteamericanos Michael Bishop y Harold Varmus, compañeros de trabajo en la Universidad de California en los Ángeles, UCLA.

Trece años antes, en 1976, dieron ellos a conocer los resultados de sus trabajos con un retrovirus cancerígeno, según los cuales el desorden de proliferación celular que llamamos cáncer se inicia por la acción de partículas llamadas “oncogenes”, ligadas a su vez, en ciertos casos, a algunos virus. Pero en la misma línea de trabajo venían otros grupos de investigadores, y la adjudicación del Nobel suscitó declaraciones desapacibles de quienes se sintieron injustamente ignorados a pesar de sus méritos; la polémica subsiguiente aún no se cierra por completo.

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