Antecedentes del Arte en el Siglo XIX Acontecimientos Historicos



Antecedentes del Arte en el Siglo XIX Acontecimientos Históricos

EL ARTE EN EL SIGLO XIX

NAPOLEON BONAPARTE

ANTECEDENTES: Después del golpe de Estado del 18 de brumario, en noviembre de 1799, Francia quedó en manos de un régimen consular, que devolvió el orden al país y le permitió afianzar su hegemonía sobre el continente europeo.

El imperio, proclamado en 1804, alcanzó el apogeo de su extensión geográfica en 1811, con 130 departamentos. Napoleón I entregó a algunos miembros de su familia el trono de los países que estaban bajo su tutela e impuso a las naciones vencidas un régimen de protectorados y alianzas diplomáticas.

Aunque se lo presentaba como la construcción de un sistema federal europeo moderno que favorecería el progreso de la civilización, este conglomerado era muy frágil. En los países sometidos, las élites cultas, que al principio eran sensibles a la Ilustración y favorables a las reformas emancipadoras impuestas por Francia, se sintieron rápidamente decepcionadas.

Las humillaciones que sufrían las hicieron sublevarse contra la tiranía de este régimen, cuya represión y violencia eran denunciadas por Goya en España. Los soberanos se rebelaron y formaron coaliciones que infligieron costosas derrotas militares al poder imperial al que la opinión pública francesa, cansada de la guerra, dejó de apoyar.

Una vez eliminado Napoleón, el Congreso de Viena reorganizó Europa basándose en los principios de la contrarrevolución: la legitimidad de las antiguas dinastías, el poder real por derecho divino y la sociedad jerarquizada sometida a la autoridad moral de la religión cristiana.

El nuevo equilibrio europeo, que buscaba frenar la expansión francesa, descansaba en la Santa Alianza, constituida por monarquías autoritarias prestas a intervenir necesariamente frente a cualquier intento revolucionario.

Del neoclasicismo al romanticismo
Napoleón concebía las artes como un instrumento de propaganda, pero la corta duración de su imperio no le permitió realizar grandes proyectos arquitectónicos. El arco de triunfo del Carrusel y la columna de la plaza Vendóme son una cita de los monumentos romanos.

El arco del triunfo
Arco de triunfo del Carrusel



Columna de la plaza Vendóme
Columna de la plaza Vendóme

El mobiliario y las artes decorativas se volvieron pomposos; las águilas reemplazaron a los grifos y a las esfinges de los estilos etrusco y egipcio, de moda durante el Directorio y el Consulado. Para servir al régimen, la pintura debía ser grandiosa. David, figura emblemática del neoclasicismo, fue nombrado primer pintor del emperador. Ingres inició una carrera que lo transformaría en el continuador del clasicismo y en el defensor del dibujo.

Sin embargo, Gérard, Prud’hon, Gros, Girodet-Trioson y Géricault, cuyas obras mostraban una sensibilidad diferente, también eran apreciados, y los opositores del régimen, como Chateaubriand y madame de Staél, no lograron monopolizar las afinidades con el romanticismo naciente. Una prueba indiscutible de la complejidad de los gustos vigentes fue la admiración ferviente que Bonaparte sentía por Ossian (superchería literaria del escocés Macpherson) y que permite explicar los encargos que hizo a Gérard y luego a Ingres de decorados inspirados en los poemas del bardo gaélico.

Una variedad de romanticismos
El romanticismo, que nace antes de la Revolución, se basaba en una estética emocional y en una percepción de la naturaleza que revelaba los estados del alma, valorizando una concepción psicológica de la obra de arte. Los ambientes subjetivos, la búsqueda de lo sublime, misterioso y dramático, así como la originalidad de las representaciones fueron características de esta producción pictórica que a menudo rehusaba mostrar lo inmediato y contemporáneo.

Los temas literarios o históricos de inspiración medieval, la representación de una naturaleza salvaje, con montañas grandiosas, mares tempestuosos y bosques profundos, como también el exotismo de Oriente o del Nuevo Mundo incitaban a una evasión temporal y espacial.

Todos los movimientos románticos tenían un punto en común: su oposición a la fuerza de la razón y a la aplicación de las reglas del clasicismo. Por lo demás, eran complejos y contradictorios, y estaban, a veces, asociados a las reivindicaciones liberales e innovadoras, marcadas a menudo por un espíritu conservador reaccionario. Se alimentaban, en tanto, de la diversidad de las posturas individuales de los artistas.

En Alemania, la corriente romántica presentó una férrea oposición a la dominación imperial francesa. Antiacadémica y patriótica, buscaba su inspiración en un pasado germánico mítico, y se interesaba por las tradiciones folklóricas, las leyendas populares y el arte de Durero. Marcada por una religiosidad que se oponía al ateísmo revolucionario, admiraba el arte gótico y a los primitivos italianos que inspiraron a Cornelius, Pforr y Overbeck, fundadores de la Fraternidad Nazarena. Con Ruhge, Friedrich y Carus, el romanticismo se volcó hacia una búsqueda religiosa e incluso mística.

En Gran Bretaña, lugar de moda para los artistas desde 1815, este movimiento se expresó de múltiples formas. Las composiciones fantásticas y visionarias, inquietantes e incluso mórbidas de Füssli y de Blake eran absolutamente opuestas a los paisajes claros y sensibles de Bonington y de Constable, o a las investigaciones lumínicas, cercanas a la abstracción, de Turner. Las evocaciones del mundo medieval se codeaban con las conmemoraciones de los dramas de Shakespeare. La moda exótica y orientalizante alcanzó niveles políticos debido al compromiso de Byron con los griegos.

Después de 1848, los prerrafaelitas innovadores y volcados hacia el pasado, como Rossetti, Muíais, Burne-Jones, Morris y Brown, reemplazaron a los románticos, que habían empezado a declinar. En Francia, durante el régimen de la Restauración y la monarquía de Julio, el romanticismo también se presentó en formas muy diversas, tanto en la plástica como en lo ideológico.

La pintura fogosa de Géricault, algunos de cuyos temas, inspirados en la actualidad, podrían aparecer en oposición al régimen, contrastaba con el convencionalismo de Delaroche, cuyos temas históricos tratados de una manera tan meticulosa como teatral complacían tanto al público como a los que controlaban el poder.



Chassériau, alumno emancipado del clasicismo de Ingres, oscilaba entre la inspiración oriental y los cuadros religiosos. Por su técnica de pincelada fragmentada y su audacia en la utilización del color, Delacroix anticipó la llegada del impresionismo, mientras que las caricaturas y las esculturas de Daumier describían, sin concesiones, las prácticas políticas y las clases sociales de su época.

Realismos y figuración en el mundo moderno
Como reacción al romanticismo, la corriente realista reivindicó la modernidad por medio de la representación de lo cotidiano. Algunos adeptos evolucionaron, sin embargo, hacia el naturalismo, nueva transformación nacida del academicismo.

En Francia, tanto el realismo como el naturalismo describieron sobre todo el mundo rural. En el cambio de siglo, los pintores de la escuela de Barbizon rechazaron las convenciones del paisaje histórico o del romántico pintoresco. Propusieron una mirada nueva sobre la naturaleza y se interesaron por las variaciones de la luz.

Tanto Millet como Courbet privilegiaron una forma de representación de los campesinos que rechazaba la idealización. De manera más convencional, Jules Bretón, Rosa Bonheur, Jules Bastien-Lepage y León Lhermitte se especializaron en la celebración moralizadora de las actividades agrícolas. En Alemania, Menzel se interesó por el mundo de la industria, y su Forja o Taller de laminado, subtitulada Los ciclópeo modernos, que describía la industria siderúrgica de Alta Silesia, se transformó en una alegoría oficial del poderío industrial del Reich de Bismarck.

En Gran Bretaña, Ford Madox Brown subrayó las desigualdades sociales de la época victoriana y denunció la emigración forzada de los excluidos del crecimiento. Eugéne Laermans retomó esta temática en Bélgica, mientras que Constantin Meunier, haciéndose eco de la novela de Zola, describió la dureza del trabajo de los mineros. En Rusia, Repine y el movimiento de los «ambulantes» exploraron la vena realista y reivindicaron el renacimiento del arte popular.

Las polémicas y los escándalos del modernismo
Courbet, que era amigo del revolucionario Proudhon, amaba la provocación. Pintó en un formato de pintura histórica una escena costumbrista, un entierro en su pueblo natal, Ornans. Para denunciar la incompetencia del Estado en asuntos artísticos, no dudó en exponer en un salón privado las telas que habían sido rechazadas para la Exposición Universal de 1855.

Su posición política durante la Comuna lo obligó a exiliarse después de pasar un tiempo en prisión. Manet, inspirándose en los grandes maestros, intentaba encontrar una forma de aceptación para el modernismo, pero su búsqueda no fue comprendida.

Su obra Baños, llamada posteriormente Almuerzo campestre, que fue presentada en 1863 en el Salón de los Rechazados, y su Olimpia, de 1864, fueron motivo de escándalo. Su factura rápida y sintética fue vivamente criticada, pero sobre todo fueron sus desnudos femeninos, que no quiso presentar con el artificio convencional de una evocación mitológica, los que ofuscaron a un público mojigato que había admirado la Venus de Cabanel.

En Italia, un grupo de artistas que trabajaba en Florencia propuso una pintura antiacadémica, capaz de reproducir una impresión de lo verdadero. Durante una exposición realizada en 1862, un crítico calificó peyorativamente de macchia («mancha»‘ sus propuestas. Rápidamente, los pintores reivindicaron el término de macchaiaiolli dándole una connotación positiva.

Esta búsqueda estaba emparentada con la de Jongkind, que habría influido sobre Monet. Junto con Bazüle, Renoir, Sisley y Pissarro, estos artistas privilegiaban la potara al ave libre, utilizando tonos claros y una pincelada pastosa y evidente, que renunciaba a explicitar un sujeto. Estos pintores despertaron el sarcasmo de la crítica cuando organizaron, en 1874, una exposición junto al fotógrafo Nadar.



El calificativo de «impresionista», utilizado’ irónicamente, haría época, aunque se refería a un grupo bastante heterogéneo. A menudo influidos por la estética de las estampas japonesas, pintaban paisajes urbanos y suburbanos, bailes, espectáculos, carreras de caballos, fiestas populares, el tiempo libre en el campo o en el litoral, intentando captar la vida moderna en sus aspectos más seductores.

Caillebotte pintó con minuciosidad el París de Haussmann. Degas y Toulouse-Lautrec innovaron las artes visuales utilizando como pretexto la pintura de temas de sociedad. Mientras Cézanne empleaba el color para construir espacios geomefrizadoó en los que la representación figurativa de los volúmenes rechazaba la perspectiva del Renacimiento, Seurat y Signac intentaron crear un arte científico, el neoimpresionismo, que se inspiraba en los estudios de Chevreul sobre los contrastes de colores.

En oposición a estas composiciones estáticas, Van Gogh, como precursor del expresionismo, utilizaba los colores de manera subjetiva, aplicados por medio de pinceladas largas y onduladas, mientras que Gauguin privilegiaba los grandes campos de colores planos. Entre tanto, ambos rehusaron disociar su pintura de las preocupaciones espirituales.

En la última década surgió un rechazo al positivismo y al racionalismo. Numerosos artistas que intentaban escapar de la realidad se volvieron hacia lo imaginario, hacia las formas inconscientes del pensamiento. el misterio de las antiguas leyendas y la pureza de las civilizaciones primitivas. El movimiento simbolista, que tuvo como precursores a Gustave Moreau y Puvis de Chavannes, se expandió por toda Europa.

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El grupo de Pont-Aven, partidario del enclaustramiento, y luego los nabís. en rechazo de la representación naturalista, reivindicaron el uso de colores arbitrarios y, separando la pintura de lo verosímil, anticiparon las vanguardias del siglo XX.

La libertad plástica de Gauguin tuvo una influencia duradera sobre los artistas que le siguieron. En paralelo. se desarrolló la búsqueda estética del art nouveau y de la Secesión vienesa, que, extrapolando la gestión del movimiento británico de Arts and Crafts, postulaba una colaboración entre la arquitectura, la escultura, la pintura y las artes aplicadas como una forma de renovar el gusto por la producción artística funcional, i así lo bello a lo utilitario.

Fuente Consultada: Historia Visual del Arte Tomo I

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